“DECEPCIÓN” por Marcial García

“Todos los hombres pueden caer en el error,

pero solo los necios perseveran en él.”

M. T. Cicerón

                A estas alturas de mi hilo vital debiera o debiese estar curado de todos los espantos, pero no lo consigo. Me es difícil entender posiciones de despecho o maldad gratuita y me siguen afectando más de lo necesario.

                Digo esto a raíz de la no respuesta -por su inasistencia y otras cosas- de la supuesta afición taurina moratallera al festejo celebrado la tarde del pasado 10 de julio en esta localidad. Y voy a intentar hacer un somero análisis sobre ello.

                Cuando en 1854, un grupo de aficionados -los hermanos Aldrete- pensaron que sería bueno, como símbolo de modernidad, que Moratalla, además de la corrida a la antigua, podía integrarse en la moderna, se lanzaron a la aventura de construir una plaza de toros. Para ello eligieron los ejidos del hospital de San Camilo, con la intención de celebrar también algunos festejos en beneficio de tan altruista institución. Según las crónicas, su falta de experiencia y su confianza en algunos “expertos”, les llevaron al más absoluto fracaso.

                Veinte años más tarde, reformada y ampliada la plaza, otro grupo de la burguesía ilustrada lo intentó de nuevo, y de nuevo se fue al fracaso. Confianza en quien no la merecía, programación para fechas inapropiada y alifafes varios, de ello derivados, volvieron a abocar al fracaso más absoluto.

                A comienzos del XX, con nuevos impulsos, se reinicia la aventura por otro grupo de aficionados, remodelando plaza, optando por comenzar con festejos de aficionados locales (como hacía la vecina Calasparra) y apostar por el toreo-espectáculo, que en este tiempo lo constituían las “Señoritas Toreras” de Armengol, las “jesulinas” de la época. Tampoco llegó a más el intento, porque a la inexperiencia se unió la animadversión política entre liberales y conservadores, tomando el tema de construcción irregular de la plaza como proyectil bélico.

                Habría de esperar a los años cincuenta para encontrar nuevos intentos, que no pasaron de eso, con tintes berlanguianos, que algún día espero contar e ilustrar…

                Y llegamos a 1999, con ese serio inicio, exitoso a todas vistas, con ganado de garantía, cartel variado, donde primaba el arte de Pepín Jiménez, pero se hacían concesiones a lo popular y supuesto tirón del papel.

                Al año siguiente, ya bajó algo, por movimientos internos en la organización y asaltos oportunistas de “taurinos”, cayendo en picado en años posteriores por causas que, por ahora, me abstengo de analizar.

                Y llegamos a este acaso que ha hecho que escriba estas líneas amargas. Mis aplausos a la empresa, que ha apostado por el festejo. Los mismos que sumo a la afición calasparreña, que ha arropado a su torero, en unos tiempos en que tampoco corren buenos vientos para la fiesta en la villa arrocera. Así mismo, a los aficionados locales y forasteros, que también han acudido ilusionados a los tendidos. Y también a los toreros, que, cada uno en su estilo, han cumplido con el compromiso adquirido.

                Mal camino, queridos paisanos. Empezamos a quemar el pajar ajeno sin sopesar que las llamas pasarán al nuestro y, después, a toda la manzana. Una vez más, las pequeñas miserias se van a cobrar su precio y, lo que es más penoso, lo va a pagar el prestigio del pueblo y la fiesta en sí. Pero ustedes, que son muy avispados, sabrán por qué lo hacen.

                Sé que todo esto que lamento lo intentarán volver arma arrojadiza contra mí. Pero uno ya está en aquella edad que mira de frente y dice sus verdades, sin miedo y sin acritud.

                Decepcionado y, en cierta forma, dolorido. Así me siento y así lo digo.

                Cuando empezó el antitaurinismo organizado y pagado, siempre dije que ellos no eran los enemigos. Que los que cavarían la tumba de la fiesta serían los que a sí mismo se califican de “taurinos” y “entendidos”.

                ¡Que san Pedro Regalado nos proteja!

Por Marcial García