2020 “ANNUS HORRIBILIS”

“Annus horribilis” es una expresión latina, traducible como “año terrible”. Aunque la frase se utilizó en 1891 para describir a 1870, año en el que la Iglesia católica definió el dogma de la infalibilidad papal, esta expresión es empleada cuando al finalizar el año las cosas no han salido como se esperaban.

Este 2020 ha sido demoledor para todos los sectores económicos y culturales de nuestro país. Lógicamente, el mundo del toro no se ha podido salvar del naufragio y pelea para salir a flote como puede sin ningún salvavidas que le ayude a impulsarse.

El caso es que el sector no estaba preparado para soportar ninguna tormenta por muy liviana que fuera esta. Las que manejaban los hilos de la tauromaquia vivían en una burbuja ajenos a los graves problemas internos que amenazaban al espectáculo y a su futuro. Pese a que desde los sectores de la afición se les instaba a buscar soluciones y hacer un espectáculo viable para los tiempos que corren y no anclado en los ochenta, los inviernos taurinos se aprovechaban solo para terminar de expoliar la fiesta en su parte americana.

Durante mucho tiempo han brillado por su ausencia las iniciativas para dar oportunidades a los jóvenes toreros y a los incipientes ganaderos de bravo. Se ha hecho oídos sordos a las reivindicaciones de la afición, pero se le ha exigido que pague más, pese a que el Gobierno bajó el IVA de las entradas. Se ha ninguneado al protagonista principal del espectáculo sobrepasando líneas rojas que han degradado el respeto y el miedo que impone.

Se ha conseguido que la fiesta pierda su condición de ser del pueblo para convertirse en el chiringuito de ciertos empresarios, aburriendo a muchos aficionados que se han hartado de las triquiñuelas de estos y llevando hasta la desesperación a cualquiera que quiera despuntar en la fiesta y que no comulgue con su proceder, o su negocio.

Pero llegó la peor crisis, y en lugar de salvavidas en el barco, se encontraron burbujas en la que todos estaban flotando, y de repente todo estalló, y se toparon con la más cruda realidad. La fiesta de los toros está en la UCI.

Para colmo, el enemigo ha ido dando pasos de gigante hasta colarse en las instituciones gubernamentales para tratar de darle la puntilla al espectáculo taurino. Si la pandemia es un problema, ver que el Gobierno de la Nación se pasa por el arco del triunfo la Constitución española es otro y de los gordos.

Para intentar salvar la vida, el toreo, menos Morante y Roca Rey se puso en manos de la Fundación del Toros de Lidia que preside Victorino Martín. Los taurinos, ¡Aleluya!, decidieron dar la sensación de estar unidos (por una vez en sus vidas) en la lucha por la defensa de la fiesta, aunque esa unión era más un paripé que una realidad.

La gestión de la Fundación del Toro de Lidia tiene opiniones para todos los gustos, aunque desde la crítica es justo reconocer que al menos, sea como sea el trabajo que ejercen, está sacando proyectos adelante.

En su haber tiene intentar reflotar la fiesta desde su base con la fuerte ayuda económica de la Junta de Andalucía y el Gobierno de Castilla y León. La institución ha puesto en marchas dos certámenes para novilleros con y sin picadores contando con los profesionales de la tierra y tiene la intención de continuar el proyecto por otras regiones de la piel de toro, aunque todo ello dependiendo de la inversión económica de los gobiernos de esas comunidades. (No money, no party)

Además, junto a la Unión de Toreros y el Canal Toros de Movistar ha impulsado la “gira de la reconstrucción”, festejos de cuatro toros donde los intervinientes rebajan y donan sus honorarios a la Fundación (al más puro estilo túnel) para, en teoría, tratar de reactivar la fiesta de los toros en los pueblos en el año 2021.

Un proyecto, que por lo que estamos viendo, parece ejecutado para salvar la sangría de abonados del canal de pago, más que hecho para ofrecer un ejemplo en cuanto a la organización de festejos en donde se cuente con lo que realmente pide la afición.

En estos festejos se está dando una imagen penosa de la integridad del toro, tapando como siempre por los comentarios de la televisión, que se detienen en las florituras y adornos en lugar de denunciar las actividades supuestamente ilegales que lucen los toros en sus defensas.

