LOS NATURALES DE UREÑA ENTRE LO MÁS DESTACADO DE LA RECIÉN FINALIZADA FERIA DE SAN ISIDRO DE VISTALEGRE

Pese a no contar con el respaldo de buena parte de la afición, en su mayoría indignada por el misterioso cierre de la plaza de toros de Las Ventas de Madrid y por el elevadísimo precio de las entradas del experimento carabanchelero; el sucedáneo de feria de San Isidro que se ha celebrado en el Palacio Vistalegre ha sido interesante a la par que emocionante.

Una de las asignaturas más cuestionadas al principio, la de la presentación del ganado, se ha resuelto con nota. Salvo en contadas ocasiones, los encierros han lucido una extraordinaria presencia y han propiciado, con las lógicas dificultades, que los toreros saquen lo mejor de sí. Aunque también los ha habido que han sacado lo peor, pero la fiesta de los toros es así, no es una ciencia exacta.

Hay dos notas graves que se han producido en el desarrollo de los festejos, una de ellas los gravísimos percances del novillero Manuel Perera y del banderillero Juan José Domínguez, que hicieron que se temiera por sus vidas. También dejó sabor amargo el percance que sufrió el sevillano Pablo Aguado. Afortunadamente, en la enfermería estaba uno de los triunfadores de la primera feria importante de la época pospandemia, el doctor D. Enrique Crespo.

La otra nota grave, afectada al corazón de los aficionados a los toros que cada día vemos como una de las suertes más bonitas de la lidia, la suerte de varas, se está convirtiendo en un mero trámite abocado a su desaparición. Sin esta suerte la tauromaquia pierde su sentido, su razón de ser. Es como un café sin azúcar, como la Giralda sin el giraldillo, como el Rocío sin romería y sin salto de la reja.

O los profesionales empiezan a darle la importancia que merece la suerte o en poco tiempo, solo hará falta un figurante contratado por la empresa montado en un percherón.

En lo alto de la feria, además del galeno, está la fuerza arrolladora en la plaza y en la taquilla de Andrés Roca Rey, el capote cadencioso y templado de Pablo Aguado cuyas verónicas son hermanas de las pilas del conejo de Duracell que duran, duran y duran; la torería sevillana añeja de Juan Ortega, el toreo anti prêt-à-porter de Diego Urdiales, el momento de Daniel Luque y Ginés Marín, los “eggs” de Román, los colmillos sin caries de “El Juli”, el inminente ascenso de Tomás Rufo, la cal y la arena de Morante y también, no se nos olvidaba, la manera extraordinaria de torear al natural de Paco Ureña.

El pasado jueves los pocos espectadores que asistieron a la plaza y los que tuvieron la suerte de verlo por televisión se reencontraron con la mejor versión del de Lorca. Ureña atornilló las zapatillas en el albero, resolvió las dificultades de un encastado lote de toros de La Casa Matilla y desempolvó las muñecas que hicieron soñar a los aficionados en Madrid y en Bilbao unos meses antes de que estallara la crisis del coronavirus.

Y mientras el sueño se producía, lejos de si el presidente debió otorgarle las dos orejas del segundo toro de esa tarde, las bocas críticas con él, esas que decían que no estaba o que le reprocharon estar por debajo del lote de Alcurrucén de la primera tarde que toreó en la feria, se cerraban al compás de la rumba de Peret: “El muerto vivo”.

Resulta que el murciano tiene mucha “Parranda” que dar en las plazas de toros.

@elmuletazo

Fotos: Luis Sánchez Olmedo – Cultoro

Vídeo: Toros