“VER TOROS EN CALASPARRA ES OTRA COSA” POR JUAN VICENTE RUBIO

Vaya fin de semana extraño el de esta primera semana de septiembre. Luce el sol, que todavía exige buscar el amparo de la sombra, acabo de cobrar la pensión, que este mes nunca llegaba y este año me sobrará, y me encuentro sólo en mi casa con un estado cercano a la depresión por no estar disfrutando de la Feria de Calasparra, que era mi pueblo esta semana aunque naciera muy lejos de aquí.

         Organizaba siempre el final del verano para estar en el pueblo el día del pregón. Pocos lugares podrán presumir de que hayan pregonado su Feria los pregoneros que aquí lo han hecho. Un lujo. Era una noche especial, se pregonaba la mejor Feria de España. El único pregón de este año, un pregón impregonable,  ha corrido a cargo de mi amigo Marcial, en este mismo medio. Ha dicho lo que la mayoría siente y piensa y ojalá sirva para que impere la cordura antes de que sea demasiado tarde.

         Y después del pregón, la gloria, porque supongo que en el cielo se vivirá así. Seis días seguidos de toros, seis, con sus encierros por la mañana y muchas cosas más, porque la felicidad es mayor si se comparte y durante la Feria había mucha amigos en Calasparra con quien vivirla.

         He conocido y tratado a grandes aficionados franceses que no se querían perder la Fiesta en su estado puro y preferían esta Feria a la de la capital con sus carteles de relumbrón. He hecho amistad con aficionados de muchos lugares de España que descubrieron un día Calasparra y les cautivó para siempre. Amigos de Mallorca, de Madrid, de Toledo, de Granada, de Roquetas, de Almería y de otros lugares, además de los verdaderos aficionados de esta Comunidad. En los tendidos de La Caverina siempre se sentaban amigos de Cartagena, Torre Pacheco, Yecla, Cieza, Abarán, Caravaca, Moratalla y de todos los lugares, porque aquí se vivía la Fiesta en su plenitud; era como una especie en extinción que había que proteger.

         Aquí se podía hablar con los ganaderos que lidiaban y con los toreros que se ponían delante. Tertulias por la mañana y tertulias por la noche y, por si alguien no podía asistir, allí estaban las televisiones locales. Era un escaparate perfecto para presentar fuera lo que era Calasparra.

         Quien llegaba al pueblo se topaba con las talanqueras del encierro. Pocas cosas superan la emoción del toro en la calle. He disfrutado viendo a los niños pequeños correr delante de los carretones, a los jóvenes hacerlo delante de las becerras y a los que se atrevían a hacerlo delante de los toros; cada vez más corredores y mejor preparados. Era increíble, a pesar de todo el cansancio acumulado por una marcha sin tregua, el ruido de los tablones y la charanga, eran el despertador perfecto para levantar a la gente de sus camas y empezar el día con la emoción de la carrera.

         Y después del encierro, las vaquillas en la plaza y luego el almuerzo, si encontrabas una mesa libre, y después el recorrido por las peñas para saludar a los amigos y otra vez a la calle para tomar algo en los maravillosos bares de tapas del pueblo, aunque tuvieses que hacerlo desde la calle. Nadie escatimaba en gastos. Eran las Fiestas y estábamos en el mejor lugar, en Calasparra. Y luego a comer, porque en ningún sitio sabe tan bueno el arroz.

         Tras la comida, el café y el gin tonic conversando con los amigos y viendo en la tele, una y otra vez, imágenes de toros. Y llegaban nuevos amigos a los que habías sacado la entrada y otro café y otra copa y así, hasta la hora de los toros.

         Ver toros en Calasparra es otra cosa. Estás muy cerca de los toreros y se captan todos sus gestos. Todos los detalles se cuidan al máximo. La banda de música sabe envolver de magia la tarde con sus pasodobles, y ese paseíllo que termina siempre con el saludo de la terna obligada por los aplausos del respetable. La gente sabe lo que ve y respeta a los toreros, que presumirán siempre de haber toreado en esta plaza. Da igual que se corten pocas orejas, la gente vuelve al día siguiente esperando siempre el milagro.

                   Como echo de menos esas meriendas después de arrastrar el tercer toro y a esos niños que saltan al terminar el festejo para poder tocar al torero. Probablemente sea esta una de las cosas que mas sorprenden a los que vienen de fuera, la cantidad de gente joven que entra en la plaza y aprende de sus mayores. Así, el relevo está asegurado.

         Me cuesta seguir escribiendo. Son ya dos años sin poder sentir tantas sensaciones. No he faltado ni un sólo día en los  últimos años y no puedo aceptar que lo que estoy contando sea algo que sobrevivirá sólo en mi recuerdo. Me niego a imaginar una Feria de Calasparra sin encierros y sin novilladas. No podemos perder lo que tanto ha costado levantar. No quiero ver a un pueblo desunido. Basta ya. Vamos, entre todos, a volver a trabajar para que Calasparra sea, de verdad, un ejemplo para España, pero hay que tener la voluntad de hacerlo.

Por Juan Vicente Rubio

Crítico Taurino