Opinión: “EL DUEÑO DE LA PELOTA” por José Luis Valdés

Como no hay toros en Murcia, hoy les hablaré de fútbol, señorías. Hubo un tiempo no muy lejano en que la huerta llegaba a besar la mismísima tapia de la plaza de la Condomina, pero el crecimiento de la ciudad la fue arrinconando haciéndola retroceder inexorablemente. Cuando el edificio de Tráfico era aún una árida explanada de tierra donde ya no quedaba ni un humilde limonero y las polvorientas calles todavía estaban sin asfaltar, los asilvestrados zagales del barrio aprovechábamos para jugar allí al fútbol con la interrupción esporádica y traqueteante de algún Gordini o un Seat 600 despistado.

 Todas las tardes esperábamos impacientes la llegada de Joaquín. Le llamábamos el Saqui porque jugaba de portero y sus saques de puerta eran una interminable ceremonia previa de posturitas y contoneos tal que pareciera estar posando para la portada del Marca. Para que ustedes me entiendan: era como un adelantado Javier Conde pero en versión guardameta. No tenía las virtudes de un líder ni destacaba del resto por ninguna cualidad especial, pero era el dueño de la pelota y eso, señoras y señores, era un argumento irrefutable. “La pelota es suya –proclamaban sus palmeros- y hace con ella lo que quiere”.

 Así, el partido no empezaba hasta que llegaba el pinturero Joaquinito y concluía cuando él se marchaba, algo que no sucedía por imperativo legal hasta que su equipo fuera ganando. Él distribuía los equipos procurando rodearse de los mejores jugadores y, como no había árbitro, pitaba los penaltis a su capricho y anulaba los goles del contrario cuando le salía del gladiolo. Unos pocos nos rebelábamos, otros siempre le daban la razón interesadamente y la mayoría continuaba jugando con indiferencia.

 Cuando alguna tarde la explanada estaba ocupada por una pandilla invasora que se nos había anticipado, los levantiscos rebeldes éramos quienes nos encargábamos de despejar el terreno con la eficaz artillería que suponen unas certeras pedradas, mientras los indiferentes aguardaban cómodamente a la sombra a que acabase la refriega y se aclarase el panorama.

 Un día Joaquín no vino. No era uno de sus acostumbrados retrasos. Simplemente no apareció y tuvimos que improvisar otro juego. Afortunadamente la imaginación a esas edades proporciona un surtido repertorio, pero sus ausencias empezaron a repetirse demasiado y ya se convirtieron en algo peligrosamente habitual. Alguien dijo que no era su culpa, que el pobre Joaquín estaba enfermo; otros, que su madre le había castigado por las malas notas… A nosotros nos daba igual la causa; solo sabíamos que sin pelota no se podía jugar.

 Entonces sus aduladores se quedaron huérfanos y los indiferentes fueron los primeros en desertar de nuestra cita diaria –a falta de otra cosa mejor, algunos insensatos se echaron novia complicándose la vida prematuramente- y, como ya no había ningún motivo salvo el aburrimiento para liarse a pedradas, la pandilla enemiga se adueñó de la codiciada explanada por nuestra incomparecencia, igual que las malas hierbas se apoderan de un triste jardín abandonado.

 Al cabo de los meses Joaquín reapareció sonriente una tarde con su preciada pelota bajo el brazo. Pero ya no éramos suficientes para echar un partido y  tampoco nos apetecía. Una vez más se cumplió la vieja maldición para los que descuidan su asiento por irse a Sevilla y sus confines. Además de que habíamos perdido la ilusión después de tanto tiempo, los pocos que quedábamos nos dedicábamos a ajustar viejas cuentas jugando al churro-mediamanga-mangotero con los supervivientes de la otra pandilla, también menguada y que ya no eran tan enemigos, sobre todo desde la intervención disuasoria de varios padres, alarmados con razón ante la considerable mejora de la puntería en ambos bandos (por la práctica) y tras la incautación de algunos potentes tirachinas.

 Ese día el Saqui se dio media vuelta y se volvió a su casa con la amarga certeza de que ya no volvería a jugar de portero. Sus días de gloria futbolística habían concluido antes siquiera de que el Marca reparase en su insignificante existencia.

 Lamentablemente, este septiembre tampoco se abre la puerta de toriles en Murcia por segundo año consecutivo ante una creciente y preocupante indiferencia general, salvo honrosas y muy loables excepciones. La empresa y la administración se responsabilizan mutuamente de no haber encontrado la solución, que aquí cuando se trata de repartir culpas todos nos volvemos muy generosos, pero en este caso el fracaso es colectivo.

 Porque dos años ya es demasiado tiempo. Así, a este paso y como nos sucedió con Joaquín y su pelota, el año que viene veremos cuántos vamos quedando. Bueno, algunos al menos tendrán los conciertos para consolarse…

Por José Luis Valdés