Para colmo, la “gira de la reconstrucción” ha contado con muy pocas novedades y sus puestos los han copado prácticamente las mismas caras de siempre, cerrando la puerta, como sucedía antes de la pandemia, a jóvenes toreros y a ganaderías nuevas.

La FTL también ha lidiado a los ministros de Cultura y Trabajo del Gobierno de España como buenamente ha podido, a golpe de carta, después de que estos manifestaran públicamente su poco amor por la tauromaquia. Un odio que se ha visto reflejado en sus políticas de ayuda a los sectores culturales, donde en un principio y hasta hace unos días los profesionales taurinos estaban discriminados.

La Fundación que preside Victorino Martín pidió mesura y se reunió con el ministro, mientras el gobierno dejaba atrás a la gente del toro. Eso provocó la ira del todo el sector que salió a la calle en forma de paseos para reivindicar sus derechos.

Parte del sector echó de menos una mayor implicación de la Fundación, más allá de una carta, a la hora de presionar al gobierno en las calles. Cosa que hizo perder la confianza de muchos profesionales en el ente presidido por Victorino.

Finalmente, la Fundación ha sido obsequiada con el premio nacional de tauromaquia que concede el Gobierno. Un premio dotado con 30.000 euros que tampoco se ha librado de la polémica. Unos piensan que el trabajo de la Fundación es legítimamente reconocido, por el contrario, otros creen que ese premio es para tapar la boca y que los taurinos dejen en paz a los políticos mientras que estos siguen intentado cargarse la existencia de la tauromaquia. Otros taurinos van más allá y piensan que la Fundación no busca reinvertir el dinero en la fiesta, busca pagar el sueldo de algunas caras que trabajan para ella.

Todo esto pasaba y un buen ramillete de empresarios taurinos fuertes estaba como las avestruces, con la cabeza en la tierra esperando a que pase el temporal. Y ahí siguen, sin ofrecer soluciones, agazapados, creyendo que después todo seguirá igual que lo dejaron, y quejándose de los que sí han tenido las agallas de trabajar y luchar contra los elementos cuando en verano la pandemia les dejó, aunque alguno se ha llevado alguna voltereta en el intento.

Y después de todos esto el coronavirus arranca otra vez con fuerza y llega otro invierno taurino donde la incertidumbre de lo que pasará la próxima temporada es más acuciante aún que el pasado mes de marzo.

No hay ninguna solución. Los estamentos de la fiesta no se han reunido para elaborar un verdadero plan para rehabilitar el espectáculo. Para poner puntales a algo que se cae a pedazos día tras día, pese al intento de maquillaje que nos quieren hacer ver.

¿Y en Murcia?

Pues en 2020 ni una corrida de toros, ni una novillada sin picadores, ni un festejo sin caballos, ni una corrida de rejones cuando el Covid-19 dio una tregua. El desierto en la primera Comunidad Autónoma de España que declaró la fiesta de los toros como Bien de Interés Cultural.

Las limitaciones del Gobierno de la Comunidad en cuanto a los aforos de los festejos al aire libre, 500 personas cumpliendo con la distancia de seguridad, ha hecho muy difícil la organización de festejos taurinos, pero no imposible.

Es más, el aforo podía llegar hasta 800 personas presentando un plan de contingencia, pero ningún empresario se ha interesado en dar toros en la Región, esa es la realidad.

Solo uno, José Montes, que estuvo a punto de dar una novillada sin caballos el 30 de julio en “La Caverina”, pero que al final desistió, ya no solo por el tema coronavirus sino por los problemas existentes entre la propiedad de la plaza y el Ayuntamiento.

Y para poner la guinda al desastre, estalló el escándalo en la escuela taurina de Murcia, sin que por el momento se haya puesto solución a tan desagradables acontecimientos.

Y como con todos los problemas, el mundo del toro está tapado, los políticos encargados del asunto también, nadie habla. Aquí ni la Fundación del Toro de Lidia ha mandado una carta para apoyarles.

Los chavales han hablado con sus actos. No quieren volver a esa escuela mientras estén dirigiéndola los que no se dieron cuanta de lo que estaba sufriendo dentro de ella, ya no solo por los presuntos abusos del profesor detenido, sino por su manera “especial” de enseñar educación taurina.

Estos alumnos, que han tenido la valentía de marcharse, haciendo lo que tenían que haber hecho sus supuestos superiores en la escuela, sí que se merecían el premio nacional de tauromaquia.

Fran Pérez @frantrapiotoros