“SI YO PUDIERA PARAR LAS MANILLAS…” por Marcial García

Uno, que además de la pasión del toro vibra con el flamenco, quiere parafrasear al difunto Manuel Molina -el Manué, del dúo “Lole y Manué”- y jugar a pequeño dios del tiempo, un Cronos agradecido que jugase a mover las saetas del reloj del tiempo, porque quiere detenerlo y recrearse en el efímero instante, haciéndolo perdurable, intenso y perfumado.

            Hace años, no sé cuántos ni me importa, colaboré para recuperar los toros en mi pueblo, Moratalla, con un amigo, presidente de la Mayordomía de 1999, José Antonio (q.e.p.d.), después de 122 años sin celebrar dicho evento en una tierra que, desde el XVI, venía haciendo de la corrida a la antigua una de sus señas de identidad. Aposté -apostamos- porque Pepín Jiménez fuera el banderín de enganche del evento. Paco Romero, de controvertida gestión en otras plazas, organizó un festejo de categoría con cartel de no hay localidades. Después, con intermitencias y menos fortuna, lo que fue un magnífico comienzo terminó de aquella manera y la corrida a la moderna parecía condenada para siempre en esta tierra, presuntamente taurina.

            Este año, con la maldita pandemia mediatizando todas las actividades, Óscar Fernández, con Chipé Producciones, apostó por intentar retomar el camino que parecía perdido. Constató con ayuntamiento y Mayordomía-2021 y presentó una corrida mixta, con ganado de Jiménez Pascuau, acartelando a Miguel Tendero, Filiberto y la novillera Rocío Romero.

            Ni que decir tiene, que estuve altamente esperanzado por acontecimiento y cartel, pero dejando mi presunta función, en penumbra, salvo en el acto de presentación, dentro del V Ciclo de Conferencias del Casino Cultural, que tuve el honor de presentar.

            Las circunstancias personales han cambiado mucho, pero la pasión por esta milenaria liturgia se ha hecho ya una adherencia a mi alma de viejo loco, señor de mis querencias. Los viejos escozores de desencuentros o malentendidos ya están abalsamados y casi olvidados, pero sigo teniendo el orgullo de entregar mi devoción a buenos toreros, que algunos de los que leáis estas líneas sabéis sus nombres.

            Tengo la suerte de marear singladuras ilusionantes con uno de los acartelados, Filiberto. Desde que lo vi debutar de corto en casa de mi añorado Pedro Merenciano, me convenció, nos convenció, que su irrenunciable vocación de ser TORERO no era caprichito de niño mimado de familia bien. No voy a exhibir impúdicamente vivencias ni convivencias, pero sí voy a decir que he tenido la suerte de tenerle, además de como ídolo irrenunciable, como amigo sin doblez.

            Por eso entenderán ustedes que esta corrida fuera como un temido examen de reválida, después de los terribles momentos vividos en Torralba de Calatrava.

            Uno tenía datos firmes de su capacidad de encaje de infortunios, de su coraje y resistencia de atleta, de su irrenunciable destino y de su implacable sinceridad en el análisis de cada una de las vicisitudes -y son muchas- por las que ha pasado en su carrera hacia la meta. Uno sabe de la suma de sacrificios entregados, de deseos acunados entre ceja y ceja, de renuncias de lo que exige la sangre juvenil que hierve en sus venas. Por eso uno, que ya anda a la vuelta de algunas cosas y casos, no puede menos que sentir sangrar su corazón de gozo al ver su evolución, su firmeza acrisolada, su alma de filósofo estoico y su verdad perfumada de jazmín y romero…

            Las horas previas al festejo me han empujado al combate entre una fe ciega en su fortaleza mental y su auto exigencia implacable y la sombra de lo innombrable. Y he llegado al coso sin más bagaje que mi ilusión enfervorizada y el mensaje dejado al albur de los nuevos medios de comunicación, acompañado de Paco Vera, mi querido indomable forotaurinense cartagenero, con nervios hasta en las cintas del sombrero. Pero de golpe, todo ha desaparecido, al ver que vestía con majeza el terno de Torralba y marcaba su entrecejo el rictus de la determinación absoluta y entregada.

            No voy a enjaretarles ninguna entrega de gacetilla. Para eso tienen ustedes las buenas crónicas, empezando por este diario digital, que les darán los detalles. Les hablaran de ganado, de suertes, de trofeos…

            Yo solo quiero parar el tiempo y deleitarme, lento como sus lances a una mano, entregado, como sus derechazos enroscados o firme, como su personalísimo y clásico natural. Guardar en el gusto y la memoria esa galanura en la decisión, esa alegría en la entrega y esa elegancia en el vaciado o en el adorno. Y, perdonenme la inmodestia, ese brindis tan flamenco que me ha lanzado desde el estribo, testimonio de una amistad y un cariño que para este viejo corazón resulta deuda impagable y reconfortante.

            Gracias, querido amigo, Odiseo de Ítakas compartidas y soñadas en un horizonte de esperanza afirmada en las metas excelsas que barruntas. Dios te señaló con su divino dedo que marca a los elegidos. Dale gloria a esa bendición. Mientras el alma me suene, estaré discretamente en la entrega que mereces.

Por Marcial García