“VSQVE TANDEM?” por MARCIAL GARCÍA

            Estoy seguro que todos ustedes conocen ese aforismo que habla de que una gota colma el vaso, pero, quizás no hayan reparado que con otra, solo con otra, el vaso se desborda. Pues en ese desbordamiento emocional se encuentra este escribidor después de los acontecimientos vividos la tarde del 30 de mayo en el coso venteño.

            Existe una línea indeleble entre lo justo y lo injusto, entre la razón y la sinrazón, entre la línea del alambre funambulista y el abismo. Las personas con alma lo entienden. Los desalmados, no. Y, llegado a este punto, no puedo reprimir mi vocación docente. por eso me van a perdonar que explique que “desalmado” es un adjetivo calificativo compuesto, formado por el prefijo castrativo “des”, que significa exclusión absoluta, “sin”, y del sustantivo femenino “alma”, que representa la esencia espiritual humana. Por tanto, desalmado tiene el escalofriante sentido de “sin alma”, es decir, “sin esencia humana”, “inhumano” en términos coloquiales.

            De este cariz parecen ser ciertos espectadores del anfiteatro capitalino. Y explico mis argumentos:

-La vieja liturgia de la tauromaquia se sostiene sobre dos axiomas inmutables: un animal bravo, enrazado y fiero y un sacerdote valiente y artista. que representan sin farsa el viejo juego de la vida y la muerte. Si alguno de estos dos pilares está menguado de sus facultades o se emplean truculencias por parte del celebrante, el rito se vuelve aberración, farsa sacrílega que desnaturaliza su esencia. Por eso es justo y necesario que el fiel de esta liturgia exprese su opinión, al final de cada faena con sus palmas o sus pitos, con más o menos vehemencia sonora y tonal.

-Como en todo rito, existe un tempo y una cadencia, en el gesto y en la acción, para que el sacrificio, además de puro y real, se revista del aura espiritual que separa al matarife del torero, del toreo a la mojiganga. Ese arsenal normativo está reglado desde que en el XVIII se crea la moderna tauromaquia, contenido en esos catecismos que, empezando por Pepe Hillo, han ido alumbrando los toreros que han llegado al grado de pontífices en esta vieja religión, sotérica y catártica. Pero, cualquier norma humana no puede negar los principios de la física ni de la geometría. Sin embargo, algunos se ha autoerigido en pontífices, o, mejor, en grandes inquisidores, que se dedican a fulminar sus sentencias, imponer sus sambenitos y encender sus piras crematorias en el quemadero de la solanera o la andanada. A ella pretenden llevar, ipso facto, a los infractores de sus quiméricas opiniones, tal como manifiestan airadamente sus silbidos y exabruptos extemporáneos. Y claro, este coro condenatorio hace perder el temple al más templado.

            La estructura del ritual tiene su tiempo adecuado para expresar la devoción o el incomodo. La bronca es tan taurina como el enfervorizado pandemonium  de un triunfo irrefutable. Y estos jueces-legisladores ni lo entienden ni lo respetan. Con su grito agrio o sus gracietas, tambalean hasta el momento de mayor peligro, con el riesgo de la certera cornada y distracción del astado. Y en la tarde de los “adolfos” se hizo sentir con especial inquina. Claro, esto viene de antiguo, como recuerda la socorrida frase de “en Madrí qu’atoree san Isidro”.

            La seriedad y la exigencia no deben confundirse con la inmoral catadura que puede llevar a la tragedia. Toros serios, bravos, encastados, fieros, íntegros, con trapío, en tipo y con sus yerbas. Sí. Toreros entregados, con pureza y verdad (y, si es posible, con su pizquita de arte y duende), sin engañifas ni postureo. Todo perfecta y justamente exigible en su momento. Un toro impresentable, al salir del toril, pitado hasta echar los bofes. Un torero mentiroso, igual, pero al acabar cada tanda. Si tiene vergüenza, lo entenderá. Si no, la empresa cuidará muy mucho de contratarle, por aquello de las goteras en las taquillas. Pero empujar a la tragedia, eso se queda para el anfiteatro romano, aquel de “Panem et circenses”.

            De ahí mi retórica pregunta del titular: “¿HASTA CUÁNDO?”. Sí. Hasta cuándo va a permitir la afición que el coso de la calle de Alcalá se convierta en el Coliseo Matritense, con sus “fustigatores”, que avivan a la fiera corrupia para que haya sangre abundante que aplaque a la plebe de gañido histérico.

            Seriedad: TODA. Intransigencia desalmada: NUNCA.

(Ahora me dan una clase práctica sobre “fuera de cacho”, “cruzarse durante el viaje” y otras monsergas semejantes, que harían que el pobre Euclides se suicidara desde el Puente de Ventas, lanzándose a la M-30 en plena hora punta)

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Marcial García

Fotos: Plaza 1 y Prensa Manuel Escribano