EL PICADOR FRANCISCO SEVILLA, HEROICO EN MURCIA por Julián Hernández Ibáñez

Francisco Sevilla fue un célebre picador, nacido en 1805 en la ciudad de La Giralda, moreno, muy fuerte, pero no de gran estatura, que durante unos años lució un poblado bigote que causaba estupor, nunca estuvo bien visto un torero llevando bigote, tampoco en el siglo XIX.

Sevilla, destacaba especialmente por su valor y su fuerza más que por sus cualidades como jinete, habiendo ocasiones que clavaba la garrocha en lo alto del cerviguillo, introduciéndola más de una cuarta. Sevilla se caracterizó por sus muchas proezas con los astados, la mayoría se conocen todavía hoy, nada común para ser diestros de hace dos siglos y que tiene Murcia como sede de una de sus principales heroicidades, fue en la antigua Plaza de toros de Camachos en Murcia, allá por el año 1838, ya ha llovido mucho, incluso para esta bendita región murciana, no muy dada en mojar sus calles.

En esta murciana Plaza de Camachos, se celebraba una corrida de toros, corría el mes de Septiembre del año 1838, y en la que actuaban Roque Miranda “Rigores” y el murciano Celestino Parra, este torero murciano ya fue protagonista de una historia taurómaca anterior: https://elmuletazo.com/2018/02/20/celestino-parra-el-lujo-de-la-fortuna/

Francisco Sevilla realizó la heroicidad de ponerle a uno de los toros de procedencia colmenareja, once varas seguidas y volver a la res en la última sacando ileso el caballo. Imagínense, once encontronazos con esos bichos, duros, ásperos, con un sentidos desarrollado feroz y sin ningún tipo de peto que protegiera a caballo y picador de las acometidas brutales del toro. Caballo ileso y picador tan pancho, se cuenta que los vítores y vivas al piquero fueron tan grandes, que tuvo que dar varias vueltas al ruedo, agasajado por esos añejos espectadores murcianos tan generosos durante toda su historia con los toreros.

Relatar todas las hazañas de Francisco Sevilla sería imposible. Curro Sevilla picaba en una corrida, perdiendo uno o dos caballos, y, otras veces, era obsequiado con el único potro que le servía para toda la tarde, como la de aquel día en Murcia del año 1838.

Sevilla picaba en tiempos de grandes picadores como Andrés Hormigo, Antonio Sánchez “Poquito Pan” y Manuel González entre otros, ganándoles a todos ellos en voluntad y poder.

Otro hecho notable fue en una corrida verificada en Madrid un 25 de octubre de 1833, solo hacía veinte y un días que se había presentado como picador en Madrid, el picador cayó al ruedo en el segundo puyazo, el toro en vez de dejarse distraer por los peones, se encarnizó con el hombre, lo pisoteó y le dio gran número de cornadas en las piernas, viendo el toro que el picador iba demasiado bien protegido por el pantalón de cuero, forrado de hierro, se volvió y bajó la cabeza para clavarle el asta en el pecho. Entonces Sevilla, incorporándose con esfuerzo desesperado, cogió con una mano al toro por la oreja y con la otra le metió los dedos por las narices, mientras apoyaba su cabeza contra la de la fiera por debajo. En vano el toro le sacudió, le pisoteó, le golpeó contra el suelo, nunca pudo hacerle soltar la presa. Toda la plaza miraba con el corazón oprimido aquella lucha desigual. Era la agonía de un valiente, nadie podía gritar, ni respirar, ni apartar la vista de aquella escena horrible, que duró cerca de dos minutos.

Por fin, el toro, vencido por el hombre en combate cuerpo a cuerpo, lo abandonó para perseguir a los toreros. Todo el mundo esperaba ver trasportar a Sevilla en brazos fuera del redondel. Lo levantan, y apenas se halla en pie, coge una capa y quiere citar al toro, a pesar de sus pesadas botas y la incómoda armadura de sus piernas. Le arrebataron la capa, si no esta vez se hace matar. Le llevaron un caballo, salta encima, ardiendo de cólera, y ataca de nuevo al toro en medio de la plaza. El choque de los dos valientes adversarios fue tan terrible que caballo y toro cayeron de rodillas. Podemos imaginarnos los vivas, la alegría frenética, la especie de embriaguez de la muchedumbre viendo tanta valentía y tanta suerte. Desde ese episodio el picador Francisco Sevilla, se hizo inmortal en Madrid.

Otra anécdota que nos dice mucho de la personalidad caballerosa y gentil que tenía el sevillano, es la siguiente. La condesa de Montijo, que iba acompañada de sus dos hijas, huyendo de los estragos del cólera, fue a Barcelona, camino de Francia, en una diligencia en la que también se encontraba Sevilla, que iba a la misma ciudad para una corrida anunciada con bastante anticipación. Durante el camino, la cortesía, las galanterías y las atenciones de Sevilla, fueron constantes hacia las tres damas. A las puertas de Barcelona, la junta de Sanidad, anunció que dado que provenían de Madrid, que estaba duramente castigada por la epidemia, todos los viajantes tendrían que hacer una cuarentena, de diez días, excepto Sevilla, su presencia era demasiado deseada para que esas leyes sanitarias le fueran aplicadas, pero el generoso picador desechó enérgicamente aquella excepción, tan ventajosa para el:

                    —Si la señora y sus hijas no son admitidos a libre plática, yo correré igual suerte y no picare en la corrida.

Entre el temor al contagio y el de perder una buena corrida, no había duda. La junta cedió y el célebre piquero fue complacido, y así fue cómo la condesa de Montijo pudo seguir hacia París, con sus dos hijas, las que más tarde fueron duquesa de Alba y emperatriz de los franceses.5

Si Francisco Sevilla tuviese cuernos, decían en la plaza, no habría torero que se atreviese a ponérsele delante.

Cuando se presentaba delante de un toro se indignaba de que la bestia no le tuviese miedo:

–¿Es que no me conoces? —le gritaba, furioso, y no tardaba en demostrarle con quién se las había.

Francisco Sevilla, falleció el 27 de octubre de 1842, a los treinta y siete años a causa de una enfermedad del hígado. Sufrió multitud de tremendas caídas durante sus años de profesión, sin duda la peor, la que se refleja en un grabado anexo, la que le ocasionó el toro “Ventero”, de los duques de Osuna en la antigua plaza de Madrid.

Por Julián Hernández Ibáñez  Twitter: @julianhibanez