LOS CRÍMENES DE LOS MARTÍNEZ DEL ÁGUILA Y EL MIEDO INSUPERABLE por Julián Hernández Ibáñez

Todavía hoy se recuerda como uno de los sucesos más macabros de la crónica negra de la ciudad de Murcia, aquel donde un novillero llamado José Antonio Martínez del Águila, fue testigo involuntario de una sucesiva oleada de crímenes, con sus hermanos como fatales víctimas. Estos hechos llegarían a marcarle, agriándole el carácter, circunstancias que le llevó a una vida posterior repleta de violencia y penalidades.

José Antonio Martínez del Águila, nació en Murcia el 30 de octubre de 1949. Fue un novillero más de los centenares que han pisado alguna vez el coso de La Condomina. Su nombre nunca será recordado por sus andanzas dentro de la plaza, no llegó a ser nada en esto de la tauromaquia, como les pasó a muchos; y es que José Antonio no estaba sobrado de valor.rambla del sordo

Sus apellidos tristemente son recordados hoy día por una tragedia que conmocionó a todo el país. Martínez del Águila los apellidos de una asesina, su hermana de tan solo doce años, que mató a sus cuatro hermanos menores envenenándolos.  La parte taurina de esta historia, la contare al final pues resulta muy curiosa. Primero intentaré resumir brevemente los terribles sucesos que ocurrieron a los Martínez del Águila.

Los macabros envenenamientosgsd

—“Quería jugar con mis amigas y no podía”—, dijo Piedad a los 12 años, quien se cansó de cuidar a sus tres hermanos menores y los mató en el lapso de un mes. Los detalles de un caso que ocurrió en Murcia hace más de 50 años y que aún conmueven a todos los que lo recuerdan.

Corría el año 1965, Andrés y Antonio eran los padres de una familia numerosa de ocho hijos, como en esos tiempos era frecuente de ver.

Andrés era un honrado trabajador albañil y Antonia era una empleada doméstica. Ocho hijos, que pudieron ser nueve, si no es porque otra niña murió años antes de meningitis. José Antonio era el mayor y Mari Carmen de nueve meses la pequeña, en el medio seis más de todas las edades.

En 1966, el miedo se apoderó de las calles próximas al carril de la farola, donde hoy está situado el barrio del Infante. Una grave enfermedad contagiosa era el rumor que corría de boca en boca, de casa en casa, asegurando que había sido ese el motivo de muerte de tres pequeños que fueron falleciendo con cinco días de diferencia (semanas más tarde moriría el cuarto). 

A finales de diciembre de 1965, de forma misteriosa, fallecía Mari Carmen, con tan solo nueve meses de edad. La Seguridad Social se presentó en la vivienda, revisó a la criatura y diagnosticó “fallecimiento por meningitis”. No llamó la atención de los padres, quienes habían perdido años atrás -por la misma causa- un bebé de tan solo dos meses.

El hecho es que cinco días más tarde, Mariano, de 2 años, también dejó el mundo por una meningitis letal. Pero la sospecha terminó de volverse real en el momento en que Fuensanta, de 4 años, falleció de lo mismo una semana después. El médico de la familia no quiso firmar el acta de defunción de la niña y sí acudió a un juzgado de menores para exponer lo ocurrido.

La presión de los vecinos llevó a que toda la familia se internara en el Hospital Provincial de Murcia. Andrés el padre y Carmen la angustiada madre, en prevención fueron detenidos, y en el hospital, le fueron practicadas, mil un minuciosos estudios médicos, por si las cuatro muertes pudieran ser signos de alguna enfermedad que pudieran tener, hasta que las pesquisas no esclarecieran quien era la persona culpable, de tal atrocidad.

Quien se iba a imaginar que una niña tan pequeña, una hermana pudiera maquinar  esos actos tan sanguinarios.  Inicialmente se pensó en alguna extraña afección o intolerancia alimenticia. Nada de eso. Los sometieron a diferentes pruebas y todos los resultados eran favorables, por lo que fueron dados de alta para pasar las fiestas de fin de año en su hogar.

