“CUATRO SEGUNDOS” por JOSÉ LUIS VALDÉS #FUERZARAFAELILLO

“Fueron cuatro los segundos que pasaron

Hasta que pude encontrarte entre los rostros congelados

Y pasó una eternidad al mirarte y contemplar

En tus ojos reflejada mi mirada…”

(Rozalén, “Comiéndote a besos”)

En los tendidos de la plaza de Pamplona los que no estaban cantando en ese momento andaban entretenidos comiéndose el bocadillo. Cosas de la hora. Algunos incluso se esforzaban en hacer ambas tareas a la vez con lamentables consecuencias. Mientras, Rafaelillo apenas logra tragar saliva. Acaba de brindar al público en el centro del ruedo y regresa pensativo hacia las tablas para entregar la montera a su hermano Ramón, que aguarda en el callejón.

 ¿Qué discurre nuestro Rafa en ese trecho? Seguramente que esta temporada  le es aún más difícil; que no va a torear en Murcia, su plaza; que una nueva tarde tiene que jugársela con toros ante los que otros tiemblan aunque sepan que sólo los verán en fotografía… Nada nuevo para él, sin duda. ¡Lo ha hecho tantas veces!

 Afortunadamente la Casa de Misericordia respeta a los toreros y reconoce los méritos de los que se atreven con esos toros mastodónticos de Miura. Pero, aunque Rafaelillo viene disfrutando de ese respeto desde hace once años, sabe que a él le toca pelear a sangre y fuego para ganarse la repetición en la próxima temporada. Por eso salió en su primer toro con el ímpetu de un novillero, recibiendo con una larga a Rabanero, un descomunal colorao de 640 kilos que había sembrado el pánico en el encierro mañanero dejando tres corneados como inequívoca tarjeta de visita.

 Después de la ovación en su primero, ahora le esperan las dos guadañas y los 570 kilos de Trapajoso. Ya lo ha saludado con dos largas de recibo. Desde entonces el cárdeno avisado de Zahariche, como los mozos, también viene cantando a su manera. Pero, a diferencia de la canción de Sinatra, la música de Trapajoso es mucho menos melodiosa: es la de una chirriante embestida, frenada, sin entregarse, áspera, de cara alta, reservona y cortante por el pitón izquierdo. Rafa es consciente del peligro, mas no puede permitirse el lujo del conformismo, ni siquiera fugaz; hay mucho en juego y quiere, le urge, rematar la tarde con éxito. Sabe que cuenta con las armas necesarias para conseguirlo: valor, técnica, conocimiento y también el arte, a poco que el morlaco le ofrezca un resquicio para demostrarlo. Y, además, derrocha pundonor por arrobas.

 En su mente ya perfila la faena. Ha decidido empezar de rodillas, sin más probaturas. Hay que ganarse la atención del bullanguero público desde el primer momento. En el tendido sigue la juerga, pero en el ruedo la cuadrilla ya está preparada, todos expectantes en sus puestos con la máxima concentración. Trapajoso recibe su llamada y acude galopante al cite. Sin embargo, el toro es el único que no tiene ningunas ganas de fiesta…

 El cuerpo de Rafaelillo sale rebotado y se estrella contra las tablas. El impacto es brutal. Trapajoso lo busca para rematarlo junto al estribo. Antes lanza al aire un derrote, como un certero espadachín, para ensartar al vuelo la muleta que ha salido despedida y desciende desde el cielo. ¿Qué mano misteriosa hace ese primer quite milagroso…?

 El toro se ensaña en el suelo con nuestro torero que no tiene escapatoria. Los hachazos contra su cuerpo hecho un ovillo se suceden como el tableteo de una ametralladora. Son cuatro segundos, cuatro. Apenas un suspiro si se tratara de medir la aceleración de 0 a 100 km/h de un deportivo, pero una eternidad para el que se debate entre los cuernos de un toro mientras sus huesos no paran de crujir. Cuatro segundos en los que se interrumpen los cánticos y los bocados se atragantan. Cuatro segundos en los que los mozos contienen la respiración. Cuatro segundos en los que los rostros se congelan y las mentes se bloquean ante la aterradora seguridad de estar asistiendo a una tragedia inexorable.

 Porque cuatro segundos, cuatro, es lo que tarda Pascual Mellinas en salir como un resorte del burladero y lanzar el capote a una mano sobre la cara del toro para hacerle el quite a su amigo y hermano Rafaelillo. Cuatro segundos para librarle de la cárdena muerte, para poder volver a “contemplar en sus ojos reflejada la mirada”. ¡Qué lujo de Pascual! ¡Qué lujo de cuadrilla!

 Pero a Rafaelillo, maltrecho y dolorido, se le va el aliento. Luego el parte médico reflejará la magnitud de los daños internos que Trapajoso le infligió en esos cuatro segundos con términos tan inquietantes y extraños para los profanos como toracotomía, enfisema, neumotórax, hemotórax… y la enumeración interminable de un rosario de costillas y vértebras fracturadas por una o varias partes. En resumen: el pecho resquebrajado, hecho añicos, reventado.

 Le espera una convalecencia lenta y dolorosa en la que sus queridas Aki, Valeria y Claudia harán bien en comérselo a besos, como canta Rozalén. Aparte de los tratamientos médicos, esa será sin duda la mejor medicina para sanar las heridas del marido, del  padre… y de un pedazo de torero.

 Dentro de dos años se cumplirá el vigésimo quinto aniversario de su alternativa. Pero no es necesario esperar tanto para reconocerle sus muchos méritos acumulados. Por eso quiero aprovechar estas líneas para reclamar desde El Muletazo la concesión de la Medalla de Oro de la Región de Murcia a este torero murciano al que su nombre, Rafaelillo, hace ya mucho tiempo que se le quedó chico.

 Y esa deliberación no precisa más de cuatro segundos.

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Por José Luis Valdés

Foto: Emilio Méndez