OPINIÓN: “CON LA PALABRA POR MULETA” por Fran Pérez

Desde tiempos inmemoriales hemos dejado que lo taurino sea un arma arrojadiza. Que se convierta en una etiqueta para diferenciarnos de los demás. Hemos permitido que nos vean como bichos raros, tan solo por ser partidarios de una Cultura legal.

Seguro, que en tono jocoso, a más de uno le habrán dicho alguna vez eso de “el torero” o “ahí va el torero” en cualquier ámbito o entorno familiar, laboral o de amistad. En el momento que se enteran que eres partidario de la fiesta de los toros te colocan el crotal y ese va contigo para toda la vida.

A los partidarios de otras culturas no les pasa, aunque no sean legales. Hemos llegado hasta el punto de que un porrero o drogadicto esté mejor visto que nosotros. Imagínense que un jefe llama a su empleado, adicto a fumar hierba, y se dirige a él como “Ven aquí porrero”. Eso normalmente no pasa, se guarda el respeto, aunque se sepa, y si pasa, el jefe estaría con la cara partida en dos. Sin embargo, si te gustan los toros, pasa. Pasa siempre. Y el jefe se queda tan campante, mientras el empleado tiene que aguantar la gracieta de turno, a la vez que lo miran como si fuera un delincuente.

Esa circunstancia se ha convertido en una normalización con el paso del tiempo. La sociedad ha ido apartándose de la fiesta de los toros sin que los que la integran hayan hecho nada para frenar esa desafección. Los tiempos donde se decía que la fiesta se defendía sola hicieron mucho daño. A la vista está.

Cuando el sector taurino se ha dado cuenta de esto ya ha sido demasiado tarde. En la sociedad, en el día a día, salvo algunas excepciones, la fiesta de los toros está considerada como un elemento del pasado, arcaico, fuera de moda y dañino para los animales.

Lo peor, es que cuando no se hacía nada para salvarla, los antitaurinos movieron ficha y ganaron la partida. Varias generaciones, entre las que me incluyo, han crecido con el mensaje de los lobbies antis y la humanización de los animales sin saber o darle una oportunidad a las virtudes de la fiesta de los toros, que para colmo, los taurinos no han sabido comunicar ni transmitir.

La buena noticia es que siempre hay mentes que quieren saber más. Los que se adentraron y por su propio pie investigaron sobre lo que era la tauromaquia, se quedaron a su lado. Esa es la pequeña fuerza que hoy tenemos. Ese es el pequeño reducto de afición que queda y que está llamada  a salvar de las manos de los indocumentados esta Cultura. Un pequeño reducto que, otra vez el sector, no ha cuidado, dejando que muchos abandonen el barco aburridos de su inmovilismo, sus triquiñuelas y sus injusticias.

Ahora la tauromaquia pasa por el peor momento de su historia. Su supervivencia, en parte, está en manos de esos indocumentados de los que hablábamos antes.

El nivel político actual es lamentable, en todos los partidos, sean o no partidarios de la fiesta.  Se gobierna para la militancia y no para los ciudadanos. Se manda para el poder y no para el avance. Se legisla para las empresas y no para las gentes. No hay altura de miras. Si no saben ni gobernar como queremos que salven la fiesta que solo sacan a relucir cuando hay intereses electorales en juego.

Bajo mi opinión no es que estén en contra, es que no han conocido sus virtudes y han crecido bajo el mensaje anti que se ha establecido en la sociedad desde hace más de treinta años, que es lo que puedo decir, aunque estoy seguro que podríamos sumar otros treinta más.

Si la tauromaquia se hubiera movido a tiempo, si su misiva no se hubiera perdido en la sociedad, si los ignorantes de ahora hubieran tenido acceso a ella, estoy seguro que el SEPE no habría denegado las primeras solicitudes de prestación por desempleo pedidas por los profesionales taurinos y habría recibido el mismo trato que el cine español u otras disciplinas artísticas del país.

Este trato discriminatorio todavía tiene solución. Está en las manos de los que integran el sector taurino, de todos los que comen de él, que son los grandes damnificados. De ellos debe partir una fuerza común que haga reavivar la llama de la fiesta, hacerla más emocionante, menos previsible, mas accesible a todos, más abierta, más participativa. Volver a engancharse a la afección de la sociedad con la ayuda de ese pequeño reducto de aficionados que todavía resiste, y que les ha sacado las castañas del fuego en más de una ocasión y de dos.

Tentando desde las fincas de innumerables metros cuadrados, cuando a la gente le da miedo salir a la calle, y subiendo fotos a las redes sociales de lo bien que viven, no se defiende nada, crea más rechazo. La tienta está en Madrid, y no es un bar donde se hacen reuniones, está en el despacho del presidente del Gobierno y de su socio, el vicepresidente residente en Galapagar. Toca mascarilla y lidiar al toro, con la palabra por muleta.

Fran Pérez @frantrapiotoros