PAN CON PAN por José Luis Valdés

Hace dos años los panaderos solicitaron a la Real Academia de la Lengua que eliminara el refrán “Pan con pan, comida de tontos” por considerar que dañaba los intereses del gremio. La RAE, sabiamente, les respondió que los refranes son producto de la creatividad de los hablantes y que ni los recoge, ni es de su competencia eliminarlos.

Actualmente el pan con pan es una comida muy valorada por nuestros queridos amiguitos los veganos. Bueno, ellos le llaman bocadillo de seitán, que aunque por fuera parezca un filete, es el extracto de gluten resultante de procesar la harina de trigo. Aunque quede muy cool, guay, molón, alternativo… o como quiera que hable un vegano, a fin de cuentas sigue siendo pan con pan por mucho que lo disfracen. Mas no seré yo quien les llame tontos por eso, no. Y, como comprendo que “las penas con pan son menos”, por mí, que se jarten de pan. Pero si probaran a añadirle una cebollita en la compañía adecuada, quizás se sentirían más felices y dejarían de incordiar. Ya se sabe: “contigo, pan y cebolla”, y la vida ya se ve de otra manera.

Fue Miguel Hernández quien le dedicó a esa verdura bulbácea su famoso poema “Nanas de la cebolla”. Pero no le hablen del genial poeta a los propietarios del bar vegano “La Libélula”, que estos días de feria colocaron un aviso en la puerta del establecimiento advirtiendo que no se le serviría a cualquiera que viniera de asistir a una corrida de toros. Si por ir a una corrida te aplican esa drástico castigo, qué le harían al pobre Miguel, que participó en la redacción del Cossío, la Biblia de la tauromaquia; seguro que lo echarían a patadas de su establecimiento por ese crimen de lesa humanidad.IMG-20190926-WA0000

No obstante si usted, querido lector y aficionado, se empeña en comer en dicho garito antitaurino, puede preguntarles si tienen rabo de toro (vegano, por supuesto) argumentando que le ampara la Constitución Española. Como es bastante probable que no se la hayan leído, puede refrescarles el artículo catorce, que dice que los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Pero no sé si le va a merecer la pena. Los propietarios definen su establecimiento como un bar para estar entre “amigxs agusto” (sic). Por lo menos podían aprender del maestro Ortega Cano que decía “a gustito” correctamente. También se describe el ambiente como vegano, feminista y “punkarra” (supongo que significa mezcla de punk y macarreo). Menuda ensalada, nunca mejor dicho.

Bromitas aparte (aclaración para libélulas y libélulos: “aparte” es todo junto, pero “a gusto” se escribe separado), hay gente que cree firmemente que sus ideas y valores son superiores a los de los demás, pero algunos como éstos antitaurinos van aún más lejos y se proclaman con el derecho a imponernos su credo. Pretenden que pensemos como ellos decidan y, si no les obedeces, te desprecian y te rechazan. Y hasta te castigan sin comer.
Y si descubren que viene usted de una corrida de toros, no le permitirán saborear los manjares de su exquisito menú, donde destacan una “no magra con tomate” y una “burguer de no pescado” -no se me ría, lector, que esto es serio-, y donde la mayonesa de toda la vida ha sido reemplazada por una “ajonesa” en la que el huevo brilla… por su ausencia. Parece que su caldo con pelotas solo se asemeja al de Patiño en que también tiene unos elementos esféricos flotando. ¿Pelotas de qué? Pues de seitán, es decir, más pan.

Si le prohíben la entrada, no deje que ese contratiempo le amargue la tarde. Siempre puede dar un paseo hasta el Club Taurino donde le darán cobijo y consuelo y podrá disfrutar de unos michirones con su chorizo y jamón reglamentarios sin temor a tropezarse con un punkarra descarriado.

¡Ah!, se me olvidaba: en La Libélula el pan con pan te lo cobran a cinco eurazos, según avisan en la carta. Pero no, no seré yo quien le llame tonto al que los pague. ¡Dios me libre! ¡Y el gremio de panaderos!

Por José Luis Valdés