“VOLVER AL RECUERDO” por Marcial García

Dice la letra de una vieja soleá que la memoria es un pozo hondo y sin fondo. Muy cierto el aserto y uno tiene ocasiones de vivirlo en propia alma, renaciendo vivencias de sus secretos veneros profundos, reviviendo tiempos ya demasiado lejanos y olvidados.

            Este pasado sábado, respondiendo al llamado del amigo, al filo de la madrugada, hemos emprendido el largo camino hacia una de esas ganaderías donde aún se vive a la antigua el viejo rito ganadero. De hecho, es una de las pocas que aún mantienen el trasiego trashumante, desde Santiago de la Espada, donde tienen la residencia, hasta las altas cumbres de Sierra Morena, en tierras de La Carolina, donde transcurre la invernada suave y la dulce primavera. “Antonio Fernández” dice el registro ganadero; “Cofina” o “El Zorro”, dice la voz popular, que conoce su ganado por todos los viejos pueblos santiaguistas, donde aún se vive el encierro y corrida a la antigua.

            Con mi caballo de hierro, como diría el añorado “Inculto Poeta”, me decido a desandar el camino, a buen ritmo, pues la gente de la sierra es madrugadora y no sería cortés el hacerles esperar. Recogemos al resto de acompañantes a lo largo del trayecto, hasta recalar, el reducido cubículo, con personas, trastos y recuerdos.

            El lugar que iba a visitar hurgaba en el fondo de la memoria. Felizmente, el nombre de la torada, “Antonio Fernández”, se ataba con mi recuerdo infantil, por muchas razones…

            El abuelo de los actuales ganaderos, Antonio Fernández “Cofina”, había sido uno de los veedores del mío, tío Marcial “de la Casa del Caño”, en sus tiempos de marchanterías por la Sierra y luego, cuando el primero era mayoral de Gerardo Morcillo, aposentándolo en su posada. “La del Cavila”, cuando en días de junio, por el Santo Cristo, llegaba por la vereda con sus encierros de bravo y su vistosa cuerda de cabestros, liderada por un sempiterno “Caminante”, que hacían mis delicias infantiles. Sus encuentros eran cordiales, rememorando los viejos tiempos de marchantías y sus correrías por la Sierra de nuestros ancestros. Yo miraba a tío Antonio con admiración: alto, fuerte, cetrino, enjuto de carnes y palabras, pero con la nobleza grabada a fuego en el semblante y la mirada. Su traje corto añadía a mis ojos de niño la aureola del héroe, con su elegancia de rayadillo y su sombrero de ala ancha y copa alta. Padre Marcial, que conocía mis debilidades, decía:

-Antonio, enséñale a mi galopín como se hace una “rueda de cabestros” como Dios manda.

Y él, con el paso y el gesto pausado, vara en mano, asentía sin hablar. Y pasábamos los tres al amplio patio de la posada donde los cabestros rumiaban con parsimonia. A su voz, todos en pie y formaban militarmente, impecablemente, en arco amplio, esperando con sus mansos y grandes ojos las casi imperceptibles órdenes de la vara enhiesta, como batuta de maestro de música, cerrando “a tempo”, marcado la espiral, que iniciaba “Caminante” y terminaba con el más joven, formando sus cuerpos tendidos, apoyado el prótome de cada uno en los cuartos traseros del anterior, con sus grandes cencerros y sus miradas en prevengan. Yo aplaudía a rabiar, ellos se miraban, cómplices. A otra imperceptible señal se alzaban los cabestros al tiempo, deshaciendo el caracol en una complicada y medida maniobra casi gimnástica…

            Cuando llegamos al lugar de la casa de invernada y las improvisadas construcciones de corraletas y placita, el sol está alto, el cielo de cobalto líquido y un ligero vientecillo, sutil y fresco como decían los clásico que era el del Madrid velazqueño. El personal se apresta en las labores previas a la tienta y vistiendo el caballo.

            Desde lo alto la vista es hechizante, obligando a la mirada a deslizarse por su rosa de los vientos con la atención escrutadora, como los buitres que rasan el vuelo sobre nuestras cabezas. Casi toda la provincia del hermoso Jaén al alcance de nuestra pupila. Hacía el NW, blanqueando sobre otra cumbre, Los Alarcones, el legendario palacete de los “samueles”, enorme dehesa del bravo más antiguo de estos contornos.

            Saludo a José, el que hace cabeza de los hermanos ganaderos, haciéndole partícipe de mis recuerdos. Después, ya en las corraletas, sin esperar protocolos, saludo afectuosamente a Antonio, tocado, como su padre, con el sombrero distintivo de su pontificado.

            Varias eralas y utreras, gordas, lustrosas y astifinas como alfileres, se remueven nerviosas a las miradas del personal que las “tentará” enseguida, catando su bravura.

            Diverso, como ha de ser, es su comportamiento en la plaza rústica. Todas dejan entrever, en pelajes y lámina, su sangre samuela.

            Diversas van a ser las faenas de Filiberto y Rocío, los lidiadores.

            Entre Antonio y José, me coloco, móvil en ristre, para registrar las faenas del amigo. José, al tiempo que da breves órdenes, toma parcas notas en la libretilla del ganadero. Antonio, desde la altura de su silencio, imparte ancestral sabiduría, como un viejo senador de la Bética. En el taurómaco escenario, todos desempeñan su papel con la seriedad del ruedo venteño. Juan Pablo maneja la vara con la maestría y estilo de Efrén Acosta. Víctor se atreve con los avivadores, previo permiso ganadero. Rocío templa nervios…

            Tras la labor de tienta, intercambiados parabienes y enhorabuenas, los anfitriones obsequian con una colación campera, apetecible, generosa y rociada de anécdotas, como Dios manda. Situado  junto a José, comento cosas de la lidia y cosas de recuerdo. El patriarca, que ha dado buena cuenta del almuerzo, reposa, camperamente a la puerta de la casa, en cuya placeta se sigue dando cuenta a las viandas. Aprovecho la ocasión, y, previo permiso, me siento a su lado, recordando tiempos recientes y antiguas sombras, rescatadas del olvido. Su rostro curtido sonríe y me echa los brazos amigos al hombro, avivados sus ojillos grises, no sé si por mis recuerdos o por los suyos.

            De regreso, con sol declinante, me dejo llevar de la dulzura del recuerdo, del nostálgico de antaño, resucitando viejos ancestros e ilusiones infantiles, pero, sobre todo del reciente. De ese bregar torero a la antigua, ante algunos broncos comportamientos de las cornúpetas; ese andar en torero, suficiente y elegante, sin altanería ni gestos salidos de tono; ese andar en la cara hilvanando sueños, ese sudor y sonrisa de felicidad satisfecha…

            Recuerdo de nuevo la letra de la soleá que habla del recuerdo, pero, feliz de mi experiencia, por lo bajini, cantiñeo por alegrías, vislumbrando la próxima ilusionante salida.

            Sin lugar a dudas, soy un hombre de suerte: tengo un amplio fondo de pozo y un ilusionante horizonte de esperanzas.

Así fue la labor de Filiberto en el tentadero:

Por Marcial García García