“LE COQ HARDI” por MARCIAL GARCÍA

            Quienes conocen mis aficiones, saben de mi gusto por la heráldica y todo lo que su complejo simbolismo encierra.

            Pero esperen. ¡No se vayan! No voy a soltarles una perorata innecesaria sobre la ciencia de blasón. Solo lo justo para que entiendan el porqué de este título.

            En el escudo, las figuras se estilizan y adaptan para que no sean una copia del natural, sino que expresen al máximo el simbolismo que encierran.

            Una de esas figuras, de las menos utilizadas, es el gallo (le coq, en francés). Semánticamente muy enlazados, gallo y galo (francés), representa el orgullo y gallardía, la exaltación de lo viril, de la guapeza, en sentido flamenco hablando.

            En el blasón aparece siempre de perfil, mirando a la diestra (izquierda según miramos) adelantando, arrogante la pata derecha, luciendo agresivos espolones, el cuello arqueado y cresta y barbillas bermejas encendidas, con el pico abierto, a punto de lanzar su desafiante kikirikí, tal como aparece en la bandera de Valonia. A este prototipo de expresión se llama en francés “hardi”, adjetivo que significa: atrevido, altivo, osado, engallado, gallardo… Adjetivo que han llevado, a modo de alias, alguno de sus reyes.

            Pues bien. Conocido el preámbulo, bueno es que sepamos que para este escribidor hay un torero, además francés, que encierra en su figura y en su tauromaquia todos los elementos para que podamos llamarle así. Se llama Sebastien Tourzack Castella, anunciado en los carteles con el españolísimo Sebastián Castella. Tourzack por su madre, una polaca de origen asquenazi. Y Castella, valenciano, por su padre.

            Lo conocí cuando era un chavea.

            Había viajado con tito Pedro a una feria andaluza, cuando vimos a José Antonio Campuzano. El maestro iba acompañado de un chico menudo y timido.

No es mi hijo. Es un fransesito que tengo en casa, que quiere ser torero-, respondió a la pregunta de Pedro sobre la identidad del chico ensimismado.

            Me imantaron dos cosas: su expresión viva, a medio camino de un buen dibujo manga japonés y del muñeco diabólico de la película. Su cabellera rubicunda, cuidadosamente descuidada, enmarcaba una cara que expresaba inteligencia, pero también una esquiva y defensiva actitud de guardia permanente. Pero sobre todo, me hipnotizó poderosamente su mirada gatuna, de un color a medio camino del glauco marino al ónice mineral. Nos saludó correcto, pero distante.

El torerito va a dar que hablar, Pedro.

             Y ¡vaya si ha dado!

            Con la decisión irreductible de su carácter, el pequeño gallo, que había tenido una dura experiencia familiar en su Beziers natal, entrenó con ahínco de mano del maestro, tras una estancia mejicana de agridulce recuerdo. Su viva inteligencia fue absorbiendo las sabias enseñanzas del astigitano y haciéndose un lugar en el escalafón.

            No fue un camino fácil, pero su ambición y su raza le llevó a enfrentarse a cualquier gallo que intentara hacerse dueño del gallinero, incluido en el lote su padrino de alternativa.

            Y fue ganando escalones, a éste y al otro lado del charco. Y sus méritos fueron calando en los aficionados que no se conforman con el gallito de turno, sino que ponderan cada uno de sus pasos y sus gestos, augurio de figura grande.

            El “fransesito” de Campuzano no se arredró ante nada. Su sentido clásico y creativo de la tauromaquia se afianzaba cada día. A este clasicismo iba añadiendo pizcas de ojedismo, con quietud equilibrada, lejos de los desplantes efectistas, tan pródigos ante toras desvalidas por ciertos “artistones” del escalafón. A todo ello se añadía ese envidiable manejo de los aceros, aunque él siempre ha hablado de sus dificultades en la suerte suprema.

            En unos patios de cuadrilla de compadreo de revista rosa, Castella ha colocado la distancia que marcaba su seriedad y su mirada. Esa mirada gatuna –repito- desafiante, altanera y segura, que marca la línea mejor que las vallas de alambrada. Compañero para el percance; rival, siempre.

            Este carácter, tildado por los sicarios del couche, le ha ayudado para que en ciertos círculos se le respete aún más. No sé, ni me importa, cuál es su actitud ante el maniobreo de navajeros barriobajeros de los despachos, ni las órdenes que envía a su apoderados, pero es bien notorio que el gallito de espolón acerado no se doblega a los caprichos y timbaleos de esas letrinas malolientes. También es sobradamente conocida su defensa gallarda, hardi, de los valores de la tauromaquia, con la carta famosa que lleva aquello de “salgamos del armario y llenemos las plazas”, que fue emblema de gallardía ante el papel claudicante y vergonzoso de tantos “taurinos” de pacotilla.

            Castella ha hecho crujir varias veces las bisagras de la catedral del toreo. Por algo será. Su clasicismo, su sabiduría en las distancias, su verdad sin trampantojo ni doblez, al que tan acostumbrados nos tienen las figuritas y bailarinas de papel, se ha ganado el respeto de esta cátedra insobornable ¡Por algo será!

Gesto hardigesto hardi

            A estas alturas, sería necio por mi parte el desvelarles que Castella ocupa un lugar de honor en mi devocionario taurino. Un devocionario, corto y con unos perfiles muy nítidos.

            No tengo la suerte de haberlo tratado, por lo que su figura distanciada gana más en lo divino. Pero, si tuviera, tuviese o hubiere de haber recelos de su interior (que para mí es la esencia y motor del toreo que merece ese nombre), la entrevista, larga y próxima, que le hizo David Casas para el canal del signo aditivo, me las depuró todas de golpe, despertando aún más mi devoción y respeto, por ese alma sutil que se agazapa en su interior, tras la coraza guerrera que suele adornar con una estrella de David, homenaje y guiño a sus ancestros perseguidos.

            Es por eso que en mi heraldario taurino particular hay un lugar de preferencia para este coq hardi, que es gloria de la tauromaquia internacional.

Bandera de Valonia

bandera de valonia

GALLO

Marcial García