“MARCANDO RUMBO” por Marcial García

Me gusta manejar el símil náutico para hablar de un empeño vital, con sus calmas y momentos procelosos. Es un viejo tópico, nada original por mi parte, pero que encierra un código secreto que comparto con él, rememorando, rumiando y recitando un hermoso poema que encripta su mensaje oculto.

            El camino ha de ser largo, según el poeta, pero lleno de enseñanzas y aventuras. Sin temor a los viejos fantasmas que pretenden la zozobra de la singladura. Todos ellos quedaron atrás. El brazo y el alma tensos, asidos al timón. La voluntad templada, acero y seda. El ánimo firme y decidido, echando las redes con decisión en las aguas del futuro.

            Todo ello sirve para cimentar las esperanzas. Y este es un mundo que no tiene sentido sin esperanzas. Hay demasiado escollo que sortear. Escila y Caribdis, en forma de empresarios “padrones”, dispuestos a devorar a quien pretenda atravesar el estrecho de sus imposiciones y compadreos…

            Pues bien, todas esas esperanzas las he visto confirmar en estos días de ensueño, compartiendo anhelos, amistad y oxígeno en el cubículo rodante que ha ido anclando en los puertos andaluces del toro.

            He visto desplegarse, como mapa del tesoro, todos los buenos compases de la lidia. Con son y con tempo. Con sol y con sal. He contemplado con emoción como se recita el credo del toreo verdadero, sin alharacas ni contorsiones, sin humillación de los astados. Tratándolos como lo que son, colaboradores de un misterio ancestral de vida y muerte al filo de la sangre. Toro y dios; símbolo y víctima, que en un momento dado puede cobrarse el tributo en el rojo caudal de vida, haciendo del sacerdote-victimario, la víctima propiciatoria…

            En cada uno de estos momentos he podido confirmar desenvoltura, dominio y torería en las formas. Torería jonda, como solea al golpe, esa que hace que al terminarla, como decía tía Anica la Piriñaca, la boca te sepa a sangre.

            Toda una exposición de una tauromaquia personal, pura y con magia. Elementos, todos ellos, suficientes para augurar un mañana de triunfos y un afianzarse en los puestos del toreo de arte y clase que muchos anhelamos. Pero… y siempre ha de aparecer la conjunción adversativa, los chanchullos de despacho y los comportamientos de “cosa nostra” de los grupos monopolizadores de lo taurino están ahí, cerniéndose sobre el horizonte como buitres amenazantes, cortando el paso a todo aquel atrevido que no esté bajo su férula, prepotente y caprichosa.

            Y ante este tinglado nada sirve: ni el torear bien, ni el arte ni el sentimiento, que he vivido en puesto privilegiado. No vale la necesidad de abrir en los carteles su “sota, caballo y rey”. No importa que la gente huya de los cosos, ante tanto vomitivo desaguisado, ni de que los manipuladores de la opinión estén aprovechando este estado anormal para intentar arrancar de raíz la milenaria liturgia. Y a ellos y a los supuestos aficionados conformistas les da igual. Ya saldrán como ratas huyendo del barco que zozobra, como hicieron en Barcelona.

                Y uno, que ama la fiesta y a este torero (y otros que anuncian savia nueva), se siente impotente y cabreado. Y solo queda el consuelo de paladear el manjar delicado que tengo la suerte de presenciar, porque esto no tiene precio. Y no lo tiene, porque es tan íntimo, que se comparte el oxígeno del cubículo rodante, la anécdota, el comentario, la sed y la ilusión del avenir inmediato, esperando el aprecio que merece en estos tiempos de pandemia y desesperanza. Esperando el triunfo de la verdad desnuda frente a la componenda y la mojiganga. Sé que es casi un milagro, pero con la emoción a flor de lágrima, uno se da cuenta que aún cree en los milagros, y confía fundadamente en el éxito del torero. En el justo triunfo del amigo querido, que me ha regalado estos preciosos momentos.

                Ahora, de vuelta del episodio de hoy, con la emoción adherida en la garganta, repaso, como cuentas de rosario ambarino, uno a uno los recuerdos. Medito, cual misterios gloriosos, los versos del poeta alejandrino, desglosando cada paso de este arcano precioso, de su rosario personal:

“…

Ten a Ítaca siempre en tu pensamiento.

Llegar allí es tu destino.

Mas nunca apresures el viaje.

…”

Por Marcial García García