Y NO FUERON “CARAMELOS” DULCES por Julián Hernández Ibáñez

En el rico anecdotario del firmamento taurino, existen algunas referencias a toros bautizados con el dulce nombre de “Caramelo”, pero que a la postre, resultaron amargos y no hicieron gala a la dulzura de su nombre.

Uno de estos toros es el protagonista de un desgraciado incidente, que tiene la plaza de toros de Lorca como triste anfitrión.11

Me refiero a la desgraciada muerte del joven José García Alcaraz, alias “El Pollo”. Se celebraba la segunda corrida de feria del año 1.898, con ganado de Trinidad Gómez, para Fuentes y Algabeño, cuando este mozo trató de apoderarse de una moña que no prendió en el primer toro del encierro. Para ello se descolgó por una trampilla que cruzaba por arriba de lado a lado de chiqueros, con tan mala fortuna que vino a caer encima del toro que había de correrse en segundo lugar, llamado “Caramelo”.

 Atemorizado se empotró materialmente en un ángulo del toril (hay que decir que los chiqueros eran esquinados y tenían, naturalmente, dos ángulos más agudos que los otros) donde soportó durante 10 o 15 minutos, las furiosas embestidas de “Caramelo” que no llegó a alcanzar a herirlo. Durante muchos años las marcas de las cornadas en las paredes, todavía eran visibles.

Abierto el portón, salió el toro a la arena disparado, y cuál sería la sorpresa de los espectadores cuando tras el toro vieron salir un hombre pálido, desencajado, como loco y que oprimía contra su pecho una bonita moña. El corazón no le respondió y cayó desmayado. En la enfermería, donde falleció, se le oía decir;

  —Que se la lleven a mi novia, le gustará mucho porque es muy bonita…—

12Murió sin herida alguna, víctima del amor, que es capaz de las mayores imprudencias, abrazado fuertemente a la bonita moña de colorines que había conquistado para su novia.          

Sin duda el toro más celebre que lleva el nombre de “caramelo” fue el criado por el ganadero don Manuel Suarez Giménez, de Coria del Río.

13El 15 de agosto de 1848 se anunció en la plaza de toros de Madrid, un espectáculo emocionante, la lucha del toro contra un león y un tigre. Despertó este festejo una expectación enorme y dio lugar a cábalas, apuestas y desafíos algunas de las cuales terminaron en riñas, acerca del probable resultado en la lucha. Mucho es el poder de un toro y mucho confiaban los amigos del toro en el de “Caramelo”, pero la fiereza del león y la del tigre, tanta veces relatadas en los libros de viajes y aventuras, hacían vacilar a muchos aficionados en sus pronósticos.

La plaza se llenó y hasta que comenzó el espectáculo, la expectación del público fue indescriptible. Se contaban maravillas del león y del tigre que habían sido traídos ex profeso de Argelia, pero no se hablaba menos del toro que había de luchar con ambos. En el redondel se había colocado una jaula de fuertes barrotes de hierro con puertas para la entrada de los felinos, y un callejón que iba a dar a los toriles para que pudiera entrar el toro directamente desde los chiqueros.

El primero que entró en la jaula fue el león y al ver la majestuosidad del mismo muchos partidarios del toro sintieron descender sus esperanzas en el triunfo de este. El león, majestuoso, sacudía su poblada melena y daba formidables rugidos, parecía haber entrado en la jaula como si verdaderamente estuviéramos ante el Rey de la Jungla.

Se dio la señal y se soltó al toro. Era colorado, bragao, de muchos kilos y de gran trapío. Su entrada en la jaula fue el principio de su triunfo. El león al verle, se le erizó la melena, se agazapo y se preparó para saltar sobre “Caramelo”, pero a este no le dio tiempo a intentar la acometida, embistió el toro y le empitonó por medio cuerpo, lo lanzó por los aires y allí quedó el león hecho un guiñapo, temeroso y fugitivo. “Caramelo”, volvió a cornearle dos o tres veces sin que el león, intentara defenderse por mucho que desde fuera le azuzaban. Considerándole definitivamente vencido, intentaron sacar de la jaula al león, pero no fue posible lograrlo. Por un lado el acecho completo del toro y por otro el no quedar al león ni ánimos siquiera para escapar de su adversario.