Las palabras de Antonio resonaron en el hospital, el mismo día que fue puesto en libertad:   —¡Decían que yo había matado a mis cuatro hijos!

Pero volvió el horror. El 4 de enero de 1966 fue fatídico para Andrés, de tan solo 5 años, que dejó el mundo por la misma causa que sus tres hermanos fallecidos. La sospecha cambió de foco y los vecinos se preguntaban si un extraño virus no estuviese saltando de un hermano muerto a otro vivo y esto le provocaba el deceso.

Como todos presentaron los mismos síntomas, los cuatro cuerpos fueron enviados al Instituto Nacional de la Salud en Madrid, pero no se detectó ningún virus y fueron exhumados y enterrados en un cementerio local. Pero el examen Anatómico Forense sí tenía algo para decir: todos habían sido envenenados.Murcia15-768x1024

La noticia había sacudido a toda España y el periodismo estaba abocado a investigar lo acontecido en Murcia, con enviados especiales y jornadas de cobertura enteras en la vivienda de los Martínez del Águila. Piedad, ante la mirada de los fotógrafos, siempre se volvió impasible, algo que comenzó a despertar el interés de los periodistas. La Policía comenzó a sospechar de Piedad cuando se enteraron que era la encargada de cuidar a los pequeños, inclusive de su alimentación.

Un inspector le tendió una trampa. La invitó a tomar algo en un bar y empezó a jugar con ella. Aprovechó para simular que le iba a echar una cucharada de cloruro en el vaso de leche. La chica, primero riendo y luego enfadada, se lo impedía.

  • No hagas eso, que puedes hacer mucho daño a alguien.

Ante la insistencia del investigador para que bebiera, se negó rotundamente.

  • ¿Hace daño? ¿Es como lo que le diste a tus hermanitos? –preguntó el funcionario.

El rostro contraído de la pequeña habló por sí solo. El policía fue severo y su mirada aún más, logrando persuadir a Piedad.

  • Fui yo quien mató a los cuatro. Los tres primeros por orden de mi madre.
  • ¿Y el último?
  • Lo maté yo sola, por mi propio impulso.sdsdg

Con el correr de los días explicó cómo preparaba el veneno para matar a sus hermanos. Picaba unas pastillas con las que limpiaba metales y las mezclaba con veneno para ratas. Hacía pequeñas bolitas y se las incorporaba en los vasos de leche que tomaban los pequeños. El cloro y el cianuro provocaron la muerte letal.

Piedad fue internada en un hospital psiquiátrico, continuó culpando a su madre, y hasta llegó a inventar cinco historias diferentes. Todas falsas. “Quería salir a jugar con mis amigas y no podía. Siempre tenía que cuidarlos”, confesó en alguna oportunidad al diario El Caso.ewr

Al ser menor, la ingresaron en un convento de la capital murciana donde cuidaban a niñas en situación de riesgo. La pista se le perdió definitivamente en ese convento.

Las desgracias se apoderaron de una familia humilde que encontraron el rechazo de la sociedad y el vacío eterno por la muerte de cuatro hijos y otros dos hijos vivos que resultaron delincuentes peligrosos. El padre perdió su trabajo y nada volvió a ser lo mismo. Una ceguera letal lo hundió a él y a su familia en la pobreza, provocando su muerte algunos años más tarde.

Este hecho acontecido en su niñez, marcó inexorablemente la vida de José Antonio, que después de intentar ganarse el pan como torero, tuvo una tormentosa vida, repleta de altercados hasta llegar a la delincuencia y dando sus huesos en la mítica Cárcel de Murcia en plena plaza circular. De la que se escapó el primer domingo de Mayo de 1971, donde José Antonio Martínez se encontraba en prisión preventiva, a raíz de la desarticulación de una banda formada por varios muchachos. Se dedicaban principalmente al robo de vehículos. José Antonio tenía fama de abrir las portezuelas de los coches con suma facilidad, a base de una especie de abrelatas de superficie perfectamente lisa. En el argot policial era un “descuidero”. La huida solo les duro dos semanas, tres domingos después de su huida, fueron detenidos en su escondite de La Alberca. Años más tarde junto a su hermano fueron acusados de asesinato, por un ajuste de cuentas.

