GRANDEZA CICLÓPEA por Marcial García

Me ha despertado, muy de mañana, esa musiquilla que nos une, como cordón umbilical, al mundo virtual, que es ya el que rige nuestra vida.

            Medio sobresaltado, casi a tientas, he abierto los vasos comunicantes y me ha aparecido, enviado por alguien que me quiere y que sabe de mi cariño por el protagonista de la noticia, un precioso artículo de ABC, firmado por Rosario Pérez y con unas extraordinarias y psicoanalizantes fotografías de Guillermo Navarro.

            “Hay pureza de domingo y pureza de día laborable. La absoluta habita en Paco Ureña”. Así, con este trallazo de verdad, comienza la entrevista…t2001

            Ni qué decir tiene que he sorbido y paladeado cada una de las frases, cada una de las sentencias, dignas del mármol y el bronce, que afloran de los labios de este joven-viejo profeta, testigo de la verdad, el valor y el arte, que es el torero…

            Ni qué decir tiene, que he llorado. Y las lágrimas me han confortado, porque confirman que no erré cuando le entregué mi admirada fidelidad, al torero y al hombre. Porque es muy difícil encontrar, al día de hoy alguien que, como él, reúna ambas cualidades en modo sublime, el término que procede de “sublimar”, purificar hasta los límites extremos, que es lo que ha marcado, marca y marcará su senda existencial.

            Aprendí de Diógenes, el que buscaba con linterna, en el brillar de medio día, ese raro espécimen que se llama HOMBRE. Y he buscado con ahínco en todas las ágoras para encontrar alguno de ellos. A pesar de los pesares, confieso paladinamente que he tenido suerte en algunas ocasiones. Ésta es una de ellas.

            Los que me conocéis, sabéis qué representa para mi existencia el toreo y la amistad. Ambos, puros. Sin doblez ni recovecos, tanto de artimañas como convicciones.

            Ahora, cuando la emoción se ha serenado y la convicción gana firmeza, quiero, desde la blancura del papel, lanzar al aire fresco de la esperanza estos sentimientos de agradecimiento.

            Querido amigo:

-Hay que ser grande, muy grande, para tener de la vida y tu vocación ese sublime concepto, que hace que entregues gustoso tu alma en una empresa tan alta.

-Hay que ser honesto y humilde hasta el infinito, para demostrar el amor y testimonio que das de tu pasión y tu meta.

-Hay que volar muy alto, como se consigue con la humildad, para llegar a sentir y expresar tus sentimientos como lo haces: con la pasión y el fuego del filósofo; con el tronar admonitorio del profeta, con la cándida ilusión del niño.

-Hay que ser muy hombre, en el sentido cabal de la expresión, para demostrar día a día tu credo y tu verdad, ante la que deberían inclinar la cabeza y callar tantos ridículos charlatanes, que pavonean sus miserias como pavos reales, fatuos y fallutos.

-Hay que haber depurado, en la fragua del dolor y la aceptación revivificante, el alma, limpio cendal de la vida, para reafirmarse, como te reafirmas, en la lucha por un sueño, aunque el sueño pueda costar la vida.

-Hay que tener el alma muy limpia, como el albor de la nieve, para no guardar resentimiento y venganza, para nada ni nadie, con angelical delicadeza, firme y flexible, como el acero de tu voluntad.

            Por eso, cíclope sublime, tan alejado del colérico Polifemo mitológico, siempre tendrás mi respeto y mi cariño. Porque eres el ejemplo vivo de la verdad de la vida, de la entrega a la pasión que la mueve y del valor necesario para sonreír displicente a tanta desfachatez que nos rodea.

            Siempre rendido a tu verdad, Maestro. Siempre fiel a tu ejemplo, Amigo.

            ¡Suerte!

            ¡Seguiré peregrinando tras tus pasos!

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Foto Guillermo Navarro (abc.es)