OPINIÓN: “Y DESPUÉS DEL VIRUS ¿QUÉ?” por Marcial García

Parece que las aguas se serenan, gracias al esfuerzo heroico colectivo, sobre todo de los profesionales de la medicina pública, las fuerzas de seguridad y las de defensa.

            Con esta normalidad controlada, con pasos medidos y seguidos con la disciplina con la que hemos sorprendido al mundo, nos iremos acercando a una nueva forma y un nuevo ritmo de vida, que todos esperamos sea una revisión profunda del estado del bienestar para TODOS, con una recuperación y puesta en escena de los valores humanos universales, los que, en buena medida, nos enseñó nuestro pasado clásico, nuestras raíces judeo-cristiano-musulmanas y nuestra herencia de las ideas de justicia y libertad, tanto de la Ilustración como de las distintas revoluciones sociales.

            Está claro que si no aprendemos de lo acontecido, del coste humano, en vidas y privaciones, del gasto económico a que nos ha llevado la pandemia y la desfachatez humana, el porvenir no es nada halagüeño.

            Pero una gran catástrofe -y ésta lo es- es un buen momento para replantearse todas las cosas y aprender de los errores del pasado.

            El mundo del toro, aunque algunos no lo crean, tal como ha existido hasta ahora, finó en los días que el virus se adueñó del ruedo mundial, como manso peligroso, con aviesas intenciones y desoyendo los tres avisos.

            Y esto ¿es bueno o malo?

            Creo, desde mi humilde criterio, que ni lo uno ni lo otro. Simplemente ¡NECESARIO!

            Uno de los doce trabajos de Heracles, concretamente el quinto, fue limpiar los establos de Augías en un solo día. Para quien no sea muy ducho en mitología clásica, le aclararé que los dichos establos estaban sin limpiar desde su establecimiento, muchos años atrás, con un gran número de reses vacunas, entre ellas los toros de Helios, por lo que el héroe, a pesar de sus habilidades y fuerza, no lo habría conseguido en un solo día, tanta era la mierda acumulada.

             Les suena ¿no?

            Ante el dilema, Heracles puso a trabajar su caletre y decidió desviar los ríos Alfeo y Peneo que, con su caudal, hicieron el milagro.

            El actual panorama del “taurinismo” tiene la misma cantidad de basura, o más, que los corrales del rey de Élide. Y quien conozca algo de los interiores del negocio sabe que no exagero. Aquí, fuera del capricho y las componendas de los padrinos de empresa-apoderamiento, cada vez más concentrados en las mismas manos, y de las figuritas o figurones (que viene a ser lo mismo) no hay nada que hacer. Se baila al ritmo que se marcan en los despachos y que pregonan, entre inciensos, sus turiferarios mercenarios, por escrito o por voceo. Del viejo rito ya, apenas queda una sombra lejana, como caricatura histriónica y blasfema.

            Ya no sirve la simplicidad de un toro bravo y un torero artista o valeroso para montar un cartel. Ambas cosas se han devaluado hasta infraniveles, más bajos que la emisión de deuda de un país en bancarrota.

            Ahora el poner a tal o cual coletudo en la feria afamada no es lógica consecuencia de un triunfo de verdad y sangre, sino del tejemaneje del avispado que trinca la parte del león y hurta la verdad y el misterio de la vieja liturgia a los embobados espectadores, embrutecidos por el canto de sirena de los medios, presuntamente taurinos. Quien lo dude, que eche un vistazo en las revistas -“voz de su amo”- del gremio, escuchen la crónica radiada o vea la “cosa” televisiva.

            Pero vayamos a la situación actual:

-Suspensión de las ferias de postín y de los humildes festejos de pueblos y pequeñas ciudades, hasta no sabemos cuándo. Miles de cabezas de ganado a lidiar en los cercados, desde los pocos ejemplares que merecen el nombre de toros hasta la masa adocenada de toritos “artistas”. Y mantener esto es caro.

-Cientos de ilusiones de toreros, incluidas las presuntas figuras, segadas por la hoz de la suspensión, sin un futuro claro de recuperarlas.

-Un horizonte negro de incertidumbres a la respuesta-miedo de quienes deberían acudir a los espectáculos, al cemento expresado en metros cuadrados del aforo, a, como se dice en mi tierra, ver las tetas secas de la marrana, que ya no darán leche para todos…

            Ya no hay empresarios soñadores ni ganaderos románticos. O apenas casi.

            No esperéis que los capos reaccionen. Recuerden a Balañá en Barcelona cuando los abolicionistas empezaron a dar la jeta. Recuerden que, a barco zozobrante, estampida de ratas.

            Y ¿cuál es el futuro?

            Lo siento, no soy un Nostradamus cualquiera, ni apocalíptico ni acomodaticio, pero negro, muy negro veo el panorama.

            ¿Hay soluciones? Claro que sí. Los griegos la llamaban catarsis. Y los herreros la enseñan en sus fraguas. Hay que destruir el viejo tinglado. Hay que meter a la fragua el viejo hierro herrumbroso y, a golpe de martillo, eliminar la ganga y hacer surgir el fortalecido acero de una liturgia eterna.

            Ya lo saben. Toreros y ganaderos -que no “ganaduros”- pueden abrir la ventana. Costillares, Paquiro, Belmonte y otros fueron los hitos que marcaron los grandes cambios en la tauromaquia anquilosada. Ahora es el momento que salga uno de ellos, pero, desde luego, con unas formas nuevas…

            No teman. La lucha del dios toro y el hombre bravo y artista, el juego de la sangre la vida y la muerte, no ha concluido. Si los protagonistas señalados no lo fraguan y la fiesta se tambalea y cae, siempre habrá entre el pueblo (de donde surgió), un alma noble y valiente dispuesta a seguir con la vieja liturgia de la sangre, la vida y la muerte, delante del dios toro, íntegro y pujante, que pasta en la dehesa hispana.

            Después, ya se sabe, habrá tiempo para que todo, lentamente y con complicidades, se vaya corrompiendo adecuadamente.

            ¡Que san Pedro Regalado nos proteja!

Por Marcial García García