JUSTICIA DIVINA por Marcial García

El hombre del que les hablo

 ha hablado con Dios desde lo más profundo

 de su dolor y su esperanza

De mi artículo “Un hombre de luz” (El Muletazo).

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            Hace mucho tiempo que este escribidor dejó de creer en la “justicia” humana, sobre todo en la de la Piel de Toro. Pero jamás ha dudado de la divina.

      

            Por eso, como el acto justiciero que acaba con el malo de la película produce ese suspiro de alivio y satisfacción, esta tarde, cuando la estocada ha caído en todo lo alto, tras una faena de verdad y pureza, hemos suspirado profundamente, aunque nos haya enervado el retraso en doblar del astado. Y hemos roto en llanto contenido cuando las dos palomas blancas se han posado en el antepalco. Y las lágrimas han fluido libres y saltarinas cuando, después de tantas veces crujir, los goznes de la puerta grande han cedido al grito de ¡Torero, torero!, mientras una figura de asceta, en volandas de los suyos, ha salido a la gloria por la calle de Alcalá, mientras la luna creciente le guiñaba, pícara, tras su abanico de encajes.

            Y la justicia divina ha emitido su fallo inapelable y reparador. Porque tanto sacrificio, tanta ilusión, tanto empeño y tanta sangre lo exigían.

            Nunca he ocultado mi devoción por esta persona sencilla y entrañable, por esta alma pura y transparente, por esta entrañable inocencia que arropa con sigilo un espíritu de gigante, un alma de titán y un artista casi divino. Hace tiempo, mucho tiempo, que me llamó la atención algo que trasminaba en su aparente fragilidad, en su timidez casi enfermiza y en su andar firme y un tanto forzado. En una ocasión, cuando me pidió que le dijese algún defecto sobresaliente, le hablé de ese andar suyo, un tanto automatizado, que me recordaba a cierto manga japonés que él, lógicamente, casi no conocía… Y todo aquello venía por su ansia de andar en torero, de sentir la arena ceder a su pisada fuerte y acompasada… Le divirtió la comparación y me dijo que lo tendría en cuenta para el siguiente paseíllo.unnamed

            Siempre que he podido, sin atosigar, lo he seguido. Nunca lo he mareado en un patio de cuadrillas ni he fisgado en la habitación de un hotel.

            Por eso sé de lo difícil de su camino, de las trabas para entrar en un cartel, de su empeño y sacrificio hasta límites insospechados. Nunca una queja, siempre una sonrisa. A veces, los sacrificios han estirado su alma hasta el límite, tensando su resistencia hasta lo inaudito. Pero nunca ha vacilado en su destino, ni ha dudado en entregarse entero por su sueño.

            Y la suerte parecía no estar de su parte, porque, cuando presentía estar llegando la veleidosa fortuna, como un mal sueño, llegaba el contratiempo. Pero su tenacidad no cedía. Su cuerpo, cada vez más magro y su espíritu más profético y resistente.

            Cuando la tarde aciaga y catártica de Albacete, desde el tendido cuatro, presencié su testimonio martirial y dejé ganarme de la desesperanza. Pero me equivoqué. Y el fénix renació con gloria y luminoso, acrisolado por el sacrificio y el dolor, pero firme como el acero y duro y flexible como la seda. Entonces supe que la gloria estaba rondando en vuelo acariciante de mariposa.

            Y esta tarde ha llegado…

            Y me alegro mucho por él y por su entorno. Y ¿por qué no?, por mí también.

            Y me alegro porque, en estos tiempos de ceniza y componenda, de camino trazado por capos de despacho, aupados por lenguas y plumas mercenarias, en que trepan a lo alto “figurones” de tres al cuarto, su torería es un destello de luz que enceguece y una descarga en el espinazo su verdad. Su verdad de hombre y de torero.

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            Se lo profetizaba en una colaboración reciente en estas mismas páginas:

            “Pero ahora no es tiempo de dolor, sino de gloria. Y, aunque la gloria, el poder y el honor solo son del Altísimo, como recuerda la liturgia, tú tienes todo el derecho a gozar de su reflejo en la tierra…” y la profecía se ha cumplido.

            Enhorabuena, querido amigo: ¡disfrútalo! ¡Te lo has ganado!

            Algún día de estos, cuando menos lo esperemos, tendré la dicha de ratificarlo con el abrazo que desde hace tanto nos debemos.

            Ya sabes que yo sí creo en la justicia divina.

Por Marcial García