El miedo sucumbe en Jaén

R. W. Emerson, filósofo estadounidense de principios del siglo XIX, llegó a afirmar que «el miedo es el elemento que más batallas ha ganado al ser humano a lo largo de la historia». En tiempos de zozobra y de relativismo moral como el que vivimos, me aventuraría a apuntar que esta tesis no pierde ni un ápice de contemporaneidad.

El miedo. Ese elemento tan afín al toreo y que nadie como Paco Rabal, encarnando a Juncal en la mítica serie de televisión que cautivó a la España de los años 80, supo sintetizar. Temor, recelo, rescoldo, aprehensión, cuidado, sospecha, desconfianza, cerote, medrana, pánico, cangui, canguelo, julepe, jindama, pavor, mieditis, espanto, terror, susto, horror y repullo.

El miedo, la vida y la muerte. Esos elementos que debemos de apuntalar como baluartes contra la propagación del antitaurinismo militante. Dos elementos tan humanos, y en ocasiones tabú, para plantar batalla a la ‘cultura de la cancelación’, una de las estupideces más peligrosas y totalitarias de los últimos tiempos.

Emerson —imagino— no reparó en esos tipos que, a medio mundo de allí y espoleados como héroes, se jugaban el físico enfrentándose a animales de fuerzas mitológicas en luchas y juegos desde hacía ya algunos siglos. “El miedo es el elemento que más batallas ha ganado al ser humano a lo largo de la historia, menos si eres torero”. Quizá esa sería la puntualización si el pensador hubiera sido mecido en su niñez a orillas del Guadalquivir. O del Manzanares. O del Segura, oiga.

De miedos podría haber hablado precisamente Rafael Rubio ‘Rafaelillo’ esta mañana durante la presentación del festejo que le devolverá a su hábitat natural: el de los ruedos. Del miedo a perderlo todo. Del miedo al silencio. Del miedo a dejar de ser.

Su estoicismo, la lucha interna entre su ‘yo torero’ y su terrena humanidad, es la que ha conseguido que ‘Rafaelillo’ vuelva a querer jugárselo todo. Vuelva a no querer escuchar más que el eco de los ‘olés’. Vuelva a querer ser lo que fue antes de aquel funesto día en el coso pamplonica. “Muchos días y muchas noches pensé que no volvería torear nunca más”, ha llegado a afirmar el espada murciano durante su comparecencia. “En todo este tiempo he sufrido mucho. La recuperación, la pandemia, el tiempo. Ha sido muy duro. Veía que nunca más podría vestirme de luces y esa sensación deja muy tocado al ser humano. Gracias a Dios, aquí estoy. El torero, su ímpetu y su voluntad ha arrastrado al ser humano y lo ha vuelto a colmar de positividad y de ambición”.

No podemos olvidar este relato de desasosiego, pero al mismo tiempo de superación. Una conquista encarnada en cada una de las cicatrices que enhebran su alma hercúlea de torero a su cuerpo atenuado por la humana debilidad. Él es ahora estandarte de la verdad que atesora la tauromaquia como arte y filosofía de vida.Es seguro que con más o menos triunfos, con más o menos puertas grandes y pese a la negación de algunas grandes plazas a albergar su voluntad guerrera como torero icónico, el murciano sabrá seguir escribiendo con puño firme la historia de una de las carreras taurinas más elocuentes de los últimos años.