EL NAUFRAGIO DEL TRASATLÁNTICO SIRIO Y LA GENEROSIDAD DEL MUNDO TAURINO por @julianhibanez

Cinco de septiembre de 1906. Cartagena celebra una corrida de toros en feria. Ganado de Camara para los matadores, Manuel Bienvenida (Papa Negro), Lagartijo y Machaquito.

 

 

El día antes, en la costa de Cartagena, ocurrió un hecho trágico. Un navío repleto de personas con rumbo al Nuevo Mundo naufragó muy cerca de Cabo Palos. La ciudad pasa del estupor e incredulidad, al trabajo y tesón por ayudar a los centenares de personas que llegan como pueden a sus playas.

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Mientras, en la plaza,  a raíz de este suceso del naufragio del Sirio, salió al ruedo una comisión, a los acordes de la Marcha Real, con un cartelón que decía:

Cartageneros: Una limosna para los náufragos.

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Esta comisión fue recibida con una ovación general. Hermoso espectáculo el que presentaba el ruedo! El público arrojando dinero sin cesar; los toreros, la comisión, los guardias, dependencias de la plaza etc., recogían los donativos que con tanto entusiasmo arrojaba el público al ruedo.

Al terminar la corrida de toros (el resultado artístico fue lo de menos y lo obviaré), el público arrojo de los tendidos la no desdeñable cantidad de 1.845 pesetas, la empresa donó a la causa 300 pesetas, Lagartijo y Machaquito ofrecieron 125 pesetas cada uno y Bienvenida el importe total de lo que iba a cobrar por esta de corrida, nada menos que 5.000 ptas de la época.  Al apercibirse el público de este rasgo de generosidad de Bienvenida, entusiasmado le brindó ovaciones y vivas a su nombre. Este tuvo que dar la vuelta al ruedo dando las gracias al público.

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Repasemos ahora este hecho trágico del naufragio del vapor italiano Sirio, así como valiosos testimonios de algunos de los supervivientes, sacados de la prensa de esos días.

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Eran los primeros años del siglo XX, y millones de personas abandonaban una Europa que, sin saberlo, se abocaba a la I Gerra Mundial. Italia, Grecia, España y Portugal eran entonces países emisores de centenares de miles de emigrantes que huían  de la pobreza y del hambre y empeñaban sus bienes por un pasaje de ida para buscar, al otro lado del mar, el sueño de una vida mejor.  Algunos jamás llegaron a su destino.

Habían pasado unos minutos de las cuatro de la tarde, en aquel soleado sábado de agosto, cuando el Sirio navegaba a unos 15 nudos de velocidad en un mar en calma y con viento suave. El capitán Piccone estaba en su cámara, descansando después de haber tomado “las debidas precauciones para seguir ruta para pasar a unas tres millas de distancia de la costa”, según declaró él mismo al periódico Il Secolo de Milán. El Oficial de Guardia, Cayetano Tarantino, esperaba impaciente la llegada del capitán Piccone al puente, ya que en breve doblarían el cabo de Palos. Tarantino vio las islas Hormigas a proa, ligeramente por estribor y a algo menos de una milla, indicándole al capitán que navegaban demasiado cerca de la costa, aunque este no atendió a la advertencia.

No fue el único que vio el peligro. El capitán del María Luisa, un vapor de carga que había zarpado de Cartagena y se dirigía a Alicante, manifestaría posteriormente su extrañeza ante la visión del enorme buque navegando a gran velocidad y tan próximo a la costa en un lugar tan peligroso. Otro testigo, el político murciano Juan de la Cierva, declaró al diario El Liberal que vio desde la terraza de su casa “el rápido avance del hermoso buque”, extrañándole que “ un barco de tanto porte se arriesgara a pasar cerca del faro de las Hormigas”. Un experimentado marino que navegaba por la zona, Vicente Buigues, patrón del Joven Miguel, también manifestó posteriormente que observó al trasatlántico navegar con un rumbo extraño.

El Sirio surcaba la alisada superficie del mar, cuando de repente un golpe seco y fuerte rompió la tranquilidad que se vivía a bordo, al tiempo que se elevaba la proa hasta tal punto que quedó casi por completo fuera del agua. Siguió un concierto de ensordecedores chirridos producidos por el roce con el pedregoso bajo, retorciéndose las planchas del casco del buque hasta quebrarse y romperse.

Los pasajeros cayeron al suelo por el choque y el agua comenzó a entrar en tromba en la sala de máquinas y cuartos de calderas, acabando con la vida de los que allí se encontraban. El Sirio quedó inmóvil sobre la rocosa superficie en precario equilibrio, mientras crujía toda la estructura del buque.

Bajo el estruendo de la sirena del buque el pánico comenzó a apoderarse de los viajeros, en su mayor parte familias de campesinos con mujeres y niños, para los que el mar era un medio totalmente ajeno.

Desde el interior del Sirio empezaron a brotar chorros de vapor de agua por varias grietas aparecidas en las cubiertas de popa. Entonces estallaron las calderas, destrozando las cubiertas de pasaje y sembrando la muerte entre los pasajeros.

Con la proa elevada sobre la superficie, tambaleándose sobre la cima del bajo, la popa comenzó a hundirse. En pocos minutos tan sólo un tercio de la nave -el puente, las dos chimeneas y la cubierta de proa- sobresalía del agua, con una acusada escora a estribor.

