EL PREGÓN IMPREGONABLE DE LA FERIA TAURINA DEL ARROZ por Marcial García

(Realmente el pregón de verdad debió pregonarse el viernes

o el sábado pasado. Pero, como estamos en un tiempo que

hoy no es hoy, ni ayer, pasado mañana, en un ejercicio

de “soleá”, ésa que habla de duquelas grandes,

decírselas al aire pa que se las lleve el viento,

aquí os lo traigo, dedicado al amigo que me lo sugirió)

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            Señoras y señores; distinguidas autoridades; entregados taurinos, sean bienvenidos a este hueco siniestro, vacío de sones de gloria, que por unos o por otros, debería ocupar la “Feria Taurina del Arroz-2021”.

            Es una pena, una gran pena, tirar al sumidero el logro de tantos y buenos años como se han empeñado por todos para conseguir hacer de nuestro pueblo una referencia internacional de novilladas, con seriedad, con variedad y con expectación.

            Como todos sabemos, el ciclo nació hace años con el empeño decidido de personas e instituciones, que ahora parecen irreconciliablemente enfrentados. Sin embargo, en esos ya lejanos días no hubo desencuentros. Había una ilusión muy grande de aportar cada uno su grano de arena, en una suma de ilusiones, que fue creciendo y creciendo, sin que nadie reclamara laureles, sino que cada uno era portavoz en su ambiente más propicio para ser pregonero (como yo intento serlo ahora) de la cooperación, la ilusión y el compromiso.

            De esta forma el número de festejos fue creciendo, el ganado se fue seleccionando, la seriedad se fue imponiendo y los “taurinos” -sí, entre comillas- se dieron cuenta que éste no era territorio propicio para sus tropelías. Algunos de ellos intentaron boicotear, con saña, con amaños, con intentos de compra, con aviesas intenciones de acapararla… Toda la maldad de algunos indeseables, por otra parte muy conocidos, se veía revolotear en círculo, como aves carroñeras, dispuestos a acabar -costase lo que costase- con algo que dejaba al descubierto sus malas artes. Y era así, porque esto era otra cosa.

            Los agoreros profetizaban fracasos, pero la feria crecía.

            El no apoyo de los que tantas veces se han declarado salvadores y amparadores del mundo del toro, no solo no fue obstáculo, sino que surtió de acicate para demostrar a sus ideas falsarias, que cuando una afición se une, no hay “taurino” que la engañe.

            Y siguió creciendo.

            Y las autoridades locales, como no podía ser de otra manera, apoyaron, auparon y proyectaron al exterior una forma nueva de hacer las cosas. Y se rescataron los centenarios encierros, algo que se demostró no ser caprichito de ningún alcalde, sino visión atinada para consolidar eventos, para atraer visitantes -y con ellos, dineros- y para recuperar raíces. Se creó y pagó un trofeo; se amparó y promovió a las asociaciones taurinas, revitalizando otra forma más de participación popular; se invitó a personajes, a medios de difusión… Y todo iba viento en popa.

            La semana de feria era un hervidero de personas y actividades; el nombre de Calasparra se expandía al ritmo de sus bondades y los buenos aficionados afluían de los cuatro costados de la rosa de los vientos.

            Y ya nadie imaginaba una feria y fiestas mayores sin el toro que las había hecho revivir, cual ave fénix, de sus cenizas y su vulgaridad…

            Pero llegó un mal día un mal viento, y los cimientos crujieron y los tinglados tambalearon, amenazando caer a tierra y llevarse todo al garete.

            Las cosas empezaron a malearse: que si sí, que si no. Que ése sí, que ése no, que si son galgos, que si son podencos…

            Y, como en la fábula de Iriarte, entre las vanas discusiones llegaron los perros…

            Y por si los perros no fueran suficientes para el vendaval que se aproximaba, llegó la pandemia y todo se paró.

            Algunos, ilusos nosotros, creíamos que este parón forzado serviría para acercar posturas, para fijar objetivos, para aclarar malentendidos, para sumar otra vez en lugar de restar… Pero, vano intento. Nada vale. Lo que hoy afirmo, mañana desmiento…

            Y en este triste lodazal, la mierda nos salpica a todos. Las ilusiones se pierden. Las inquinas aumentan. El desencuentro enfrenta a quienes teníamos que ser piña y se va por un sumidero de pena lo que tanto ha costado crear. Y algo que muere, por muerte lenta y aviesa, es muy difícil, casi imposible resucitar…

            Hoy teníamos que estar toreando por las calles, tras el triunfo de un artista valiente ante unos novillos encastados y dignos; las tertulias tenían que estar echando fuego; las terrazas y las peñas, a reventar, los dineros y las ilusiones fluyendo, como el buen vino en la concordia…

            Pero no. Nada de eso. Miren ustedes la calle. Mirémonos todos cara a cara. No nos lancemos más improperios ni intolerancias. Repitamos el mantra de la concordia. Una vez. Otra vez… y otra, y otra… ¿No se dan cuenta que estamos matando algo hermoso, buenos y esencial para tantas cosas favorables de una fiesta y un pueblo que decimos AMAR?

            Es posible que si no recapacitamos pronto, ya sea demasiado tarde. Ya no habrá tiempo ni lugar a lágrimas y flores, quedando insepulta la intolerancia en un ambiente nauseabundo de muerte y putrefacción.

            ¡No demos lugar, por favor!

            ¡Viva la Feria Taurina del Arroz!

Por Marcial García García