HERMOSOS  RECUERDOS (Narda A. S., in memoriam) por Marcial García

“Voces ideales y amorosamente queridas

de aquellos que han muerto, o de aquellos

que hemos perdido como si hubiesen muerto”

P. Kavafis

            Vivimos de recuerdos.

            Somos un recuerdo que se va desvaneciendo lentamente, como se consume la vela que hemos ofrecido ante el icono venerado. Lenta, pero inexorablemente, nos vamos diluyendo en la niebla de los días y en el corazón de quien nos quiso, como el agua se escapa del cuenco de las manos ante nuestros labios sedientos.

            Doloroso, pero real.

            Nos queda el consuelo de, mientras podemos, desgranarlos despacio entre los dedos, como se desgranan las cuentas de un rosario de fervor. Como se acaricia la superficie tersa del mármol o la suavidad sugerente de la seda o el terciopelo…

            Recuerdos, solo recuerdos. Recuerdos que resumen una vida o recuerdos que evocan momentos, como a mí me ocurre ahora. Recuerdos que alimentan ausencias, atemperando el dolor por la partida.

            Nos acercó la devoción por la misma persona. La tuya, natural como la vida misma, ya que de ti nació este río de arte que nos une. La mía, por esa pasión incontrolada que me ata al hechizo eterno del toro y al culto a la amistad.

            No necesitaste nunca explicaciones del porqué de mi fidelidad y cariño. Creo que has sido la única persona que no lo ha hecho.

            Lógicamente, no voy a reflejar aquí las confidencias y temores que hemos compartido, guardados en el vaso mirrino de nuestro corazón. Pero sí voy a refrendar que, desde el primer momento, me sentí cómodo en tu presencia, encontrando el afecto de la mirada, cálida y profunda; o el bálsamo de la sonrisa, siempre pronta y franca; o el detalle de asignarme una habitación en tu casa, ese del cuadro grande de la Virgen Azul, la original, desaparecida. Porque aunque “blanca” hasta los tuétanos, estabas engarzada en una familia “azul”, con todo lo que supone para una buena lorquina de aguante y tolerancia.

            Siempre esperabas mi comentario de la corrida, a la que nunca acudías, por razones entendibles y que siempre guardaste, discreta, en el arca de tu pecho. Podía ser inmediato, cuando era en cercanías, o podían pasarse días o semanas. A veces me llamabas exagerado al comentar con pasión lo vivido, pero siempre había un reflejo de orgullo en el fondo de tus ojos profundos. Siempre saltaban chirivitas y una ligera veladura de orgullo, a medio camino entre el temor y la gloría…

            A veces, como aquella tarde de inquietudes en Murcia, en que, por encargo de don Ramón -aquellas manos de ángel que tanto quería a tu niño- os esperé a las puertas de San Carlos, con la angustia agazapada en el pecho y la inquietud desbordada en lágrimas, también mostraste la otra cara de quien espera que pase, entre murmullos de rezo y suspiro, el suplicio de la espera con ansias. Pero, recobrado el sosiego, siempre la sonrisa de orgullo y complacencia y un algo de pícara complicidad. O eso pensé siempre yo, por lo que tanto me significaba.

            Cuando pasaba tiempo sin vernos, buscaba una excusa y llamaba. Me gustaba escuchar, al otro lado, tu voz cálida. Darme noticias de la familia, preguntar por la mía, reírte de mis gansadas…

            Ahora siento no haber tenido más tiempo de gozar de tu afecto. De tus palabras siempre cargadas de cariño y agradecimiento. De tu preocupación por mi estado, de tu inquietud si me veías con algún achaque o preocupado…

            Siento la manera en que te has ido, alejada de ti misma por esa maldita sombra que te apaga en vida, borrando afectos, distancias y querencias. Que te vacía, sumiendo los recuerdos en el abismo de la nada.

            Dios sabrá, en sus ocultos designios, la razón de esta jugada. En Él siempre confiaste. A Él retornas ahora, hacia la Luz que todo lo abarca y a la que todo torna.

            Nos dejas un doloroso vacío que solo atempera la fe y la esperanza.

            Sé que, desde el lugar de la Luz eterna, tu sonrisa velará por todos los que quieres. También sé que un cachito de ese cariño irá para mí, que siempre te tendré en mi corazón como un hermoso recuerdo.

Por Marcial García García