EL BOMBO DE DON BERNARDO por Marcial García

Hace ya bastantes tacos que decir “bombo” era asociarlo al forofo de Manolo, ese loco de entusiasmo que acompañaba a la selección balompédica do quiera que fuere. El timpanismo de su bombo era un revulsivo que estremecía pleuras y diafragmas, con un telurismo cazurrete, pero hipnótico, que hacía a los asistentes entrar en su mantra de ánimo y entusiasmo a favor de la selección.

            En este mundo nuestro, tan “siempre igual”, sota, caballo y rey, le ha salido alguien que haga que se estremezcan los cimientos de los “derechos consolidados” de tanto fantasmón, que es mi versión de lo que el “taurino domado” llama “figurones”, que, pobrecitos ellos, no saben que en la lengua de Cervantes no significa dicho término otra cosa que “1. m. Hombre fantástico y entonado, que aparenta más de lo que es.” Así. Como lo oyen. Mejor dicho: como lo leen.casas4-kALI--620x349@abc

            El autor de tal terremoto mediático no es otro que ese mago nimeño, llamado don Bernardo, que él transformó a capricho en “Simón Casas”. Y don Bernardo es muy listo. Ya lo demostró en la Feria de Otoño.

            Muchos de los que siempre ven la botella medio vacía, ahora se rasgan las vestiduras, argumentando no sé qué peregrinas razones. Y no tienen razón.

            En primer lugar, porque el empresario es él y no tiene más obligación que cumplir con el pliego presentado, entre otras cosas porque las “perras”, el vil metal, entrarían o dejarían de hacerlo en sus bolsillos, no de los que disponen de hacienda ajena.

            En segundo, porque es la faena perfecta para promocionar su apuesta, aunque sea incompleta. Con esta estrategia, deja perfectamente retratados a los de siempre, los mimados, los arropaditos de esas “famiglias” que disponen, a punta de lupara, de todo lo que se mueve alrededor del turbio “mundo del toro”. Veremos a ver qué alardes intentan justificar. El buen aficionado sabrá a quien, como antaño, en vez de vetos, se gloría de alternar con el emergente, para intentar demostrar quién es el gallo de verdad. Hay ya pocos gallos y si muchas gallinitas ponedoras en ponedero de Ikea.

            Este mundo, en que el verdadero torero está convencido de su verdad y su valor y no teme a medirse con nadie, ni con armas amañadas ni con la faca destripadora, es para esos valientes que, desde los altos de verdad, no los podios trucados, hacen alarde de gallardía (que viene de gallo altivo, Coq hardi en francés) y ponen su campo sin condiciones ni asomadas. Y lo de “coq hardí” don Bernardo sabe muy bien de qué va.

-“¡Venga gallitos de pacotilla –parece decir- a ver ese ki-ki-ri-kíí sin ventajas!”

            Y el aficionado cabal espera ver esos pasos al frente de los que no tienen nada que ocultar, ninguna vergüenza que tapar con verborreas de charlatán barato, ni falsos argumentarios de “se lo tiene bien ganado”.

            Aquí nadie tiene ganado nada. Aquí hay que salir cada día a demostrar lo qué se es. A ofrecer la sangre limpia y generosa a cambio de un triunfo y una ovación.

            Se dice que Jerjes, el gran rey aqueménida, evaluando pros y contras de su invasión de la Hélade, preguntó costumbres de los griegos. Cuando le hablaron de los juegos olímpicos, del sacrificio del entreno diario para poder ser olimpiónicos, preguntó  cuál era el premio por el que luchaban.

-“El honor y una corona de olivo o laurel”, le respondieron sus sátrapas.

-“¡Ah, grande es el enemigo que lucha solo por honor! ¡No despreciéis su número inferior!”

            Pues eso: ¡Honor a los grandes, a los grandes de verdad!

            Y a los que ningunean la jugada, les emplazo a que evalúen ausencias, comparen presencias y luego barboteen.

            Este escribidor, abusador de su atención y buenas intenciones, se alegra mucho del bombo de don Bernardo. Seguramente, cuando San Isidro cierre sus puertas habrá material para evaluar. Habrá gestos y gestas, lo mismo que a algunos se les habrá visto demasiado la jeta, el canguis o el doblez.

            Némesis bendita, la diosa de la justicia distributiva, lance su peplo puro sobre los valientes y vierta su pátera de ignominia sobre los que traicionen el viejo rito sacrificial.

Por Marcial García