José Antonio Martínez del Águila, novillero

Pepe Anastasio, empresario de la plaza de toros de Murcia en el año 1966, lo incluyó en uno de los muchos festejos que se llamaban, de oportunidad, para los incipientes torerillos murcianos. Se oyeron, muchas voces que criticaban al empresario, culpándolo de querer ganar dineros, utilizando al pobre José Antonio para su beneficio.

Y llegó el 1 de mayo de 1966, el día de su oportunidad. Con escasa concurrencia se celebró en la Condomina la anunciada becerrada. El cartel estaba formado por cuatro muchachos de la tierra, que hacían su presentación: José Maganto “Alcarola”; Antonio Ortega, “El Blanqueño”, José Gómez, “Atila”, y José Antonio Martínez del Águila “El Niño del Carril de la Farola”. Se lidiaron cuatro becerros de don José Escolar.TOCAR

Con mayor o menor lucimiento, Alcarola, el Blanqueño y Atila cumplieron con la más mínima exigencia de quien se viste de luces, torearon y mataron a estoque. Pusieron voluntad  y como premio, cada uno dio la vuelta al ruedo en medio de cariñosos aplausos.

Para muchos periodistas, que José Antonio Martínez del Águila se vistiese de luces a los cuatro meses de ser, desgraciadamente, “noticia nacional”, tenía mucho de interés. Por eso, el patio de caballos era un hervidero de plumillas al acecho del nuevo becerrista de trágico momento.  

  • ¿Cómo estás de ánimo, José Antonio? Le preguntó un periodista cuando se colocaba el capote de paseo
  • Estoy fuerte como un toro.

Le respondió el periodista,  que como estuviese tan fuerte como el becerro que le habían elegido (no entró la res en el sorteo, por ser la más pequeña y estar destinada al muchacho), había suficiente.

Varios curiosos le desearon suerte antes del paseíllo, y su padre lo despidió con un beso en la mejilla. Todo muy serio, muy formal. José Antonio rezó su Padrenuestro en la blanca capilla de la plaza y se lió el capotillo sobre el holgado terno, azul y oro. Era su primer paseíllo. Desde allí a la fama. Pero para eso había que contar con el becerrete, bravo y noble y con dos “plátanos” por pitones, que había en el chiquero.IMG_7954[5973]

Salió el becerro; lo corrió Pepe Castillo más de la cuenta, esperando que el Niño del Carril de la Farola se decidiese a salir de su “trinchera”. Iba a la guerra. Se animó por un momento, llegando a pensar el respetable, que se habían equivocado; al andar hacia la “fiera” se observaba cierta decisión en Martínez del Águila; pero, si, primera embestida y “espanta” fulminante; otra vez hacía la “trinchera” y negativa rotunda de volver a pisar el ruedo. ¿Desmayo fingido, emocional? En fin, en brazos de tres hombres, camino de la enfermería, como si se estuviese rodando una escena para el cine. AlcaróIa, el primer espada, se “jartó” de torear a la becerra, mientras don Ramón Sánchez Parra escribía en el parte facultativo: “Signos de miedo insuperable”.escandalo

La actuación de Martínez del Águila fue desastrosa, la verdad es que se veía venir, pues meses antes, en varios de los tentaderos celebrados en la zona centro, donde Martínez del Águila tuvo como maestro al matador de toros Pedrés, el torerillo murciano prefirió siempre el burladero a saltar a la arena, y cuando lo hizo dio muestras inequívocas de no poseer la primordial cualidad de un torero: el valor.

Se equivocó pues el empresario al apuntarlo en el cartel, porque la entrada fue paupérrima, incluso peor que en otros festejos parecidos.

Y esta es la triste historia taurómaca de un malogrado novillero, que vivió por los restos con tres estigmas, la de su macabra hermana,  una vida turbia y violenta, y la que le otorgó el doctor” don Ramón Sánchez Parra con el parte facultativo de “Miedo insuperable”.

Por Julián Hernández Ibáñez Twitter: julianhibanez