UN HOMBRE DE LUZ por Marcial García

hombres de luz, que a los hombres,

alma de hombres les dimos.”

(Blas Infante, Versos del Himno de Andalucía)

2019-03-16_AAR1537

            Nunca he odiado ni marginado ninguna palabra, porque la palabra en sí no es buena ni mala. Simplemente es la esencia verbal de las cosas, reales o ficticias. Ni siquiera “mentir”, con lo que odio esta acción, ha pasado de la simple cuarentena en mi mente. Pero hay una, en su aplicación a la tauromaquia, que me pone especialmente enervado: “crisol”. Todo ello, desde que unos embaucadores dieron tan bella nominación a un engendro, a medio camino entre el esperpento y la ópera bufa.

            Sin embargo, el crisol es una de las obras más antiguas y hermosas de la Humanidad. Se fabrica a modo de útero primigenio, con la mejor arcilla, como la que Enki, el antecesor sumerio del judío Yahveh, creo al primer hombre con la sangre de un dios y la arcilla más pura de la tierra. La misma arcilla con los primeros metalurgos (milagreros del metal), tras el fuego purificador de la mena en el horno, alumbraban la belleza pura del metal incandescente, como la luz divina de los dioses.

            Y la persona de que hablo reúne en sí éste y otros misteriosos arcanos, que no pueden explicarse por las mentes simples ni viciadas de la vacuidad ordinaria.

            A veces el dolor y la prueba son el crisol que ponen a prueba a los hombres. Otras veces, como ocurrió a Moisés en el Sinaí, es la propia presencia divina la que transforma. El guía de Israel, después de haber roto las tablas de la primera alianza, horrorizado por la idolatría ante el becerro de oro, subió de nuevo a la montaña y suplico unas nuevas tablas. Y dice el Éxodo: “…no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios”. Y el pueblo de Israel aceptó la alianza.

            El hombre del que les hablo ha hablado con Dios desde lo más profundo de su dolor y su esperanza.

            Y ha hablado desde el dolor de la carne rota, desde el terror a sentirse abandonado y perder para siempre la vocación de su vida. Pero el hombre del que les hablo, como el hombre primigenio creado por Enki, está hecho de la más humilde, pero fuerte, de las arcillas, y amasado con sangre de dioses.

            Por eso su rostro también brilla.

            Dice la tradición egipcia de los padres del desierto, que algunos privilegiados anacoretas, retirados al yermo más atroz, tras las penitencias más rigurosas, regresaban a sus monasterios, magros de carnes, pero incendiado el espíritu, trasluciendo la luz increada del Tabor en su rostro.

            Y el hombre de que les hablo, magro y sarmentoso de carnes, quemada su piel por los soles de días de angustia y esperanza, ha regresado a su monasterio radiante de luz celestial, como esos hijos de Pacomio el Grande de hace tantos siglos.

            El hombre del que les hablo debe ser de esta misma arcilla.

            Estoy seguro que de haber nacido en el XVI habría sido Pedro de Alcántara, Juan de Yepes o Teresa de Cepeda. Pero nació en el XX, el siglo de la decrepitud de los valores, de la degeneración lenta e irrevocable del fuego divino, de la sangre del dios que utilizó Enki para modelar al hombre primigenio y, claro, solo pudo ser torero.

            Torero de los puros, de los de verdad. De los que juegan con el honor y la muerte en un rito de sangre milenario. Casi tan milenario como los propios dioses.

            El otro día, el monje anacoreta, el moisés del toreo, regresó de su particular sinaí, entró de nuevo en su monasterio, magro de cuerpo, pero su rostro resplandecía de luz. Una luz tan de verdad como su valor o su entrega.

            El hombre del que les hablo no es andaluz, aunque desde su casa natal se otee esa bendita tierra. El hombre del que les hablo venteó los mismos aires que esos hombres de luz de los que habla Infante. Por eso también es un hombre de luz.

            Luz que resplandece en las tinieblas, como la que aludía el carpintero de Nazaret. Aquella que no se hizo para esconder bajo el medio celemín, sino para lucir desde lo alto del candelero.

            ¡Luce pues, hombre de luz! ¡Luce alto, Paco Ureña!

Por Marcial García