“¿QVO VADIMVS? (y 4)” por MARCIAL GARCÍA

            Con esta participación pretendo finalizar este cuarteto, destinado a evaluar, según mi particular entender, el estado de la Fiesta y encontrar una respuesta a ella o, a lo menos, hacerles pensar a ustedes, estimados lectores, e implicarles en su difícil hallazgo y, si menester fuere, enderezar el rumbo y corregir la derrota.

            En esta ocasión, en la pregunta retórica, el verbo está en plural. Y lo está, porque su interrogante nos atañe a todos. Todos, claro está, los que, de alguna manera, nos sentimos aficionados y amamos la tauromaquia.

            Resulta curioso que en este mundo tan especial, el mayor honor a que puede aspirar un seguidor de esta liturgia es el de “aficionado”, término peyorativo, si se refiriera o refiriese a otro arte cualquiera.

            No soy amigo de clasificaciones, como ya creo que os he dicho en alguna ocasión. Y no lo soy, porque toda clasificación exige un juicio. Y yo no soy quien para juzgar a nadie. Pero, es tan grande mi pasión por este mundo nuestro, que no me resisto a realizarla, al menos al estilo de mi profesor de Química, don Miguel, por cierto, muy buen aficionado.

            Presiento, casi lo intuyo, manoseando, amenazante, el grueso anillo de oro, coronado con un rubí facetado, más grueso que un garbanzo, como si se dispusiese a dar alguno de sus famosos pases “de frente, de costao o mirando al tendido”, espetar esta demoledora escala:

Cabales, aficionados, de capaza y bota, curiosos y ¡borregos!

            Así de claro y contundente era en sus cosas.

     Contundentes y claros debemos ser antes de que, por inacción, despegue o indiferencia, se nos muera esta pasión en las manos, ante nuestras narices, abandonada y vilipendiada…

            Puesto a continuar el juego de mi lejano profesor, me atrevo a glosar cada sección, intentando seguir su despiadado, firme e inapelable criterio científico:

Cabales, como su nombre indica, son la élite, los grandes iniciados de esta religión mistérica; los que se entregaron en cuerpo y alma; los que, como diría Celaya han tomado partido, partido hasta mancharse. Son los “nariz de oro” que catan al elegido entre la caterva de ilusionados; los que ponderan el misterio de la clase; los que degustan las orillas del Paraíso. Claro, con estas premisas, son pocos. Tan pocos, que a lo peor, los cuentas con los dedos de dos manos… o de ¡una sola!

Aficionados, los que viven con decisión, obsesión y entrega su pasión. Los que miden sus años por temporadas; los de consulta y desasosiego; los de seguimiento de devotos a la figura que idolatran; los que no cuentan kilómetros que corren ni hacen cuentas de dineros que gastan…

            Es falso eso de que el mejor aficionado es el que más toros y toreros le caben en el caletre. Ni mucho menos, merece tal nombre el que  ha leído tratados y ensayos, biografías y memorias, periódicos y revistas, almacenando datos y datas, fechas y nombres, que está deseando soltar a la primera ocasión que se presente, en su vano deseo de encandilar concurrencias.

            No. Esos no son aficionados. Si acaso, lo que los principios de la psicología para principiantes llama “imbéciles memoriosos”. El buen aficionado es hombre de militancia activa y de entrega sin medida. Este cuerpo, que aquel niño de Ubrique amenazaba con meter en un solo autobús, es la conciencia crítica y cojonera de la fiesta.  Y lo son porque exigen limpieza e integridad, abominando de truculencias y componendas. El buen aficionado no es “torista” ni “torerista”, porque sabe que para celebrar el sagrado rito, ambos –toro y torero- son oficiantes, ambos sacerdote o víctima.

            Por suerte, creo que es una especie en expansión y que va tomando conciencia de su papel determinante, antes de que sea demasiado tarde.

De capaza y bota, que en ciertos lugares son la gran masa. Son aquellos que acuden a la plaza de cuchipanda, para armar bullicio, porque es fiesta; para merendar, cantar y dar palmas a compás; los que llenan solaneras, cargados como acémilas de pitanza y bebercio, uniformados y gregarios tras la pancarta y la charanga, con exóticos indumentos y mucho más peregrinas opiniones, porque son las fiestas y hay que ir a la plaza; son los que sacan el pañuelo entre chiflos e improperios, demandando trofeos para el “figura” de turno, al que no son capaces de distinguir en el paseíllo, por algo tan importantemente peregrino como “que venga el año que viene”.

            Hay plazas que aún se siguen llenando con estos especímenes. Pero, por suerte para la fiesta y desgracia del empresario, cada vez son menos.

Curiosos, que es un cuerpo respetable y oscilante, que acuden por ese acicate tan humano de la curiosidad: turistas, buscadores de emociones o rarezas, rebotados por el caríz del antitaurinismo militante o simples acompañantes de otros de los arriba expresados, que quieren conocer en directo, por ojo propio, eso de los que unos han sublimado y otros ultrajado.

            Por suerte, salvo los japoneses de cupo turístico, la mayoría suelen terminar impresionados y formando parte del neocatecumenado aficionado, que han sido inoculados por el veneno que nunca podrán extinguir.

Borregos, que son como lanudos rumiantes que se dejan guiar, apacentar y esquilar por los voceros de empresarios y apoderados, por campañas mediáticas y sus truculentas fantasías, y por los medios mercenarios que controlan las grandes casas o que son los “boes” de figurones y su círculo.

            Algunos se lo toman tan en serio, que llegan a balar tan sincronizados y dirigidos, que pueden elevar a la “categoría” de figurita a quien solo es un vulgar pegapases. Otros pueden llegar a la de de loros parleros, repitiendo como un mantra las consignas de la “voz de su amo”. Aunque aún pueden verse menguados rebaños, la mayoría ha huido en estampida por mor de los altos precios y de que ya no está de moda asistir a las plazas.

            Ahora, un poco más en serio, que cada uno de los que asista a una plaza,  de ese “respetable” que dicen los gacetilleros, haga honor a su sobrenombre y pondere y se interrogue sobre  el papel que ocupa en la trama.

            Y, si acaso fuera capaz de saberlo, que evalúe si la senda que lleva es la adecuada.

            Amén.

Foto nueva Marcial

Marcial García