OPINIÓN: “MENTIRAS ARRIESGADAS” por José Luis Valdés

 Yo no conozco personalmente al abogado de la Escuela Taurina, José María Caballero, pero sé que está muy bien considerado entre sus compañeros de profesión, de lo cual me alegro. Además, le tengo afecto aún sin conocerle pues sí que conocí a su padre, un hombre bondadoso y entrañable que atendía profesionalmente a mi abuelo con un cariño especial. Recuerdo cómo los dos viejos amigos, una vez le administraba la medicación, entablaban su tertulia diaria en la conserjería de la plaza de toros donde uno de los temas habituales era compartir el sano orgullo que sentían de vernos progresar, el uno a mí, su nieto, en la carrera de Medicina y, el otro, a su hijo en la carrera de Derecho. Qué quieren que les diga, el bueno de Maxi forma parte de los mejores recuerdos de mi infancia y a su hijo, solo por ello, ya le deseo lo mejor.

 Por eso, cuando me advertía en nombre de la Escuela de Tauromaquia de Murcia que iban -supongo que ya no- a emprender acciones legales contra mí por afirmar yo que algunos de sus responsables jerárquicos sabían lo que estaba sucediendo con los alumnos, no me lo podía tomar a mal porque comprendo que está desempeñando su papel lo mejor que puede y no había nada personal en su anuncio. Lamentablemente el destino nos ha colocado en esta situación enfrentada y desagradable. También yo cumplo mi papel. Aunque solo fuera como pediatra, tengo que estar inexcusablemente al lado de los niños y tampoco se trataría de nada personal, por más que en mi caso alguien muy querido sufriera una tentativa del presunto delincuente y eso reafirme inevitablemente mi determinación.

 Pero, a diferencia de la película del mismo título, esto no es ninguna comedia y, en este caso de presuntos abusos en la Escuela, José María Caballero no lo tiene nada fácil. Hace apenas un mes, difundió un comunicado en el que ya establecía entre líneas su estrategia defensiva: “La junta directiva no sabía nada del asunto porque el detenido no tiene nada que ver con nosotros (si acaso un “poquito”, pero solo con Pepín, como la cosa se ponga fea)”. Este, llanamente, es el resumen. Y a rezar para que nadie demuestre lo contrario.

Es absurdo insistir en que el acusado no era profesor, cuando cualquiera puede encontrar en internet mil referencias que afirman que sí lo era: actos oficiales de la CARM, declaraciones de varios directivos y del propio interesado, reseñas de la página oficial de la Plaza de Toros de Murcia en Facebook, acuerdos de plenos y anuncios de ayuntamientos (como el de Yecla o el de Blanca)… ¡Pero si sale como profesor de la Escuela Taurina de Murcia hasta en Wikipedia, por Dios!

 Respecto al desconocimiento de los hechos, el comunicado también proclamaba textualmente y de forma tajante que la Escuela de Tauromaquia de la Región de Murcia “jamás ha tenido el menor conocimiento, sospecha ni la más remota idea de que se pudieran estar produciendo los hechos que en la actualidad están siendo investigados. Hemos de insistir ¡Jamás! Nadie se ha dirigido, en ningún momento, a ninguna persona relacionada con esta Escuela Taurina –ya sea por parte de los alumnos, familiares o amigos de estos– para denunciar la existencia de tales hechos, manifestar la posible sospecha de su comisión o, incluso, de actuaciones que pudieran ser calificadas siquiera de inadecuadas, circunstancias estas que ya habrían sido suficientes para la inmediata adopción de las más contundentes medidas oportunas para erradicarlas.” Lo recuerdan, ¿verdad? Sonaba convincente, sí.