Entonces comenzó la lucha por la supervivencia. Los botes salvavidas de estribor estaban sumergidos y los situados a babor colgaban de sus pescantes hacia el interior del barco, por lo que difícilmente se pudo arriar alguno. Tampoco había suficientes chalecos salvavidas, produciéndose terribles escenas por hacerse con uno. Muchos pasajeros de la cubierta de popa quedaron atrapados bajo los toldos que les protegía del sol, en una especie de red que les arrastró bajo el agua. Además, todo indica que la tripulación abandonó apresuradamente la nave, por lo que no fue posible organizar el salvamento.

Los testimonios de supervivientes son sobrecogedores, como el que hace Martín Haitze, un joven argentino estudiante de Derecho y ex-alumno de la Academia de Ingenieros Militares de Guadalajara, que viajaba de regreso a su país:
“Iba en mi camarote de primera clase escribiendo una carta, cuando una fuerte sacudida me tiró al suelo y un griterío inmenso me hizo conocer que alguna terrible desgracia había ocurrido. // Pronto supe que habíamos chocado contra unas rocas submarinas. // Dolorido del golpe que al caer había recibido, subí sobre cubierta, y el cuadro aterrador que se presentó a mi vista permanecerá en mi memoria por muchos años que viva. // El buque se sumergía de popa rápidamente; los pasajeros corrían como locos, dando gritos de terrible angustia, llorando unos, maldiciendo otros y todos llenos de terror. // Esto fue causa de que se cometieran escenas de verdadero salvajismo. Peleábanse entre sí, hombres y mujeres, por los salvavidas; pero, cómo: a patadas, a puñetazos limpios, con uñas y con dientes. Hasta vi algunos esgrimiendo cuchillos… // Un hombre alto y fornido sostenía feroz lucha con una joven de rara hermosura, casi una niña, a la cual quitó el salvavidas, y con él logró salvarse. // A bordo del buque […] iban varios frailes carmelitas y dos obispos. Uno de éstos, bendecía con mística unción a un numeroso grupo de personas, entre las que había muchas mujeres y dos religiosos, los cuales hincados de rodillas, impetraban la protección del Altísimo. // Así estuvieron hasta que el agua inundó aquel sitio que era la popa. // Al ocurrir esto, creí llegado mi último momento; pues ni sé nadar ni veía manera posible de salvarme. Ya había perdido toda esperanza, cuando observé que el mencionado obispo que lo era de San Pablo del Brasil, Monseñor José de Camargo, después de bendecir a una hermosa viajera, que se presentó en cubierta casi desnuda, se arrojaba al mar descendiendo por una cuerda, y que un salvavidas que llevaba se le caía al agua. Me arrojé sobre él y así me sostuve hasta que vino a recogerme una lancha de pescadores. // Por mi acción, aun comprendiendo que no tiene nada de vituperable, siento remordimientos, por más que trato de acallarlos, haciéndome el razonamiento de que el señor obispo ya tenía cumplida su misión, mientras que yo soy joven y…”.

Presos de la confusión y el pánico, algunos pasajeros corrían enloquecidos por el buque, mientras que muchos de los que se encontraban en cubierta quedaron atrapados por los toldos que les protegían del sol. Brigida Morelli, pasajera italiana que realizaba su viaje de novios, dijo que “sobre la cubierta del buque vio a un viajero sacar tranquilamente un revólver y dispararse un tiro en la sien”.
Por su parte, un pasajero italiano llamado Augusto Fioretti nos dejó este dramático testimonio:
“Yo había cogido uno de los salvavidas del puente para utilizarlo, pero dueño ya de él, llegó un hombre robusto decidido a quitármelo, a mi resistencia contestó dándome un puñetazo en la cabeza y se lo llevó. // La confusión que se produjo era espantosa: miles de voces en distintos idiomas, pedían socorro; hombres, mujeres y niños lloraban; hacían esfuerzos sobrehumanos por alcanzar la salvación, de la que desconfiaban; algunos se agarraron a las cuerdas de un bote de a bordo, lo echaron al agua, se precipitaron tantos sobre él que el bote se rompió y se hundió. Yo pensé en avanzar hacia la proa, alejándome del sitio en cuestión, el barco iba asentándose mejor de popa y empinándose más, yo arrastrándome por sobre las lomas de las toldillas, cogiéndome cuanto pude llegué a la proa. // Muchas personas, niños especialmente, me pedían que los socorriera. Me era imposible: yo no sé nadar y no tenía más remedio que esperar mi muerte en lo alto del buque hasta que se hundiera o salvarme con auxilio ajeno, como al cabo ocurrió. // En esta ascensión mía y en el movimiento instintivo de la gente que hacía lo mismo, sonó una voz de esperanza que dijo: el barco ya no se hunde, está como ha de quedarse.”

Los náufragos llegaron a la playa de Cabo de Palos completamente desnudos y en un estado de abatimiento y postración que producía una impresión dolorosa. Apenas ponían el pie en tierra ya los veraneantes se los disputaban, alojándolos en sus propias casas y repartiéndoles ropas y víveres. Entre las muchísimas personas que se distinguieron en esta obra caritativa figuran el insigne murciano Excmo. Sr. D. Juan de la Cierva.

La tragedia del Sirio costó la vida a centenares de personas. Las cifras de víctimas mortales varían según las fuentes. La alcaldía de Cartagena contabilizó la muerte de 242 pasajeros de los 812 totales y el Ministerio de Marina habló de 283 muertos de los 920 pasajeros del trasatlántico.

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@julianhibanez