“RESURRECCIÓN” por JOSÉ LUIS VALDÉS

<<Jesús llegó al sepulcro y ordenó que apartaran la piedra… Y después de decir esto gritó: “Lázaro, sal afuera”>> (Juan 11, 38:48)

Sabido es que la mayoría de los toreros llevan consigo estampas y medallas religiosas, objetos que les ayudan a encontrar consuelo y fortaleza de espíritu en las horas previas a la corrida, cuando el miedo les ronda por la mente y les encoge el corazón conforme se acerca inexorable el momento de jugarse la vida delante del toro.

Yo no sé a qué santo o Virgen se encomienda Mariano de la Viña antes de hacer cada paseíllo, pero tengo muy claro quién obró el milagro el pasado día 13 de octubre en Zaragoza: san Carlos Val-Carreres, cirujano jefe del coso de La Misericordia, un santo muy milagrero, como pueden corroborar Ortega Cano o Juan José Padilla entre otros. Como Ramón Vila o García Padrós y otros médicos que han alcanzado una merecida fama salvando a tantos toreros tras graves cogidas.

La cirugía taurina se parece muy poco al resto de cirugías. Es indudable que los distintos especialistas quirúrgicos se enfrentan a diario a casos complejos, pero suelen ser pacientes que ya llegan diagnosticados a la mesa de operaciones, que se tratan mediante cirugía programada donde se sigue una técnica reglada en la que queda poco margen para la improvisación y donde las sorpresas, siempre posibles en medicina, son infrecuentes. Incluso la cirugía de urgencia, aun teniendo algunos elementos comunes con la taurina, tampoco es comparable.

En todo caso la cirugía taurina más bien podría asemejarse a la cirugía de guerra. La operación se produce en el mismo escenario del percance pues a veces la gravedad no permite ni la anestesia. El arma causante, el cuerno del toro y su cabeceo, produce diversas trayectorias más allá del orificio de entrada y con ello daños a menudo ocultos y a distancia. Hay que asegurar la respiración y la función cardíaca, descubrir las distintas lesiones, localizar y neutralizar las fuentes de sangrado, explorar bien las trayectorias, eliminar cuerpos extraños (restos de tela, lentejuelas, tierra, astillas del pitón, estiércol…). Añádanle a eso la dificultad de trabajar en la zona encharcada por la hemorragia y la premura de actuar contra reloj porque la vida se escapa de las manos con cada borbotón.

El cirujano taurino precisa una templanza y una clarividencia especiales para no trastabillarse en una situación así.

Lo que se vivió la angustiosa tarde del 13 de octubre en la enfermería de la plaza de toros de Zaragoza es inimaginable, por mucho que podamos intentarlo. El bueno de Mariano de la Viña entró con dos cornadones, mortales en condiciones normales. El toro Sigiloso, aparte de otros destrozos, le había arrancado la arteria femoral y, peor aún, la ilíaca interna, donde un torniquete no alcanza. Llegó en parada cardíaca después de dejarse media vida en el reguero de sangre que venía desde el albero, y la otra media en el charco que Miguel Ángel Perera intentaba tapar en el ruedo haciendo de arenero -menuda imagen, por cierto- y aún sobrevendrían dos paradas más. El terrorífico parte médico resumió el drama con dos palabras: “situación cataclísmica”.

Hoy afortunadamente parece que el peligro ya ha pasado y el transcurrir de los días nos devuelve la alegría de comprobar la recuperación de este gran banderillero tan querido por los aficionados. Con esta faena extraordinaria Val-Carreres se ha convertido, por encima de todos, en el indiscutible triunfador de la presente temporada.

Junto al pequeño altar que le acompañe cada tarde de toros, a partir de ahora Mariano de la Viña haría muy bien en colocar en lugar preferente la imagen de este cirujano legendario quien, como Jesucristo a su amigo Lázaro, lo resucitó milagrosamente.

 Pues aquella fatídica tarde, cuando el torero exangüe ya se había abandonado resignado al frío abrazo de la muerte, una enérgica voz lo sacudió en su negro sueño y le dijo: “¡Mariano, levántate y anda! ¡Te lo ordena Val-Carreres!”

 Y Mariano resucitó…

mariano de la viña

Dr. José Luis Valdés*

* El autor es colaborador de El Muletazo y médico especialista en pediatría