OPINIÓN: SE VEÍA VENIR o “¡VIVAN LAS CAENAS!” por Marcial García

Siempre he odiado la muletilla “¡No diréis que no os lo advertí!”, y, mucho más, cuando va acompañada de sonsonete cadenciado al repetirla, como vuvuzela sudafricana. Pero, en esta ocasión, no tengo más remedio que aplicarla, y con alto pesar mío.

Cuando, tras el desliz corregido del ministro de Cultura, se alzó un coro de voces indignadas, se hicieron manifiestos incendiarios y se pregonó por muchos la redención que ellos anunciaban contra el ataque de tanto rojazo abolicionista a la fiesta nacional, muchos, entre ellos este escribidor de ustedes, advirtió lo que suponía este “río revuelto” para ganancia de tanto pescador desaprensivo: políticos oportunistas, empresarios acaparadores, ganaderos desesperados, profesionales de luces desorientados… todos corrieron como locos a firmar supuestas reivindicaciones, gritar contra ciertos agravios y despellejar al odiado gobierno que se fijaran con quien se amontonaban.

Sí. Así lo dijo este admonitor en su “Carta Abierta”, publicada por este digital.

Por si alguno lo duda o no se acuerda, aquí les traigo el párrafo más clarito:

“(También me gustaría que los de luces, que tan gregariamente -en el cabañil sentido de la palabra- se han posicionado, recapacitaran sobre los que encabezan la asomada: Seguramente se darán cuenta que son los mismos que siempre les ningunean, les vetan y les niegan el pan y la sal. Pero lo dejo para otra epístola)”.

Pasadas las algaradas, incorporados a la tan repetida NUEVA NORMALIDAD, los hechos nos están dando la razón:

-Las autoridades autonómicas, que algunas tanto se autoproclamaron paladines de la causa, con fotos muy llamativas en las puertas de los correspondientes palacios presidenciales, ahora, que tienen todas y cada una de las competencias en asuntos taurinos, se dan la vuelta silbando, mirando a otra parte, con la colita entre las patas. Ahora que son ellos los responsables, ya no queda nada de aquel volcán de promesas salvadoras, “si de ellos dependiera”. Pues aún no he oído a nadie que les reclame sus promesas de bocaranes.

-Los empresarios, que tantos espectáculos llenos de bondades, ofrecían, han hecho de su boca culo, anunciando “carteles”, que son más bien panfletos de la triste realidad podrida, anunciando como el más genuino muestrario de la fiesta, lo que no es más que el “sota, caballo y rey” de siempre, con sus mascarones de proa, sus toritas artistas y otras mandangas para incautos,

-Los figurones (ver acepción 1 del diccionario de la RAE), dispuestos a sacar un pellizco bueno con el que afrontar sus miserias, vetando (como anuncié) a cualquiera, incluidos los de arriba.

-Los asalariados y mercenarios de “la cosa”, anunciando como la quintaesencia del arte semejantes burdos montajes. Y tan panchos.

-Y, los figurantes de semejante comparsa, preparados a dejarse los dineros, con tal de aparecer en la parafernalia triunfalista que semejantes bodrios traerán consigo. Aparte, los “sopaenvino” de todos los saraos, la mayoría financiados, que vomitaran en todo lo rosa las grandezas de tan maravillosos acasos…

Para que seguir…

Pero los enemigos del mundo del toro son los maléficos antitaurinos, rojazos y bolivarianos.

Para aclarar el segundo posible título de esta entrega, os daré unas pequeñas pinceladas históricas, que siempre vienen bien.

Entre 1808 y 1814, Fernando VII el Felón, mantenido a pico de rollo por Napoleón en Valençay, felicitaba al Corso en cada victoria sobre los españoles, mientras el pueblo español le llamaba El Deseado, creyéndolo prisionero y maltratado por los gabachos, robado de sus derechos y su libertad. El pueblo, que se levantó en armas, ignorando la felonía de las Abdicaciones de Bayona, intentando crear un instrumento que diera honor y luz a la adorada patria y deseado rey, elaboró, aprobó y publicó la Constitución de 1812, la famosa “Pepa”. En ella se cifraban tantas esperanzas de futuro y regeneración.

Mientras, con la ayuda de la pérfida Albión, se vencía al invasor y se presentía la llegada de la NUEVA NORMALIDAD, los medradores corruptos del sistema podrido del Absolutismo, empezaron una labor de zapa contra la suprema norma jurídica y a favor del poder absoluto del rey, que toleraba su secular corrupción. Todo muy hábilmente preparado, con las correspondientes bendiciones.

Con el caldo de cultivo adecuado, tras la caída del Emperador, el Perjuro y Felón no tardó en abolir la Constitución que había jurado defender. Lejos de protestar combativo, el populacho aborregado aplaudía, desuncía los caballos de la carroza real para colocarse ellos y gritaban a voz en grito:

-¡Viva el rey Absoluto!

-¡Vivan las caenas!

Ahora vean el parangón con la situación del mundo del toro:

-Los que se autoproclamaron defensores desde las instituciones, salvo honrosas excepciones, nada de nada.

-Los mandamases y mangoneantes, montando parodias con nombre de corrida.

-Algunos apoderados, vetando a sus propios toreros.

-Los del pelotón, desorientados y sin saber qué va a ser de ellos.

-Y el público, embobados, mirando el dedo que señala a la luna…

Por el contrario, algunos rumiamos el sonsonete:

-¡Os lo advertí! ¡No diréis que no lo dije!

Pero, penosamente, la mayoría de los que se llaman “taurios” está dispuesta a seguir vitoreando las “caenas” que los aherrojan.

Por Marcial García