“CASCALAZO” EN LA CONDOMINA

Afortunadamente, la tauromaquia cuenta con un abanico de toreros que expresan el toreo de manera diferente. Eso engrandece a la tauromaquia y la mantiene viva. Al fin se disipan los tiempos donde todos los que querían ser toreros, salvo contadas excepciones,  parecían cortados con el mismo patrón. Si hay una regla básica para triunfar en este difícil mundo es que o se tiene sello propio, o la aventura taurina tiene las patas muy cortas.

Otra cosa es que los públicos sepan apreciar esa amalgama de sensibilidades y que acudan a la plaza a contagiarse de ellas. Lamentablemente, la tauromaquia, además de cara, no sabe venderse. Se está viendo en las entradas que está registrando el palacio Vistalegre en la extraña feria de San Isidro de este 2021. Solo lleva gente a la plaza el peruano Roca Rey. Y eso es un puñal en pleno corazón para la fiesta de los toros.

Por mucha distinción que exista, por muy candente que esté el escalafón, si la gente no va a las plazas de toros la tauromaquia terminará desapareciendo. No le echen la culpa a los anti taurinos, ni a los políticos, ni mucho menos a los sufridos aficionados que siguen poniéndose en la taquilla dejándose 50€ mínimo por una entrada tal y como están los tiempos. La culpa es de la cúpula taurina. De los que han dispuesto exprimir las últimas gotas que le quedan a la tauromaquia en lugar de realizarle una transfusión de futuro.

En este aspecto, el dicho de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” recobra todo el sentido. ¿Se imaginan ustedes ver la plaza de toros de La Condomina de Murcia llena en pleno mes de mayo? Pues lo que ahora parece una locura, el 22 de mayo de 1955 fue una realidad. La llevó a cabo uno de los toreros más diferentes, singulares y únicos que ha parido la Murcia Taurina, Manuel Cascales Hilla.

Por aquel entonces, pese a tener en la mano a la afición y contar con su apoyo, Manuel Cascales pasaba por momentos de desconfianza en los ruedos. No encontraba el motivo para jugarse la vida, para seguir en la profesión. Los públicos empezaron a notar también que ese torero de gloria y esperanza que les había entusiasmado un su alternativa un año antes se estaba consumiendo.

Manuel se dio un ultimátum, torear seis toros en su plaza de Murcia. El todo o la nada. La cara o la cruz. Solo existía un precedente de tal gesta, el realizado por diestro «Machaquito», en la feria de septiembre de 1910, en que mató seis toros de Parladé, por la muerte en el primer toro de la tarde, que atendía por «Estudiante»; del matador de toros sevillano José Claro «Pepete».

La gesta se anunció a bombo y platillo. Todo el Levante sabía que tras una enfermedad, como se dijo en los diarios de la época, volvía Cascales para estoquear en solitario seis toros del vizconde de Garci-Grande.

El día de toros del que se cumplen 66 años fue espectacular en la capital de la Región pese a que el tiempo no acompañó. Murcia lució entoldada y ventosa, pero eso no fue un obstáculo para gentes llegadas de todos los alrededores llenarán a rebosar la plaza de toros de la Ronda de Garay.

La apuesta salió bien, Cascales arrasó, pegó un verdadero “cascalazo”, como calificaban sus triunfos sus más fieles seguidores, y terminó cortando cinco orejas, dos rabos y dos patas.

En el primero dio la vuelta al ruedo tras una faena variada donde los naturales hicieron que el público rigiera con olés. La espada le jugó una mala pasada y no pudo conseguir premio.

Con el segundo inició la faena con cuatro pases por alto, continuando con otros tantos redondos de mucho temple y otros pases de varias marcas que hicieron sonar la música y desbordaron de emoción a los asistentes. Coronó la obra con un espadazo, le pidieron las dos orejas, pero el presidente solo le concedió una.

El éxtasis llegó en el tercero. El murciano ejecutó una soberbia faena, en la que toreó prodigiosamente con ambas manos, entre ovaciones, oles y música. El trasteo tuvo el culmen de tres series de naturales ligadas magistralmente con los de pecho, que pusieron al público en pie. Recetó una gran estocada hasta el puño, rodando el toro sin puntilla. El público pidió los máximos trofeos para Cascales que la presidencia terminó otorgando, pero al personal les pareció poco premio y pidió con insistencia la pata, que el palco no quiso conceder, produciéndose pequeños altercados en los tendidos ante la negativa presidencial.

Con el mansurrón cuarto del Vizconde de Garci-Grande, la faena tuvo que quedarse en valor, disposición y entrega del torero. La gente agradeció la actitud de Manuel y le obligó a pasear el anillo.

En quito lugar salió un remiendo de Casimiro Sánchez, que sustituía al de la ganadería titular  tras morir en una pelea en corrales. Este toro fue bronco, peligroso y tuvo mucho que torear. Cascales lo intentó pero abrevió. Mató con poco acierto y escuchó la ovación de sus seguidores.

Con el sexto se formó la mundial. El murciano bordó el toreo ante el toro más bravo y codicioso de la tarde. La faena la comenzó con cinco enormes estatuarios, sublimes, auténticos carteles de toros, seguidos, en el centro del anillo, con varias tandas de redondos muy buenos y unas series de naturales, con mucho temple y mando. Los naturales fueron cumbres, largos, encadenados, soberbios. Remató el torero con unas preciosas giraldillas. Agarró una estocada entera de efecto fulminante que desató la locura. La Condomina se inundó de pañuelos durante unos largos minutos para que el presidente concediera al torero las dos orejas, el rabo y las dos patas, trofeos que terminó paseando en honor de multitudes.

Terminaba así un acontecimiento donde Manuel Cascales recuperaba la confianza en él, montándose artista y valiente, y Murcia sacaba pecho de tener un torero de sus condiciones.

Fran Pérez @frantrapiotoros