Se decidió tras varias consultas, en vista de esto, que entrara el tigre en la jaula, y así siendo dos a luchar con el toro, tal vez el león se rehiciera. Entró el tigre, gazapeando y procurando buscar el bulto a “Caramelo”, dio una vuelta a la jaula, pero de nada le valió su astucia. El bravo toro no le perdió de vista, y en la primera ocasión que se lo encontró de frente, se precipitó sobre él, le corneó, le volteó, y sin perder un momento también se resolvió contra el león, que como se supuso, se había incorporado y parecía dispuesto a atacar al astado triunfador.14

La muchedumbre que llenaba la plaza estalló de júbilo. Aquello fue inenarrable, y duró largo rato hasta que un nuevo incidente atrajo la atención de los espectadores. Como la lucha había terminado, se quiso retirar a las tres fieras. No hubo medio de conseguirlo, aunque para ello se emplearon todos los recursos posibles, hasta el de echar perros de presa al jaulón. “Caramelo”, encampanado, volviendo la cara alternativamente, hacia sus dos enemigos, no hacía caso ni a los silbidos de los mayorales, ni a las acometidas de los perros, ni al flamear de los capotes que por la parte de fuera de la jaula manejaban algunos toreros.

El tigre y el león, maltrechos y temerosos, se habían acurrucado a la mayor distancia posible de su triunfante adversario, aunque los pinchaban con largos palos, le hacían sonar látigos junto a ellos, y les azuzarán los perros de presa, seguían quietos como estatuas.

No había forma humana, ni animal de sacar a las tres bestias de la jaula, dos por temerosos y otro por gallardo y desafiante, así que ante la sorpresa de todos, un torero que en esos años era un ídolo de las masas, Ángel López (Regatero) dando una prueba de valor asombroso, entró en la jaula sin arma alguna, provisto del capote únicamente, y consiguió llevarse al corral a “Caramelo”.15

Pocos días después de la lucha, cuando aún duraban los comentarios que esta había dado origen, volvió a ser objeto de la atención pública el vencedor “Caramelo”, el toro que más dinero  dio a ganar a las empresas en el siglo XIX. Se anunció una corrida de toros para el día 9 de Septiembre del mismo año en la que se indicaba que el toro “Caramelo” había sido enchiquerado para la misma. Volvió a llenarse la plaza. Cuando salió de! toril el famoso bicho, fue ovacionado y la ovación continuó ininterrumpida durante todo el tiempo que estuvo en el redondel, pues hizo una pelea magnífica, tomando 12 varas y matando tres caballos, recargando en todas ellas y acudiendo con una gran nobleza al tercio de quites, A petición del público se le perdonó la vida, y una vez hecha la pelea fue retirado a los corrales.16

Vino después la glorificación podemos llamar de este toro. Fue el 11 de Noviembre del mismo año. Al anunciarlo la empresa nuevamente (otro lleno rebosante en la plaza). Habían sido encargados de la lidia de esta fecha los célebres diestros Julián Casas (El Salamanquino) y Cayetano Sanz.

Salió el toro “Caramelo” al redondel adornado con una guirnalda de flores que le cruzaba por el lomo y terminaba en dos adornos que caían sobre el testuz (debido o su nobleza pudieron los mayorales hacer esto en los corrales), fue lanceado por ambos espadas admirablemente, y después por los mismos le torearon al alimón y vista la bravura y nobleza del mismo y ante los aplausos de la concurrencia que no había cesado de aplaudir al toro desde su tercera representación fue pedido y concedido ser nuevamente retirado al corral.

Una empresa de Bilbao, conocedora de los fabulosos ingresos producidos a la empresa por este toro, lo compró para presentarlo y lidiarlo. Como mayor reclamo a esta presentación se anunciaron entre los espadas al Regatero, y dio la casualidad de ser este diestro el encargado de matarle, cosa que efectuó inmejorablemente, el mismo que con tantísimo valor y desprecio de su vida le había sacado de la jaula cuando la lucha con el león y el tigre.

Y esta es la historia taurómaca sobre caramelos toros, que no lo fueron tanto, uno por dar muerte a un paisano cuando quería agasajar a su novia con un regalo envenenado, y el otro que no fue precisamente un caramelo para leones o tigres, pero que ganó su inmortalidad por su bravura y fiereza.

Por Julián Hernández Ibáñez 

Twitter:   @julianhibanez