QVO  VADIS?(1) por Marcial García

               No. No se asusten.

            Ni vamos a glosar a Sienkiewicz, ni vamos a dar un curso acelerado de latín. Es algo más sencillo… o no.

            Esta pregunta retórica simplemente pretende hacer reflexión y augurio sobre algo tan decisivo como la vida o muerte de la fiesta de los toros en España.

            Es una auténtica paradoja hablar de vida y muerte en una liturgia que se basa en esa dicotomía. Pero, desgraciadamente, es necesario hacerlo antes de que sea demasiado tarde, y el enfermo –la fiesta- no tenga remedio.

            Este morbo maléfico que nos ataca no es novedoso. Hunde sus pérfidos tentáculos desde los tiempos en que la fiesta dejó de estar bajo la protección real y comenzó a ser fuente de ganancias, que no pasaban a causas nobles y caritativas, sino a bolsillos particulares y en buenas cantidades.

            De esta forma apareció la figura del empresario.

            Hoy, el destino de la fiesta está en cuatro o cinco “famiglias”, que controlan, aúpan, discriminan o simplemente destruyen a quien osa esquivar sus decretos.

            Sus métodos son inmisericordes y para lograrlos se emplean de toda una cohorte de lacayos y sicarios que siguen las leyes de la “omertá” con fidelidad siciliana. Para las maniobras de distracción ya tienen a los correspondientes babosos amaestrados, en los medios afines, que proclaman desde sus púlpitos las verdades de su falsa religión.

            Ellos organizan las ferias con meses de antelación. Lógicamente, a su gusto y manera. Y en lo del gusto, lógicamente, no me refiero al artístico, que, a lo mejor hasta lo tienen. Su gusto es el exclusivamente económico y pertinente a sus intereses:

“-Tú sí, porque te amoldas a mis exigencias. Tú no, porque molestas a mis toreros. Tú, ni mucho menos, porque nos dejas con el culo al aire. Tú sí, porque te lleva el que sabes y tengo que cambiarle el cromo…”

            Así, o poco menos, son las temidas-esperadas llamadas de despacho.q

            Lógicamente, para tal “escalafón” de figurones hay que elegir y reseñar el torito adecuado: tontorro, arregladito, obediente, chochón y peluchito, porque claro, no podemos exponer a nuestro nene a que alguno se equivoque y pida los papeles con aquellas cualidades antiguas que hicieron de él un animal sagrado, adorado y temido, al que algunos privilegiados valientes se enfrentaban en noble lid, no en el infantil juego de las escondiditas.

            Y para que ello ocurra deben existir ganaderos –mejor, “ganaduros”- que también se dobleguen ante el padrino de turno. El honor eso es algo que ya no existe, si hay dineros y apalabramientos por delante. Qué más da que nuestro ganado sea un remedo del toro bravo o siquiera el toro de lidia, si los figurones –sus mentores- los van a imponer en las fiestas punteras, que ellos tienen copadas.

            Y la desafición, que ya ni siquiera es de capaza y bota, llenando el cemento ante el cebo que su arsenal desinformativo ha vendido como caviar beluga, cuando no pasan de ser vulgares huevas de lompo, o de lo que es más habitual, sucedáneos de dudosa procedencia.

            Y, claro, con estas perspectivas, el futuro de lo que otrora fue ritual sacrificial, festejo de honra de cualquier lugar que se prestigiara, se está convirtiendo en una mojiganga despreciable, a medio camino entre el minué versallesco o la farsa bufa de una mala feria pueblerina.

            Pues ya saben.

            Ustedes mismos.

            Mediten cuántas hojas de calendario le quedan al engendro.

            Y mientras tanto, románticos criadores de toros, veladores del encaste antiguo, de la joya genética, vendiendo sus mejores ejemplares para la vieja corrida callejera, que ésa si está viva y pujante, porque la gerencian los propios consejos locales a través de comisiones o mayordomías, que velan por la antigua seña de identidad y por el prestigio de la ciudad, villa o lugar que representan.

            Y toreros, verdaderos toreros, con vergüenza ídem, valor y afición desmedida, refugiándose en la entendida Francia, haciendo las Indias, o pudriendo su meta vital en una plaza de talanqueras o en el anonimato de sus refugios, donde aún no se resignan a entregarse…

            Piénsenlo.

            Y luego me dicen si tengo razón al utilizar la pregunta, que según la tradición, le hizo Cristo a Simón Pedro, cuando huía de la podrida y peligrosa Roma de Nerón.

Por Marcial García