“SOBRE ÉTICA Y ESTÉTICA” por MARCIAL GARCÍA

Me enseñaron a amar la filosofía como estructura moral. Y en ese amor he intentado vivir. Ella ha dado consistencia a mi “préstamo de carbono”, como diría el doctor Pedro Cavadas. Una consistencia equilibrada –o eso espero- en dos columnas fundamentales: Ética y Estétic

Como me ha ido muy bien en mi ya prolongado camino por la vida, a través de su tamiz intento evaluar todo aquello que me gusta. Así pues, sería ilógico que no lo aplicase a esta pasión vital, que para mí es el toreo.

Sin entrar en un aburrido y acelerado curso académico, no estaría mal que el sufrido lector recordara alguna elemental idea de los tales términos, que son ramas de la Filosofía.

Ética  procede del griego “ezos”, que es tanto como conducta moral, lo que separa lo bueno de lo malo. Por su parte, Estética, del griego “eszitikí”, que vendría a ser como la esencia de lo sensible y no solo de la belleza.

Si aceptamos que esto es así, hay que diferenciar muy claramente cuando vemos en el ruedo una obra de arte o una mala comedia. Cuando hablamos de verdad o de farsa. Hay que distinguir entre el respeto y la tomadura de pelo. Entre lo íntegro o lo viciado. Entre el hierofante o el charlatán. Para todo ello es muy importante bucear en la personalidad del torero, su compromiso con estos valores o su simple ansia de fama y riqueza, de oropel y fanfarria.

En las verdaderas escuelas taurinas se enseña que el ser torero es algo duro y sacrificado, pero que ese sacrificio y esa dureza nos han de conducir a la realización de  los sueños del aspirante. Esfuerzo, dedicación, verdad, entrega, pureza y creación son algunos de los valores que se procura inculcar. Fama, dinero y prestigio social serán frutos de esa dura carrera, que se habrán de administrar con prudencia y sabiduría.

La grandeza del torero, pues, se medirá –o debería medirse- con arreglo a esos principios. Ahí es, precisamente, donde debe encerrarse la ética y la estética de este terrible y sublime arte, que Bergamín bautizó como “música callada”. Si lo que se hace en la plaza –y fuera de ella- no resiste al menor componente de estas virtudes, no merece el nombre de toreo. Llámese espectáculo, en el mejor de los casos, aunque, por desgracia, se convertirá en pantomima bufa, que envilece a los que lo practican y a quienes lo presencian. Ése es el virus que amenaza con extinguir esta maravilla de la creatividad humana. Ése y no la orquestada maniobra que se manifiesta con pancartas prohibitivas o representaciones histriónicas, incluido sus tristes “espontáneos”.

Estas ideas las vengo cavilando, rumiando y tamizando desde hace tiempo. Ellas hacen que salga mi espíritu fortalecido de las plazas –las menos veces- o diabólicamente encendido de furia infernal –las más- echando de menos el rayo fulminante de Zeus o la espada flameante de san Miguel, el archiestratego celestial.

Uno y otro estado he vivido estos últimos días. En Albacete, viendo el ejemplo martirial de Paco Ureña, después de la vergüenza sin paliativos del día anterior. En ambas ferias de san Miguel, la decadente de la capital hispalense, y la “bombeada” de la villa del oso y el madroño: la primera en un estado de lamentable agonía; en la otra, con el ejemplo aplastante de un torero, Emilio de Justo, que fue condenado al ostracismo por los malandrines del chanchullo, resucitar y reivindicarse, con un toreo de marmóreo clasicismo y de pura y desnuda verdad.

ureña

de justo.jpg

Y, para mi particular sentimiento, por haber podido presenciar, sentir y gozar ese desgranar pausado de ética y estética, regalado por un torero grande, Filiberto, al que admiro y quiero. Torero que no hace distingos entre espectadores de plaza de talanquera o de alta cátedra mundial. Me importa un rábano que fuese en un festival y en plaza de tercera. Mis gustos y mis disgustos son, como el DNI, personales e intransferibles. Ver las dos obras de arte, imaginadas, embastadas y creadas a golpe de ética y estética, eso no lo paga todo el oro del mundo. Gracias, torero, por hacerme tan feliz. Gracias, TOREROS, por darme fuerzas para no perder la esperanza.

filiberto.jpg

Y, al diablo las malas artes, las triquiñuelas y quienes las usan en su estupro prolongado a su embobada clientela.

MARCIAL GARCÍA