Antonio Reverte

diego reinaldos opinionHace 125 años, un 29 de junio de 1892, se abrían por primera vez las puertas del coso de Sutullena de Lorca para ver trenzar el paseíllo a un torero sevillano pero de ascendencia lorquina, Antonio Reverte, junto al que el escritor Mariano de Cavia bautizara como primer califa cordobés del toreo, Rafael Molina “Lagartijo”, ya en retirada. Esa tarde, el matador sevillano lidió el toro que abrió la función inaugural, del Duque de Veragua, por cesión de Lagartijo a pesar de contar con menos años de alternativa que él, dados los vínculos que lo unían con la ciudad del Sol.

1896-06-15 La Lidia Antonio Reverte Jimenez_thumb[2]En efecto, su padre, Diego Reverte Navarro, lorquino de nacimiento, se había desplazado a Alcalá del Río para trabajar como jornalero, conociendo a María Pastora Jiménez González, unión de la que nacieron Diego, Manuel, Aurora Pastora y el propio Antonio.

Había nacido Antonio Prudencio de la Santísima Trinidad Reverte Jiménez el 28 de abril de 1868 en Alcalá del Río (Sevilla), siendo bautizado al día siguiente en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de la localidad.

Sus primeras andanzas taurinas se produjeron con el ganado de la misma finca donde se crió y de fincas cercanas, donde pastaban animales de Concha y Sierra o Benjumea. Su primera temporada como novillero fue la de 1889 y en 1890 se presentó en Sevilla, acompañado por Jarana y Gorete y con astados de Benjumea, ante los que puso en práctica su famoso recorte capote al brazo que tanta fama le daría y se mostró ducho en el arte de estoquear. Al año siguiente, el 26 de julio de 1891, hizo lo propio en Madrid, alternando con Lesaca y Litri y, espoleado por sus éxitos, decidió tomar la alternativa ese mismo año. Prevista en un principio para el 8 de septiembre, dos puntazos y dos cornadas recibidos en Palencia le impidieron comparecer, habiendo de retrasarla para el 16 de septiembre, cuando, aún convaleciente y desoyendo las prescripciones facultativas, veía como Rafael Guerra “Guerrita” le cedía la lidia y muerte del toro Toledano, de Saltillo, en el viejo coso de la carretera de Aragón de la capital de España.

1892-11-21 La Lidia Antonio reverte Jimenez 001_thumb[2]Ponía fin así a una exitosa e intensa carrera de novillero en la que compitió varias tardes con el también sevillano Bonarillo e iniciaba una carrera como matador poco pródiga en actuaciones y triunfos de resonancia pero muy “mediática”, dada su facilidad para conectar fácilmente con el público, especialmente el femenino, ya que su buen plante y porte, su gallardía y su fama de galán le convirtieron en objeto de deseo de las féminas, que lo transformaron en un torero de leyenda, al pasar a formar parte su vida de cantes y coplas muy populares en la Sevilla de finales del siglo XIX. Algunas hacían referencia a su coraje y cierta torpeza a la hora de ejecutar la suerte suprema, por lo que las mujeres le gritaban desde el tendido: “¡No te tires Reverte…! ¡Vente conmigo…!” Otras fueron llevadas a los escenarios posteriormente por grandes intérpretes, como Concha Piquer o Juanito Valderrama, si bien se discute su atribución originaria al torero alcalaíno. Es el caso de la que dice:

“La novia de Reverte

tiene un pañuelo

con cuatro picadores

Reverte en medio”

Lo cierto es que la carrera de Antonio se diluyó entre una gran cantidad de cornadas que le restaron muchos compromisos, heridas muchas veces producidas durante sus recortes con el capote, a la hora de entrar a matar o en sus típicos desplantes rodilla en tierra o de espaldas tras la ejecución de la suerte suprema. Precisamente así le sobrevino la cornada más grave de su trayectoria, producida en la localidad francesa de Bayona el 3 de septiembre de 1899, y que supondría un antes y un después en su vida torera. Alternaba el diestro esa tarde con su padrino de alternativa, Guerrita, en la lidia de toros de Ibarra. La cornada se produjo en el segundo de la tarde, de nombre Grillito, cuando Reverte, tras recetarle al cornúpeta una estocada tendida, se arrodilló ante él durante excesivo tiempo, reponiendo el animal y haciendo por él al intentar levantarse, enganchándolo por la corva de la pierna izquierda con tan mala fortuna que le infirió una grave herida que a punto estuvo de costarle la amputación y que le mantuvo en el dique seco lo que restaba de temporada y durante toda la campaña de 1900.

En 1901 decidió volver a los ruedos, pero su recuperación no fue completa y era evidente que andaba mermado de facultades físicas, por lo que sus actuaciones se fueron reduciendo, y ello pese a sus intentos en vano de demostrar que seguía siendo el mismo con gestas como la de anunciarse seis tardes en Madrid en la temporada de 1902.

Reverte después de un quite 001_thumb[2]No obstante, sin suerte y falto de fuerzas, aquejado de antiguas dolencias y tras habérsele diagnosticado un tumor en el hígado en julio de 1903, se le recomendó la retirada, pero siguió toreando en Portugal y en Marsella, donde haría a la postre su último paseíllo el 6 de septiembre de ese año, acompañado por Morenito de Algeciras y Revertito con toros de Benjumea. A su regreso a Madrid, no tuvo más remedio que ingresar en el Sanatorio de Nuestra Señora del Rosario, donde se le practicó una intervención para extraerle el quiste del hígado, a consecuencia de la cual falleció el día 13 de septiembre, siendo embalsamado su cadáver y trasladado a su localidad natal, donde recibió sepultura.

Nuestra tierra tuvo la suerte de contar varias veces con su presencia, tanto en la plaza de la capital como en las de Cartagena o Lorca. De su actuación en la inauguración de esta última sabemos poco, pues la prensa es poco prolija en dar detalles, cuando no son dispares, pues El Diario de Murcia se limita simplemente a señalar que tanto Reverte como Lagartijo estuvieron bien ante cuatro veraguas buenos y dos regulares que mataron a dieciocho caballos la tarde en la que el subalterno Antolín fue cogido y volteado sin consecuencias ante una buena entrada, mientras que La Paz de Murcia elevaba a “superiores” la categoría de las actuaciones de los diestros y calificaba a los astados como “dos buenos, dos regulares y dos bueyes”. Sí sabemos más en cambio de las relaciones que tejió el torero en Lorca, pues tanto él como su cuadrilla recibieron regalos de importantes personalidades de la ciudad, tal es el caso de don Rafael Fernández Soria, que lo agasajó con una serenata a cargo de la banda del Paso Blanco, una petaca de plata con relieves de oro y una fosforera de lo mismo, correspondiéndole Reverte con una fotografía dedicada. O el  del opulento banquero don Raimundo Ruano, quien le regaló un reloj con su colgante y alfiler de oro y un obsequio en metálico. Parece que el cariño recibido por el torero en la ciudad fue abrumador, con una despedida multitudinaria en la estación, muestra sin duda de ese carisma con que contaba el que pudiera tenerse como el primer torero lorquino digno de pasar a la historia del toreo.

Por Diego Antonio Reinaldos 

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