DOS DE PABLO ROMERO COMO CAÍN Y ABEL EN LA CONDOMINA

Primer domingo de septiembre de 1962. La plaza de toros de Murcia celebraba la desencajonada de las corridas de toros de la feria taurina. Por aquel entonces la afición murciana tenía más reclamos para acudir a la plaza que el simple hecho de anunciar unos carteles y esperar a que la gente haga cola en la taquilla.

El toro en todo su esplendor siempre crea expectación, antes y ahora. Pasaba en Madrid, con el manifiesto de los toros en La Venta del Batán, o en Sevilla, cuando las corridas de la feria de Abril se podían ver en La Venta de Antequera, o también en Valencia, donde cada feria de Julio el toro cautiva.

Murcia también se ilusionaba cada principio de feria al ver los toros salir de los cajones en el ruedo de La Condomina. La prueba es que la plaza de toros se ponía de bote en bote, tal y como estaba en la tarde que les relatamos a continuación.

Sobre la arena murciana los toros de las ganaderías de Alfonso Sánchez Fabrés, de los Hermanos Peralta, de Molero Hermanos y de Pablo Romero se disponían a salir uno a uno de las oscuras gavetas de madera por las que habían viajado por carretera. El sol pegaba fuerte, pero no importaba. El respeto al toro, a ese animal único, estaba por encima.

Todo trascurría sin incidentes. La fiesta era la esperada. Los toros de Sánchez Fabrés, Peralta y Molero no dieron problemas. Los tres encierros, bonitos de hechuras y sin exageraciones, gustaron al festivo público que se enardecía con la arrancada de cada burel.

Solo quedaban los toros sevillanos de Pablo Romero, los más esperados. Los toros “guapos” como por aquel entonces eran conocidos. Cuando se abrió el primer cajón, una joya, con el mejor tipo de esa casa ganadera, salió disparado ante el revoleteo de un sombrero que le había lanzado uno de los mayorales que estaba a cargo de la suelta.

El toro era una pintura, tan bonito, tan hermoso, que su siguiente hermano de camada lo mataría por envidia, como si la historia de Caín y Abel se tratase.

El toro agresor salió del cajón disparado hacía su semejante buscando la pelea con su hermano. El impacto fue brutal. Los dos animales se enzarzaron en una lucha frenética, como si tuvieran cuentas pendientes en el “Partido de Resina”.

Fueron unos minutos interminables que terminaron con los dos toros en el suelo, exhaustos por la pelea. Pero no había acabado la sobrecogedora escena. Cuando nadie lo esperaba, sacando fuerzas de donde nos las tenía, el toro malo, el envidioso, se levantó y asestó varias cornadas a su consanguíneo.

El público quedó sobrecogido. La tarde festiva se acabó y el drama inundó la tarde murciana. El mayoral de la ganadería no se lo creía. En cuanto pudo se lanzó a intentar levantar al toro. Lo coleó, pero su esfuerzo fue inútil.

El toro que más había gustado, el más bonito de toda la tarde se moría. Tardó diez minutos en irse al olimpo de los bravos sin morir a estoque, sin poder haber demostrado su bravura en el ruedo.

Los demás hermanos salieron en plan funeral. La gente solo pensaba en la extrañeza de lo vivido.

Al destronado se lo llevaron al desolladero una cuadrilla de hombres que tiraron de músculo ante la falta de un tiro de arrastre.

Días más tarde, en la última corrida de feria, el lugar donde debería haber salido el infortunado cornúpeta de Pablo Romero sería ocupado por un bicho de Eusebia Galache de Cobaleda. Un animal que se contagió del luto de sus compañeros, ofreciendo, como todos los lidiados, un juego pésimo en el ruedo.

Esa tarde torearon los espadas César Girón, Victoriano Valencia y el murciano Miguel Mateo “Miguelín”, que paseó la única oreja otorgada en el festejo.

Fran Pérez @frantrapiotoros