Sin embargo, se va demostrando que eso no es tan cierto, pues, según publican algunos medios, no solo hay numerosas declaraciones de testigos que indican expresamente lo contrario, sino que incluso hubo una carta anónima en 2016 que denunciaba estos hechos. Por este motivo la directiva, en un alarde de descomunal torpeza, convocó a los padres a una reunión en el Club Taurino… ¡con el presunto pederasta de cuerpo presente! En dicha reunión el director técnico, Pepín Liria, al parecer se permitió recriminarles la denuncia y les conminó a no volver a quejarse en el futuro. Pareciera que el objeto de la reunión no fuese proteger a los alumnos, sino defender paradójicamente el buen nombre del indigno profesor. Y este disparate habría sucedido ante la mirada impertérrita de otros dos directivos de la Escuela que presidían y vicepresidían respectivamente la reunión. ¿Se pueden imaginar ustedes con qué acicalado ánimo debió de salir de allí el presunto pederasta después de ver cómo se acallaba cualquier conato de rebelión en su contra?

Esto es, para más inri, gravísimo y demoledor para la defensa de la Escuela, pues descubrir ahora que la directiva convocó una reunión para defender a un profesor de las acusaciones del padre de un alumno es desbaratar de un plumazo toda la estrategia del señor Caballero. Sería demostrar por la vía de los hechos que sí era profesor, que hace tiempo que sí se tenía noticia de sus desmanes y, lo que es peor, que no se hizo nada para evitarlos. ¡Sí señor, un tiro en el pie en toda regla! O, mejor y ya que estamos en El Muletazo, es banderillearse en el pie; ¡es un par en todo lo alto del metatarso! ¡Eso sí que es ponérselo fácil a la jueza!

Por muy bueno que sea, así no hay abogado capaz de defender a nadie. Necesita ante todo que sus representados no le oculten una información tan importante o se expone a quedar en ridículo cada vez que abra la boca. El prestigio del señor Caballero no se merece esto y me temo que su paciencia tendrá un límite, digo yo, sobre todo teniendo en cuenta que como miembro de la junta directiva también puede verse seriamente involucrado.

Pero el asunto ha ido degenerando y complicándose tanto que ya no se trata solo del prestigio del abogado. Tampoco se trata ahora únicamente de dirimir si la junta directiva tiene, cuando menos, responsabilidad civil subsidiaria -del detenido ya ni hablamos-; porque observen que cada vez que alguien alude a esa cuestión siempre emplea la coletilla “cuando menos”. El motivo es que en este delicado momento está en juego tristemente algo aún mucho más grave y peligroso: la imputación penal de la junta directiva. Sí, sí, han leído bien. Desgraciadamente, cuando advertí en su día a aquel directivo de la Escuela que se iban a ver envueltos en un problema de tres pares de cojones si no tomaban medidas, los datos apuntan a que me quedé demasiado corto en mi cálculo estimado del número de criadillas.

 Y esto es solo el aperitivo, pues cuando se levante el secreto del sumario y empiecen a desvelarse públicamente todas las pruebas y testimonios existentes, no solo la Escuela, sino la Murcia taurina entera va a quedar desgarrada, hecha jirones. ¡Cuánta torpeza, Dios mío! ¡Qué despropósito!

 Pero todos hacen el don Tancredo y aquí no dimite nadie. Al contrario; frente a estas indignantes revelaciones, asistimos con estupor al comunicado del señor Liria (permítanme la hipérbole y recuperen si quieren mi artículo “Carta a un innombrable”, publicado anteriormente en este mismo medio). No solo no ha dimitido ni ha sido cesado, sino que anuncia con gran desparpajo su intención de reanudar las clases con “normalidad”, apelando a un cierre de filas porque ¡”hemos sido una familia desde hace ocho años”!

 Como si no hubiera pasado nada. ¿Pero en qué mundo viven? ¿Pero estamos locos o qué? ¡Que aquí ha habido madres que hasta han pensado en suicidarse! ¿Se enteran, señores?

Por José Luis Valdés

* El Muletazo no comparte necesariamente la opinión de sus colaboradores, siendo las opiniones exclusiva responsabilidad de quienes las firman.