VALENCIA PASA POR GRECIA por Fran Pérez

Que Valencia pase por Grecia es algo que solo los dioses pueden conseguir. Ayer, por Fallas, el coso de la calle de Játiva se situó en los montes Balcanes. Y no por el frío que pasamos en los tendidos, sino por la obra de dioses del Olimpo vestidos de luces. Como saben, la mitología griega dice que en el monte Olimpo habitan los dioses en palacios de cristal. Un sábado en la tarde de marzo josefina, ese cristal brilló en la ciudad del Turia como los diamantes a los ojos de los cacos.

Si hablamos de mitología, la Valencia Taurina, como Rea, es la madre del mayor dios que impone su ley en el escalafón. Más de 25 años mandando. Más de dos décadas dándolo todo. Y pese a tanto tiempo, da gusto verlo. Enrique Ponce Martínez, es a la tauromaquia actual lo que Zeus a la Cultura Clásica. Es el padre de todos. Y nadie puede con él. Su actitud en la plaza es para que cien mil novilleros se acuesten día y noche admirando a un señor, que lo tiene todo, pero que no le cuesta trabajo  tirarse de rodillas para decir ¡Aquí están mis coj… (atributos)!

Su presencia en los carteles es como un rayo que quema, y a veces fríe del todo, a los que se anuncien con él. Y si se siente amenazado y simplemente quiere cazar para defender su trono, despliega las alas como un águila insaciable y se come al que sea con sus garras por muleta poderosa y pico de soberana magia. Fuerte como un roble, ayer como un buen recolector de nubes, como el dios griego citado, hizo que todo el mundo subiéramos al cielo, su casa natural, para hacernos estar en ellas. Una tormenta de grandeza torera, robada por un presidente, que le robó trofeos, pero no el agua que lo sacia. Ponce se quedó en el centro del ruedo, se paró e hizo que su vida trascurriera a cámara lenta por unos instantes para beber de la aclamación popular que ya la quisieran algunos. Y mientras la ovación tronaba como la mascletá, en su mente sonaría esa canción de satisfacción de Don Vicente Fernández que hablaba de seguir siendo un rey.

Pero no solo de Zeus se habla en Grecia. Otros hijos que han venido después dejan estela como él. De la ciudad del Sol tenía que venir Apolo. Dios de la luz de la verdad. Y de la belleza del toreo, aunque a veces el toro no quiera que llegue. Para que los eclipses de sol se vayan el camino emprendido muchas veces puede ser dramático. Pero un dios nunca puede defraudar a sus creyentes, aunque estos lleguen hasta el infarto por la demostración de valor. Apolo a la tauromaquia es Paco Ureña. Su entrega en la plaza cura a los aficionados, y los hace volver conscientes de que hay esperanza, cuando corazones como el del lorquino son capaces de latir tan fuerte cuando la parca llama a la puerta como el cartero.

De blanco y oro, y otra vez Valencia. De blanco, y otra vez hecho trizas. Pero de blanco y otra vez hecho un héroe quizá con la suerte del dios griego protegido contra fuerzas malignas. En mi pueblo los llaman milagros. Podemos decir, que junto a Zeus, Apolo es el dios más venerado por los aficionados y el más temido entre los profesionales, porque si el toro no vale su espartana actitud conquista y si el toro embiste, Ureña, como el griego, es capaz de sacar la mayor belleza, la mayor armonía y perfección torera, y hacerte quedar como una insignificante mota de polvo en la luna de un coche.

Sorprende, que por Híspalis, un empresario haya privado a la afición que paga para entrar en su coliseo de ver la magnitud de Febo. Y sus declaraciones hayan quedado como el que sale de la taberna con Baco tocándole la lira.

Hades también actuó ayer en Valencia. Su mano izquierda no merece estar en los infiernos. Yo quiero que siga siendo Cronos, y que nos siga haciendo parar el tiempo. Aunque para llegar a eso hay que cambiar de actitud. Y la de Talavante ayer no fue la más correcta.

Fran Pérez @frantrapiotorosZ.BAND_.-MURCIA3