“¿RECONSTRUCCIÓN? (I) DE AQUELLOS LODOS….” POR MARCIAL GARCÍA

Les anunciaba en la colaboración pasada una reflexión fraccionada en tres partes, en la que daría mi análisis personal del estado actual de la delicada situación del mundo de los toros.

            Ésta es la primera. En ella intentaré analizar lo que los docentes solemos llamar “antecedentes”, cuando afrontamos el estudio de algo importante. Y esto lo es.

            En los años setenta, más o menos sobre las fechas en que acababa el sistema franquista, empiezan los ataques al mundo de los toros, so pretexto de que dicha milenaria liturgia “era franquista”. Sí. Así de estúpido.

            Los nuevos aires “revolucionarios” de “El Cordobés” habían dado vida a un espectáculo, y digo espectáculo, que movía a las masas, claro está, al mejor estilo del romano “Panem et circenses”. El nuevo ídolo vestido de luces, que lucía como pocos la izquierda (torera, claro), se había hecho el amo del cotarro, confraternizando en cacerías con el dictador y dejándose fotografiar con él en cariñosa actitud. Muchos nostálgicos del gallego, aún exhiben la foto a modo de trofeo. A su rebufo, surgieron sosias e imitadores, que intentaban explotar el nuevo filón.

            En los círculos empresariales se frotaban las manos. Muchos maletillas acudían al reclamo de “… o llevarás luto por mí”, apareciendo un fuerte incremento en el escalafón de los coletudos. De ellos, algunos alcanzaron altas cotas de torería y seriedad. No voy a dar nombres, pero por la mente de ustedes estará pasando un listado, más o menos largo, al tiempo que leen estas apresuradas líneas.

            Con la recuperación económica, la fiesta va a recibir una gran expansión, en cuanto al número de festejos. Y ciertos políticos acuden al banderín de enganche, dejándose ver en callejones y palcos. Incluso, algunos, se atrevían a pontificar en cuanto tenían una “alcachofa” cerca, con los más arteros disparates. Petimetres atildados, meñique izado y vaso de escocés en ristre, se dejaban ver por barreras y contrabarreras, o se “pegaban” a los empresarios, que iban engolosinando el cebo, de cara a conseguir prebendas de tan fatuos mandamases. Es el momento de montar “monumentales” en Matalascabrillas del Duque o Villalosa Partida. Allí, subvencionados, claro, desfilan los protegidos del caciquillo local y los figurones del papel cuché, que era la telemierda del momento.

            Y claro, los números de festejos crecían al mismo ritmo en que se depreciaba el contenido de los engendros: reses aserradas como bueyes de carreta, mojiganga afrentosa sobre el improvisado ruedo, capazas y botas a troche y moche, asesinato premeditado de los más elementales principios del viejo rito… Y la afición, palmeando como locos, cual cancha de forofos, con palmas acompasadas, mientras jaleaban al artistazo de turno, que “se contorneaba, como si aquello hubiera sido la toma de Constantinopla” (Vidal dixit), tras propinar arteros sartenazos al pobre becerro desmochado. Y los medios, claro, jaleando el asunto. Ya se habían encargado muy bien los padrinos de engrasar ejes y comprar voluntades…

            Y entre tanta cloaca, Madrid, Pamplona y Francia luchaban por mantener el tipo. Sevilla y sus caprichosos maestrantes, daban muestras alarmantes de haber pasado a la moda, con aquello tan socorrido de la idiosincrasia de cada plaza. La prefería de abril, aún lucía, de vez en cuando, algún festejo tolerable. Luego, llegaba el desmadre de los protegidos de la casa… Y uno se hacía cruces.

            Pero la cosa seguía yendo bien. Y al carro se subían apoderados de nuevo cuño, piratas del ladrillo y saqueadores de asuntos turbios, que adquirían dehesas al ritmo de sevillanas, promocionaban a figurones intocables y se ciscaban en todo lo poco respetable que iba quedando del mundo del toro. Los de luces, salvo excepciones dignas de altar y antología de las viejas formas, vulgarizando, tragando, amagando y sonrisa de dentífrico para poder salir en el poco espacio que iba quedando de la foto. Vetos, zancadillas, acaparamientos, ninguneos…

            Y si algún verdadero profesional intentaba alzar vuelo: ¡zas!, aplastado como mosca cojonera. Ya había pasado a la historia aquello tan torero, que las figuras de antaño, cuando alguno de los nuevos despuntaba, decían al apoderado:

“-A ése, con los de Pablo Romero, en San Isidro ¡Ya!”

            Ahora no. Ahora veto y amenaza, no sea que la criaturica quede con el culo al aire. Y toreros de alma de arcángel, marginados o directamente al ostracismo.

            Y ya saben el resto.

Por Marcial García