“ESE CHICO DE LA ESCUCHA” por Marcial García

Hace ya unos años me llegó de boca de un amigo un comentario que hizo la reina doña María de las Mercedes, sobre un torero que ha supuesto para mí el espejo de referencia de mi afición. Me estoy refiriendo, lógicamente, a Pepín, como ya habrán adivinado quienes conocen mis andanzas e ilusiones taurinas.

            Me contaba este amigo, cuya identidad anónima mantengo, que, dada su proximidad a la Señora, como se conoce a doña María en los círculos taurinos, y su afición a los toros, solía acompañar a la egregia dama al palco real de Las Ventas. Una de las tardes en que el coletudo rubio dejó trasminar su aroma torero, comentó con su dama de compañía:

-¿Sabes? Ahora que nuestro Curro está para retirarse, me voy a hacer del chico este de Lorca.MADRID-Barcelona-Asociacion-the-Association_EDIIMA20170307_0793_5

            Mientras vivió y su figura aparecía cada tarde torera en el palco, disfrutó del buen hacer de su nuevo ídolo, recompensándole con la habitual pitillera, los brindis que le dedicó.

            Desgraciadamente, el 23 de marzo de 2003, en la real plaza de Aranjuez, al entrar a matar a su segundo pregonao, de Peña Catalán, una racha de viento inoportuno desarboló la muleta cuando iba a matar, propinándole un tremendo volteretón, después de lanzarlo unos metros al cielo. Las consecuencias, calificadas como leves por algunos de los gacetilleros nos lo quitaron de en medio, en la que auguraba ser temporada de recuperación. Tres años atrás, discreta, como fue toda su vida, nos dejó la regia aficionada.pepin

            Desde entonces he andado en la senda que me condujera a un torero de referencia, es decir, con verdad y arte. He tenido la suerte de seguir y conocer a matadores que me han llegado a ese lugar del aprecio y admiración al que acceden los ídolos personales. Algunos de ellos, además, puedo decir con orgullo, que son amigos y que se alegran cuando me vislumbran en los tendidos, ya que no me gusta ser moscardón cojonero de nadie, ni atosigar en patios de cuadrillas ni halls de hoteles con las consabidas monsergas, con las que se suele abrumar al que está para jugarse la vida, con tal de hacernos notar.

            Mi afición la vivo con pasión y entrega, pero bastante discreta. Hace ya largo tiempo que, para asistir a esta sagrada liturgia busco la compañía cómplice de buenos y silenciosos aficionados, alejándome al ocasional, vocinglero y de capaza y bota.

            Sufro y gozo con el discurrir del festejo. Por eso no me gusta exteriorizar demasiado mis sentimientos, aunque sigo todo lo que puedo al que entregué mi respeto y admiración.

            He repetido hasta la saciedad que soy dueño de mis sentimientos y que me cisco en esa conseja que dice que el mejor aficionado es ese al que le caben más toros y toreros en la cabeza. ¡Estaría bien! ¡Ni que mi molondra fuera o fuese una tauroteca!

            Me gustan los toros encastados y los buenos toreros. No soy ni torista ni torerista. Se me saltan las lágrimas cuando veo un toro de casta y estampa romper en el ruedo. Disfruto paladeando la cada vez más rara “suerte de varas” y no desgracia de charcutero, que es lo que ahora se prodiga.

            Admiro al torero que vive su secular sacerdocio con entrega y fidelidad máxima. Quien cuida su cuerpo y su alma, para presentarse digno en el altar donde se ofrece su vida generosa, enfrentándose a un oponente bravo y noble. También a los que, sin alharacas ni aspavientos, con gentil y diestro manejo de suertes y aceros, saben LIDIAR, ese viejo verbo guerrero y torero que han olvidado esos polichinelas de porcelana de los amaños, a los que solo les falta el muchuar de encaje en la afectada manita, para ser fieles a la farsa versallesca en que están convirtiendo la fiesta los “taurinos” y paniaguados varios.

            A la plaza se sale con el cuerpo del atleta y con el alma del monje. Ritual que ha de vivirse y oficiarse con ese don que se llama “vergüenza torera”.

            El torero ha de ser dominador, pero no avasallador. La lucha que no es igualitaria y sin fraudes, se convierte en un tongo. El torero que no sale al ruedo con ese concepto, se convierte en un cómplice de la farsa teatral en que se pretende trocar lo que en origen fue sacrificio catártico.

            Por eso su “cvrsvs honorvm”, su carrera y trayectoria, ha de ser intensa, constante y sacrificada. Cuando se ha interiorizado este concepto, con el respeto a la vida y a la muerte, el espíritu del torero saldrá como mariposa gentil de la crisálida. Cada uno de los lances, quebrando a la muerte, llevará el aroma del incienso del altar y el regusto de una vieja poesía lírica o un arcano cante antiguo y bello, como una estatua clásica de Praxíteles, una desgarrada seguiriya de “Agujeta”, o un telúrico toque por soleá desgranado del alma de ciprés de una guitarra.

            Cosas como estas son las que he intuido y saboreo de un chico tímido y callado que conocí hace tiempo y que cada día admiro más.

            Por eso, estoy seguro que si la Señora siguiera ocupando su lugar en el palco venteño, ya habría dejado escapar, entre melancólica sonrisa:

-Me voy a hacer del chico este de La Escucha.

Por Marcial Garcíaurena_san_isidro_talavante_2017