OPINIÓN: “LOS COMUNICADOS DE LA ESCUELA TAURINA” POR JOSÉ LUIS VALDÉS

Han pasado ya dos semanas desde la detención del presunto autor de los abusos a menores y de otros gravísimos delitos cometidos sobre alumnos de la Escuela de Tauromaquia de la Región de Murcia. El sumario ha sido declarado secreto y las investigaciones parece que prosiguen a buen ritmo.

 En este tiempo la Escuela ha emitido por medio de su abogado dos comunicados de interesante contenido y de los que a buen seguro la jueza ya habrá tomado buena nota. Vaya por delante que este asunto es extremadamente serio y que, desgraciadamente, no se resuelve con notas de prensa. Tampoco seré yo quien le diga a nadie cómo debe actuar en una situación tan comprometida, pero esos comunicados son, cuando menos, muy llamativos.

 Porque llama la atención que desde el principio y en distintas ocasiones se negara que el detenido fuera profesor de la Escuela. Ahora, y a pesar de las abrumadoras evidencias, se refieren a él como un simple “colaborador” con el que no había ningún vínculo formal. Evitan utilizar esa palabra tan bonita, maestro en el mundo taurino, como si estuviera maldita. Pero, según la Real Academia Española, profesor es “persona que ejerce o enseña una ciencia o un arte”. Da igual que tuviera contrato oficial o no, si cobraba o no cobraba, ni cuánto o cómo cobrase… Eso será, en todo caso, harina de otro costal. Pero intentar desvincularse aduciendo que no era profesor porque no tenía contrato o no cobraba, es tan poco convincente como decir que quien ahora se presenta como el abogado de la Escuela y emite esos comunicados no lo es en realidad porque, según se afirma en el primero de ellos, parece que tampoco cobra por su trabajo.

 Y ya sabemos que como torero el acusado tenía un pobre currículum y que la plaza de profesor no la consiguió por oposición, sino a dedo, el dedo de su mentor y superior jerárquico Pepín Liria, que incomprensiblemente aún no ha dimitido ni ha sido cesado. Pero pretender hacernos creer que todas esas víctimas sentían pánico de denunciarle porque podía arruinarles su carrera siendo solo “un pobre jubilado que echaba en la escuela unos ratitos de su tiempo libre” es abusar de nuestro sentido común. ¿A quién temían entonces realmente esos aterrorizados niños? ¿Quién tenía el auténtico poder para arrasar sus sueños?

 También se afirma que nadie sabía nada. Bueno, esto no es nuevo. Después del “yo no he sido”, de todas las frases que escucha un juez a lo largo de su vida probablemente la segunda más repetida sea “yo no sé nada”. Creo que esto lo aprenden en primer curso de Derecho. Sin embargo y a pesar de ello, los jueces siguen trabajando y continúan dictando sentencias a diario, condenatorias y, ojo, también absolutorias. Pues aquí quizás unos supieran más, otros menos; otros incluso puede que no supieran absolutamente nada… Dejemos ese asunto en manos de la jueza, que a buen seguro nos aclarará estas cuestiones.

 Pero, de ser cierto que ninguno oyó nada ni vio nada de lo que era un clamor durante tantos años (nótese el matiz: “de ser cierto…”), podríamos ya concluir que la sordera y la ceguera colectiva que han venido padeciendo los responsables de la Escuela son permanentes y de improbable recuperación dado el enorme tiempo transcurrido. El pronóstico es pésimo. No tiene sentido entonces que sigan ni un minuto más al frente de esa institución con esas tremendas incapacidades, pues los padres confiaron en ellos, en su buen juicio al elegir a los profesores y en su capacidad para vigilar lo que allí estaba pasando apenas a un palmo de sus narices. Responsabilidad in eligendo e in vigilando; creo que las define así el artículo 1903 del Código Civil. Pero no me hagan mucho caso; a fin de cuentas yo no soy abogado, sino pediatra. Lo comprobaremos cuando los abogados de las distintas acusaciones planteen sus demandas y quizás exijan elevadas indemnizaciones.

 Tampoco encontrarán en ambos comunicados ninguna autocrítica entre sus lamentos, ninguna expresión de arrepentimiento ni ninguna petición de perdón por estos motivos. Se les ha pasado. Lástima de ocasión perdida. Esperemos que en próximos comunicados, que supongo que los habrá, corrijan esta enojosa omisión.

 Sin embargo, sí que han hallado espacio para anunciar que la Escuela se reserva acciones civiles y penales contra “alguien que ha dicho algo”, como diría el inefable Gila, lo que no deja de ser una obviedad, pues todos tenemos  el derecho de acudir a la justicia según la Constitución y no lo vamos proclamando a los cuatro vientos por ahí. Las demandas que valen son las que se presentan y son aceptadas por un juez. Todo lo demás es asustar innecesariamente a la chiquillería con el primo de Zumosol, algo delicado, sobre todo si entre los posibles intimidados pudieran encontrarse probables testigos de la causa. Otro detallito para la jueza.

 Finalmente, y para reconfortar a todos los que han expresado alguna duda sobre mi reacción ante los hechos conocidos, les recomiendo que repasen mejor mis artículos anteriores, porque cuando dije que “no denuncié” me refería a que no hice una denuncia “formal” en aquel hecho concreto, en aquel instante inmediato y por falta de pruebas en ese episodio en particular. Deducir de ahí que después yo ya no hiciera nada más y me quedara cobardemente con los brazos cruzados tantos años es un grave error, muy grave, especialmente porque ese malnacido lanzó sus garras contra alguien muy querido para mí (afortunadamente solo quedó en tentativa). Nunca se lo he perdonado ni nunca podría olvidarlo. Como jamás lo perdonarán ni olvidarán los padres de las víctimas.

 Pero tengan paciencia y comprendan que ha de ser la jueza la primera en conocer todos los detalles de lo que hice -les aseguro que es una historia interesante-, pues, como repito, el sumario ha sido declarado secreto.

 Lo que no explica ninguno de los comunicados es cómo se ha podido llegar a esta situación tan lamentable en la que el futuro de la Escuela ha saltado hecho añicos. Ni cómo algunas personas respetables y a las que siempre he apreciado han podido dejarse arrastrar tan torpemente hasta este lodazal donde ahora ya no se atreven a hablar si no es por medio de su abogado.

 Y al igual que al Titánic no lo hundió un iceberg, sino la ineptitud de su capitán, a la Escuela la ha hundido la torpeza de su junta directiva por haber seguido confiando en alguien muy poco recomendable cuando todas las luces rojas estaban encendidas. ¡Con lo fácil que hubiera sido apartar de los niños al acusado, pesara a quien pesara! Sin embargo, a nadie le tembló el pulso para expulsar a un alumno por dar simplemente cuatro muletazos en una fiesta privada. Pero me temo que aún no han comprendido dónde tienen la verdadera raíz de sus problemas…

 Ahora nos toca esperar, tan solo esperar, a que la justicia lo explique todo. El análisis de los teléfonos móviles incautados se adivina muy clarificador. Mientras tanto, quizás surjan más comunicados que nos amenicen esta triste espera.

Por José Luis Valdés

* El Muletazo no comparte necesariamente la opinión de sus colaboradores, siendo las opiniones exclusiva responsabilidad de quienes las firman.