“QVO VADIS? (2)” por MARCIAL GARCÍA

            Seguimos intentando dar respuesta a la incómoda cuestión, lógicamente, como siempre, desde mi personalísimo punto de vista y devoción.

            En el apartado de hoy, les toca a los coletudos, sobre todo a los matadores de toros, que son pilar fundamental de la tauromaquia.

            Cuando uno era niño –que lo fui, y, en la inocencia, lo sigo siendo- tuvo que desplazarse, desde sus Cañadas natales y su pueblo, a la capital, para estudiar secundaria, lógicamente, interno en colegio de pago. San José se llamaba y se llama. Guardo un recuerdo agridulce de él, algunos amigos y un vívido recuerdo de algunos de los docentes. De mi profesor de Química, don Miguel, recuerdo su apariencia de gentleman y su ácida socarronería, muy apropiada a la materia que impartía. Debajo de ella, se solapaba un buen filósofo y una clara inteligencia. Yo siempre le caí en gracia. Solía llamarme “mi diamante”, por aquello de volumen cefálico. Como científico, estaba acostumbrado a realizar clasificaciones. Recuerdo con especial agrado las cinco categorías que hacía del género humano: “Hombres, hombrecillos, monicacos, monicaquillos y mierdas”.

            Por respeto, no voy a entrar a saco en el escalafón y aplicar el criterio del profesor Baños. Pero sí quiero dejar bien claro que guardaré respeto a todos aquellos que se enfundan el de luces siempre que, a la recíproca, nos lo guarden a los aficionados.

            Uno, que es de la filosofía belmontina y bergaminiana, hace una clara distinción entre el torero y el pegapases; entre el artista y el “profesional”; entre el que lleva señalado a hierro el carácter sagrado y demiúrgico, y el que viene por famoseo y populacherismo. El que se siente torero y entrega lo mismo en la de talanqueras de Matalascabrillas del Duque de Arriba, que en los granitos sabios y doctorales de Las Ventas del Espíritu Santo; entre el que se alivia y soslaya, auto justificándose con escusa de mal pagador, y el que se ofrece sin trampa ni cartón a su oponente.

            Teniendo siempre presente esa máxima que adornaba –so sé si aún existe- la Escuela Taurina de Madrid: “Ser torero es difícil: figura del toreo, casi un milagro”, quiero decir que muchos olvidan este axioma en cuanto tienen la cobertura de un “padrino”, y la loa mercenaria de los medios de desinformación del gremio, para convertirse en parodias de sí mismos, en mascarones de proa, en figurones, en el sentido académico del término. Prepotentes varios, falsos dioses de cartón piedra, trileros de feria, figurantes empavonados y tiquismiquis varios, que van de lo que no son, haciendo un daños terrible y letal a la verdadera esencia del toreo.

            Olvidaron pronto lo duro que es el camino o la suerte que les guiñó.

            Un torero que se precie de tan noble título, no debe de ser cómplice de la mentira del peluche desmochado, de la parodia del minué de oropel y bambalina o de la humillación despiadada y veto con el que amenaza su poltrona acomodaticia.

            Y de éstos, hay muchos. Podría dar nombres, pero me los callo.

            En el toreo hay que ser gallo, pero con espolones, no con jaula de oro, gallinero asalariado y claque mercenaria, dispuesta a rajar navajeramente al que le han azuzado, frente al gallo, que, con su verdad, viene pidiendo gallera o reñidor, en igualdad de condiciones.

            Antaño, cuando algún bisoño coletudo se le veía llegar engallado, el torero de raza le decía al apoderado:

-“A ése, me lo pones en Bilbao con la de Miura; o en Madrid, con los pablorromeros ¡me da igual!”

Hoy, como niñato, consentido y asustadizo, suelta:

-“A ése, ni agua. Conmigo: ¡ni pensarlo!”

            Claro. Y así se mustian y pierden ilusionantes promesas, que fueron o son. Y aquí si voy a dar nombres: Rafaelillo, en su día, en su tierra, por míseros personajillos podridos de envidia o temor; Urdiales, por otros de mayor altura, pero parecidas intenciones; Ureña, porque deja con el culo al aire al mismísimo san Pedro Regalado… y otros que me callo, porque están demasiado cerca de mi corazón y mi pasión, y no sería justo dejar suelto mi verbo apocaliptico y vindicativo.

            En el escalafón sobra gente. Sobran los acaparadores, marionetas de los poderosos del negocio, que deberían haber colgado el chispeante, dejando un buen recuerdo en la afición. Sobran mediocres, escondidos tras una reata, un mentor espadachín de opereta o una campaña comprada a golpe de doblón, no el torero de castigo, sino el vil de metal amarillo que denunciaba Quevedo.

            En el escalafón faltan estos reprobados del “staff”:

-Los que aún creen en la verdad de esta ancestral liturgia, sin trampa, baile ni cartón.

-Los que están dispuestos a dar su sangre por un sueño, a medio pecho, con la zurda y enfrontilados.

-Los demiurgos que les brotan romero y clavel por las firmes manos, que trasminan a jazmín y nardo de torero macho, de torero artista.

-Los luchadores, que quieren mejorar su suerte con la verdad de su oficio, con la pasión de su entrega…

            Pero, por desgracia, este cuerpo podrido y agusanado que se llama “taurineo”, no les deja asomar ni la montera.

            A todos ellos, cómplices de una muerte anunciada, los denosto y maldigo, porque han violado el código sagrado que siempre se llamó VERGUENZA TORERA.

            Pero, también a todos ellos les recuerdo, que el Versalles, falso y amanerado, cayó bajo la guadaña y el mayal de los destructores de la Bastilla.

            Muy pronto, auguro, sus cabezas rodarán bajo la guillotina justiciera, porque si no, también muy pronto Mariantonieta y sus petimetres bailarán sobre las ruinas y los huesos de lo que un día fue una verdad sellada con raza y sangre.

                      Dicho queda.

Foto nueva Marcial

Marcial García