OPINIÓN: “MI PROCESIÓN VA POR DENTRO” por Marcial García

A mi amigo Pepe Birloto,

de la plaza de Alicante,

que no ha podido torearlo.

            En este mundo nuestro, a veces de tanto postureo, la Semana Santa ha sido ocasión de exhibir nuestros supuestos sentimientos religiosos en procesiones, traslados y otros ceremoniales, propios de la celebración.

            Hoy, que tradicionalmente se ha considerado el comienzo de la Gran Semana, que llaman los griegos, los Dolores -con mayúscula- siguen siendo de la Virgen, pero este año -aunque sean con minúscula- los dolores son de todos: creyentes y agnósticos, partidarios o detractores de estas celebraciones nuestras, arraigadas con fuerza de siglos y devoción.

            Al principio de esta vía de la amargura laica, muchos lamentaban las disposiciones que cancelaban procesiones y demás manifestaciones callejeras de fe y tradición, con la pena de la ocasión perdida de manifestarlo, con lágrimas y lamentos, como las derramadas y pronunciados por las suspensiones por lluvia. Nunca se imaginaban que estas lágrimas habría que guardarlas para el dolor impotente de tantos daños irreparables.

            Pero no quiero hacer una crónica de los pasos por tantas Vías Dolorosa ni de la muerte en tantos Gólgotas, que ya los hay expertos y duchos en la materia. Solo quiero hacer pública mi reflexión del porqué de mi titular, con la esperanza de que nos sirva de lección y catarsis. Allá va:6

            Este año, Lunes Santo, al caer el sol, no podré poner mi hombro -aún fuerte y resistente, bajo las andas del Cristo de la Sangre de Cieza, como lo vengo haciendo desde su fundación, compartiendo emociones con tantos cofrades y amigos. Tampoco podré, Jueves Santo a la noche, ser el alférez de la Verónica, portando con orgullo el pendón majestuoso que bordó Justo Algaba y pintó Ana María Almagro, ofrenda de la devoción y el agradecimiento particular. No podré salir a la calle, vetada por respeto a la vida de los demás y la mía propia.

            Pero uno, que es persona de intimidades y sentimientos profundos y solitarios, además de los intrínsecamente personales e impublicables, (por aquello de que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha), vivirá en privado los desfiles procesionales que surgen, virtuales o no, con tantas conductas heroicas y tantas cajas destempladas, improperios y escupitajos lanzados:

-Seguiré asistiendo, conmiserado y afligido, a tantos dolores desgranados y por desgranar; a tantos siete y mil puñales clavados en dolientes corazones.

-Seguiré contemplando tantos sudores de muerte en los getsemaníes de tanto hospital y tanta residencia; compartiré, asqueado, tantas traiciones de esos judas agazapados o exhibicionistas de sus treinta monedas, pero que, por desgracia, no completan su papel, como nos cuenta Mateo; rumiaré mi asco por los que con palmas y ramos gritaban hosannas dominicales y ahora piden crucifixión, voz en grito.

-Aguantaré tantos Poncios Pilatos que intentan lavar sus manos, sin saber que su sangre, como pedían los fariseos, caerá reivindicativa sobre ellos y hasta setenta generaciones.

-Por contra, loaré por los días de mi vida a tanto Cirineo, obligado o voluntario, que ayudan a llevar tantas cruces pesadas, hasta caer exhausto o entregar su cuerpo a la crucifixión; compartiré lágrimas de tantas hijas de Jerusalén, que lloran por tanto dolor ajeno y prepararé, con Arimatea y Nicodemo, la tumba, los ungüentos y los lienzos, casi en secreto, porque el drama del Calvario se está repitiendo demasiadas veces y uno ya tiene el alma hecha girones…

            Por eso, queridos devotos, amigos toreros que no podréis ir con vuestro Cristo o vuestra Virgen y a los que estáis pasando por vuestro particular calvario de injusticia o desaire, vivid la procesión por dentro, como este cronista. A vuestro albedrío dejo otro tipo de modos de expresar vuestra devoción y espíritu de Cirineo.

            Pero lo que sí os anuncio, con alegría contenida en el dolor, es que ya alborea por oriente la luz gloriosa de la Resurrección.

            No echad de menos la sangre propiciatoria del dios-toro, que es la clave de nuestra liturgia milenaria, porque ahora es el tiempo del dolor por este río profundo de dolores que ha inundado este mundo adormilado.

            Tiempo tendremos de chocar jubilosos los huevos rojos de la Resurrección.

Por Marcial García García