LA MANO DE DIOS

Nada de original tiene el título de este borbotón de sentimientos. Si el que en su día fue portada de diarios deportivos, con intención de latría a un hombre, éste solo tiene la humilde pretensión de testificar la intervención salvífica de la Divina Providencia en un lance que pudo ser fatal en eso que decimos como si tal de “jugarse la vida” un torero.

Son largos, muy largos, los años que este aficionado lleva tras el sueño propio y los adivinados en aquellos toreros a los que entregó el alma, que son pocos, pero muy buenos. Durante ellos he vivido todo lo que esperarse pueda en un tendido y fuera de él.

He tenido el privilegio impagable de gozar de la intimidad de ese misterio iniciático que es la vida del torero que se siente como tal las cuarenta y ocho horas del día, que tiene veinticuatro. En el caso de éste que inspira esta temblorosa y agradecida impresión, es de tiempo e intensa, porque, desde una ya lejana ocasión con adolescente empeño, me quedé prendado de sus cualidades y calidades. Sé de su sueño y su lucha. Sé de su entrega y sacrificio. Y sé, por haberlo vivido en el campo y en la confidencia, de su irrenunciable decisión en este terrible y hermoso camino.

Tras lo vivido en las últimas tardes de campo, aclaradoras de algunas sombras, fragua de su inquebrantable voluntad, acompañando a esos padres de entrega y coraje, me dirigí a Torralba de Calatrava ayer. En los toriles de su coqueta plaza ya estaban apartados los toros que debieron haber sido lidiados en fechas anteriores y que las inclemencias lo impidieron.

Muy al contrario de otras ocasiones, iba sosegado y tranquilo. A pesar de estar en su hotel, siguiendo mi decisión de no importunar, no entré a saludarlo, reservando el abrazo profundo para después del triunfo que veía seguro y justiciero.

Pero como dice el adagio popular, Dios, nuestro Señor, a veces, escribe recto en renglones torcidos.

Tras la ponderada, entregada y sólida faena al incierto primero, con ese desgranar las cuentas de su exquisita tauromaquia y esa rúbrica fulminante de la estocada, que tantas sombras ha despejado, vino lo que pudo ser una tragedia, y, gracias a la Divina protección, termino siendo una manifestación patente de que el milagro existe, de que los capotes celestiales vuelan, haciendo quites a la innombrable.

Tras el triunfo vivido hasta la última gota del primero, el deseo de rubricar un triunfo grande, aunque fuese en plaza humilde, chispeaba en su semblante. La decisión desbordando el pecho, el músculo tenso y la voluntad inquebrantable. Hincarse de hinojos junto a las tablas, presentar pecho y capote al vendaval de furia que se venía encima… y algo que se rompe, se trastoca… y el choque terrible de la fiereza desatada, provocan la cogida de malas trazas…

Fue debajo justo del tendido que compartía con sus padres… Solo recuerdo la angustia, la congoja de unos padres, abalanzados a la barrera, los quites, con trastos, cuerpo y alma de los compañeros, del mozo de espadas, el grito y el horror del público, la estampida hacia la UVI móvil y la angustia atenazada en la garganta y en el alma; el sollozo y el grito contenido en la garganta, por respeto a la angustia de unos padres que sangraban de ansiedad…

Instantes que aún se me antojan eternos. El mirar, sin querer ver, cada vez que se abría la puerta del improvisado quirófano; intentar leer en los rostros crispados que demandaban con urgencia material, el silencio ensombrecido de los que nos apiñábamos expectantes…

Poco a poco, fue llegando una ansiedad sosegada. Con punzadas de esperanza iban saliendo de dentro las noticias no confirmadas. El nudo amenazaba con estrangularme la garganta y las lágrimas con inundar mi angustia… y en mi mente, una y otra vez ese pie yerto, enfundado en la media rosa, en la pernera salmón y oro, que intuía cada vez que la puerta se abría y la esperanza crecía…

Tras la tranquilidad relativa de la explicación de los doctores y su parte facultativo, el torrente de emociones se desbordó en mi interior, como riada arrasadora. Un inmenso agradecimiento al que todo lo puede por el milagro manifiesto que su mano acababa de obrar.

Tuyo es el Reino. Tuyo el poder y la gloria…”, dice la sagrada liturgia. Y como mantra consolador y testimonio, lo voy repitiendo en mi interior con agradecimiento, un agradecimiento balsámico y fortificador, reafirmando la fe que mamé, y he reforzado en momentos muy duros, pensando con emoción que la mano de Dios, una vez más, ha protegido al amigo insustituible.

Estas cosas, como decía Belmonte por boca de Chaves Nogales, son las que me han hecho mantener el fuego por mi afición y la entrega a los grandes, como grande es mi amigo, el TORERO. Por muchos años.

Filiberto, tras pasar la noche en el hospital de Ciudad Real, ya ha recibido el alta médica y viaja en estos momentos de vuelta a Calasparra.

POR MARCIAL GARCÍA