UN SAN ISIDRO DE RECUERDOS: “UN CORAZÓN COMO UNA PLAZA DE TOROS”

El 5 de mayo de 1994 Pepín Liria entró en Madrid. La raza, entrega y valentía demostrada por el torero de Cehegín frente a un torazo de Dolores Aguirre conquistó a los aficionados de la plaza de toros de Las Ventas, que lo convirtieron por ese hecho en el torero revelación de la feria de San Isidro.

Fue en la vigésimo tercera corrida de toros de la feria. Liria actuaba junto a Pepín Jiménez y José Pedro Prados “El Fundi”. La tarde no transcurría bajo el éxito. Los mansos y broncos toros, de excelente lámina, de la “señora” vasca, Doña Dolores, estaban saliendo complicados para los toreros. El sexto, fue el más grande, un tren que provocó a su salida la plaza una enorme ovación de los aficionados.

Y frente a ese toro, que daba miedo solo de verlo, Liria se entregó. Joaquín Vidal tituló en el diario El País: “Un corazón como una plaza de toros”.

Y es que la faena del murciano a ese sexto toro fue emocionante de principio a fin. La oreja cortada le sirvió para que al año siguiente volviera a San Isidro, pero anunciado tres tardes.

Así lo contó el cronista: “La faena más emocionante de la temporada cuajó Pepín Liria. Y se la hizo a uno de los toros de mayor respeto y arboladura que hayan salido este año al ruedo de Las Ventas. Fue el sexto de la tarde, peleó con bronca mansedumbre en los primeros tercios, llegó al último buscando tablas y en esto que Pepín Liria se marchó decidido al centro del redondel, brindó al público en medio de la general sorpresa y desde allí mismo citó a la fiera. “¡Je, toro!”. Y se arrancó el toro. Como, una locomotora se arrancó y al cambiarle el viaje el torero para pasárselo por la espalda, pegó un salto echando las manos por delante como correspondía a su catadura de toro manso, violento y malauva. No se inmutó el torero por eso, ni por el alarido de terror que pegó la plaza, y sin enmendarse ni un palmo dio tres pases por alto más. Y se dispuso a seguir toreando… Sólo un torero con un corazón como una plaza de toros podía resolver con ese arrojo y esa gallardía su única comparecencia en la feria, de donde habría de depender que se le abrieran las puertas de la fama y la fortuna. Y a punto estuvo de empezar abriendo la puerta grande. Llega a hacer similar faena con semejante toro cualquiera de las figuras, y le dan hasta el rabo. Pepín Liria hubo de conformarse, en cambio, con una oreja. Una oreja en premio a su valor pero también a su torería pues consumado el alarde, citó al torazo con la verdad por delante, lo metió en la muleta aguantando las tarascadas y los atragantones, se jugó la vida en un breve ensayo de toreo al natural, abrochó las series con los pases de pecho, ayudados y trincherillas…

Lo que pudo pensar, temer, sufrir el torero en el transcurso de aquella faena espeluznante, se supone; en cambio se conoce el miedo que pasó el público en el tendido porque era palpable, nadie sosegaba, el que menos se echaba las manos a la cabeza. Y cuando Pepín Liria cobré el estocononazo encunándose en las astas, la plaza entera prorrumpió en un clamor para pedir la oreja que el torero había ganado a ley”

El mismo 5 de junio, pero de 1995, Liria volvió a jugársela frente a un toro de la viuda de Diego Garrido. Otro toro de imponente presencia, que también salió en sexto lugar. Fue como la confirmación de que lo que sucedió en ese primer San Isidro del murciano como matador de toros no fue casualidad.

Así se vio en la tele la faena al toro de Diego Garrido en 1995:

Fran Pérez @frantrapiotoros