EL EPITELIOMA DE “GUERRITA” ¿EN LA HABANA O EN MURCIA?

A las 19:40 horas del 21 de Febrero de 1941 el doctor Antonio Manzanares Bonilla extendía el certificado de la muerte del II Califa del toreo, Rafael Guerra “Guerrita”. En el mismo se detallaba que la parca se había llevado su vida a consecuencia de un epitelioma de cuello, que según el galeno había sido producido por una cornada recibida en el año 1888 en la plaza de toros cubana de La Habana. En el parte se comenta que esa herida fue de mucha magnitud y que el pitón había entrado por la zona derecha del cuello del torero cordobés, y afrontó la parte externa del maxilar inferior.

Se acababa así la vida terrenal, que no la de los recuerdos, de la figura del toreo más importante del siglo XIX. La historia de la tauromaquia no se puede contar sin pasar por su nombre.

“Guerrita” o “Llaverito” (este último apodo lo utilizó en sus inicios cuando todo el mundo le conocía por ser el hijo del portero del matadero de Córdoba) pretendió ser torero desde bien niño. En el matadero cordobés dio sus primeros pases a escondidas de sus padres. Estos no querían que Rafael corriera la misma suerte que su tío político “Pepete” (casado con una hermana de su madre), que encontró la muerte en Madrid víctima de una cornada producida por el toro “Jocinero” de Miura.

Pese a la oposición familiar, Rafael, con tan solo 16 años, se enroló de banderillero en la cuadrilla de los Niños Cordobeses. Tal era el pundonor y el  buen hacer del de Córdoba que pronto entraría en las cuadrillas de El Lavi o Manuel Fuentes Bocanegra.

Su fama hizo que Rafael Gómez “El Gallo” lo fichara para su cuadrilla. “Guerrita” daba a los públicos un espectáculo único. Sus actuaciones eran más lúcidas que las de los toreros, incluso su nombre se llegó a anunciar en los carteles con más grosor y empaque que el de los de los toreros actuantes.

En 1885 se peleó con “El Gallo” por temas económicos y entró en la cuadrilla de Rafael Molina “Lagartijo”. El primer Califa sabía que Rafael tenía unas condiciones inmejorables para mandar en el toreo.

En 1887 “Lagartijo” le cedió los trastos para que estoqueara a “Arrecío” de Gallardo en la plaza de Madrid. Comenzaba así la dictadura de “Guerrita”, ya que en los años que estuvo en activo nada en el toreo se movía sin contar con su aprobación. Se puede decir que fue el pionero en las demandas a los empresarios, en defender a los actuantes, algo que más tarde heredaría José Gómez Ortega, Gallito.

“Guerrita” se retiró sin que nadie lo esperara en 1899: “Yo no me voy de los ruedos, me echan”.   No se fue huyendo de la competencia porque nadie en su etapa en activo logró pasarle por encima. Por muchos intentos, ni Mazzantini, Antonio Reverte, ni El Espartero consiguieron igualarle. Lo único que desbancó a Rafael fue la crítica y las exigencias de los públicos. Su carácter fuerte, narcisista y poco conciliador no aguantó que las gentes que antes le hacían palmas se le pusieran a la contra con pitos y broncas. Se consideraba el mejor y se quiso ir siendo el mejor. Conocida es su frase: -Después de mí, “nadie” y después de “nadie”, Fuentes”.

Con Antonio Reverte, de sangre lorquina, tuvo una gran rivalidad. Cuentan que en la inauguración de una plaza de toros, se comenta que en la de Lorca, allá por el año 1892, Rafael se hospedaba en una fonda de la población murciana donde tenían un gato al que llamaban Reverte. Al cordobés le molestaba la popularidad del torero sevillano. Era superior a sus fuerzas hasta el punto que le tenía puesto un mote, “No te tires”, de la misma forma como comienza la letra de una seguidilla. Pues bien, al ver Rafael como llamaban al gato dijo: – Aquí “entoavía” no han visto “atorear” a “no te tires” y ya le ponen su nombre al gato.

Muchos historiadores se han atrevido a contradecir al doctor Antonio Manzanares y creen que el epitelioma de cuello causante de su muerte no fue por la cornada de Cuba, fue por la que recibió en la plaza de toros de Murcia el 7 de septiembre de 1893.

Allí, en la segunda corrida de toros de feria, el segundo toro de la tarde de la ganadería de Solís, negro entrepelado, meano y cornicorto, marcado con el número 15, y que atendía al nombre de “Bragadito”, le propinó una cornada en el cuello cuando salía de la suerte suprema.

“Bragadito” al salir a la plaza saltó varias veces la barrera y luego desmontó cinco veces a los picadores. Los subalternos Antonio Guerra y Mojino cumplieron con los palos.

Rafael, que vestía de tórtola y oro, dio un natural de bella clase, un derechazo y un pase cambiado. Luego se perfilo para matar y pinchó en hueso. El animal al sentir el hierro saltó otra vez al callejón. Cuando consiguieron que regresara a la arena, “Guerrita” remató la labor con cuatro pases de decoro. Se volvió a perfilar para entrar a matar recetando esta vez una buena estocada.

Pero mientras el toro caía, la gente se percató que el cordobés había sido alcanzado en el cuello. Rápidamente las asistencias se lo llevaron a la enfermería donde se le descubrió que el pitón le había interesado la yugular. Sin darle más importancia que solo el susto, el médico le cerró la herida situada en la parte inferior de la mejilla derecha con seis puntos de sutura.

Luego se lo llevaron a la fonda Universal de Murcia donde el torero durmió para desplazarse al día siguiente a Córdoba.

A los diez días toreó en Lisboa donde todas las crónicas destacaron el pundonor del “Guerra” para reponerse del percance en tan corto periodo de tiempo.

El momento del percance de Rafael Guerra “Guerrita” fue dibujado perfectamente en la litografía realizada en los talleres de Edgardo Debas que publicó La Lidia y que les reproducimos a continuación:

Fran Pérez @frantrapiotoros