OPINIÓN: ¿RECONSTRUCCIÓN? POR MARCIAL GARCÍA

Hace mucho tiempo que aprendí a desconfiar de las intenciones y de las palabras. Siempre he tenido claro que al oír ciertos vocablos en ciertos labios,  es mejor echarse a temblar. “Libertad”, “decencia”, “imparcialidad”, entre otras, están tan manoseadas como una vieja lumi de tugurio portuario. Tampoco me han dado mucha confianza los bomberos incendiarios o los ladrones generosos. Esos términos son tan incompatibles entre sí como el agua y el fuego, o como la luz y la oscuridad.

            Por eso, cuando escucho, a raíz de la situación actual de la tauromaquia, la palabra “reconstrucción”, se levantan mis orejas como las de la cauta liebre ante el deambular de maese raposo. Y tengo razones de mucho peso para mi desconfianza.

            Precisamente de esas razones, de mis recelos fundados y de mi incredulidad escarmentada es sobre lo que quiero hablarles en mis tres próximas comunicaciones.

            Aunque ya he dado voces de aviso y ha sonado mi particular “campana de Huesca” en cuantos medios haya habido oportunidad, mi natural apasionado ha podido quitarle algo de razón a mi argumentario, sobre todo entre las personas de talante más componedor y permisivo, siempre dispuestas a perdonar.

            Desde hace mucho tiempo, también mucho tiempo, mi pasión por los toros, por tantas razones, se ha convertido en uno de los motores de mi vida. Sobre este eje ha girado parte importante de mi tiempo, mi ocio y mi dinero, pues ya he procurado muy mucho no entrar en ninguna cofradía de “amojamados”, ni de palmeros, ni de sicarios, que lo hacen de gratis. Mi lengua, mi pluma y mi compromiso han sido, son y serán libérrimos, que es lo que siempre he buscado y no pienso perderlos por un cebo con boleta.

            Soy hombre apasionado y no sé permanecer ocioso, pasivo o inactivo. Nunca he necesitado otro tipo de estimulante para mi inquietud emocional que un libro interesante que leer, un amigo con quien compartir -más que departir- y tres o cuatro pasiones que me llenen. Una de las más importantes, sin lugar a dudas, es esta vieja liturgia de la vida y la muerte, que llamamos tauromaquia. Y es así porque pocas cosas reúnen en sí, como en el toreo, estética, emoción, valor, misterio y creación. En ninguna se puede pasar en milésimas de segundo de víctima a sacrificador, aunque la viceversa sea la normalidad.

            Ahora, que el ministerio del ramo me apartó de la docencia reglada, y que -gracias a Dios- la salud me acompaña, teniendo, como tengo, algunos toreros a quien seguir, unos pocos menos que me han regalado su confianza y una debilidad confesa par alguien a quien sigo desde su primera salida pública, me preocupan los derroteros que se les dé al tema.  Mucho más cuando -eso me parece a mí-, se pretende poner a la zorra para guardar las gallinas y a los emasculadores capachines, en garantes de la integridad. Por eso no me he de callar.

            Si ustedes tienen paciencia y aguante, podrán asistir a mi disección del estado de la cuestión, como hacía en mi vida de docente, al tratar algo importante. Y esto lo es. En el primero de todos ellos, intentaré buscar los “antecedentes de la cosa”, la vulgarización degenerativa nacida en los tiempos en que el pseudotoreo había llegado a la caja tonta y los “figurores” (en la acepción de la RAE, es decir “de quien aparenta lo que no es”)  encabezaban listas, movían dineros negros, acaparaban programas basura de cualquier medio, y eran el gran filón de los empresarios logreros o sus delegados, sin importarles un pimiento que se mancillara algo tan sagrado. Y, lógicamente, esta degeneración, cuando se acabaron los dineros fáciles, teñidos de todos los colores, sobre todo el marrón, se fue al garete… y ya “la cosa” no renta y, todos ellos hacen lo que Balañá en Barcelona.

            En el segundo, intentaré desenmarañar los entramados de políticos, politicuchos, cansaburras y aficionados de capaza y bota, que van de cabeza a el desastre total de algo que se ha catalogado de patrimonio inmaterial. Lo de la pandemia es la excusa para para buscar el resquicio donde meter sus ponzoñosas raíces, mientras los supuestos aficionados andan cual pato mareado, los ganaderos de siempre, muy preocupados, y los del ladrillo, poniendo pezuña en polvorosa. Las lenguas y plumas vendidas, vierten falsas lágrimas de plañidera.

            Y, por fin, en el tercero, intentaremos otear un futuro de esperanza desde este oscuro presente, tan poco esperanzador. Para ello se necesitará de firmeza y valentía, para hacer la verdadera RECONSTRUCCIÓN de la que tanto se alardea.

            Recordad, que lo que no han logrado a través de los siglos papas y reyes, podrá caer por la avaricia de tantos, la ineptitud de los responsables y, sobre todo, por la incuria de los que a sí mismos se llaman AFICIONADOS.

Por Marcial García