PEPÍN Y PAMPLONA por Alberto Castillo

132794Valentía, coraje, pundonor, seriedad y sobre todo hombría de bien. Pepín Liria, la tarde del jueves 12 de julio, demostró todo esto y mucho más en el coso pamplonica de la Casa de Misericordia ante un difícil lote, y encierro, que le tocó en suerte de la ganadería de Victoriano del Río. El maestro de Cehegín no fue al ciclo de San Fermín a hacer el paseíllo y quedar bien. Liria es conocedor del cariño y respeto que le tienen las peñas pamplonicas y, en esta celebrada reaparición, acudió a su cita con aquel público entregado desde el principio y aplicando, porque lo conoce como pocos, lo que es la verdad del toreo y más en Pamplona. Pero vayamos por partes.

Minutos antes de las seis y media de la tarde, hora fijada para el inicio del festejo, las inmediaciones del Real Club Taurino de Murcia tenían el ambiente a escala, claro, de la plaza de la Condomina en tardes de fiesta. Se rozó tener que colocar el cartel de “no hay billetes”. Tiene la más que centenaria e histórica entidad taurina murciana la sana costumbre de ofrecer a sus socios, en una gran pantalla, los festejos de los grandes ciclos taurinos de España. Lógicamente el de Pamplona no podía faltar. En la magnifica sala de actos del club, con aire acondicionado, cómodas butacas, todo apagado y una pantalla de cine donde ver, y admirar al detalle, la retransmisión televisiva. Pero es que fuera, en la cafetería del club, dos televisores ofrecían también las imágenes de la corrida. Aquello no tenía una sola mesa libre. Y en el salón de actos del club, como he dicho antes, se colocó el cartel de “todo vendido” aunque, lógicamente, no se cobra nada pero me permito utilizar el símil de taquillas. Como siempre, y de gran anfitrión, Alfonso Aviles su presidente desviviéndose como en el es habitual por recibir a todos los que llegaban y colocarlos en el mejor sitio para ver el festejo. Muchas caras conocidas. Socios, amigos y simpatizantes. Entre otros estaba Fermín, el empleado de la plaza de Murcia que Angel Bernal tiene ubicado en la antesala de su despacho. Joaquín Vals y su hija Paqui. Pepito de Vistabella. Antonio del Rincón de Seca. El Decano del Ilustre Colegio Oficial de Periodistas de la Región de Murcia, Juan Antonio de Heras. El doctor y miembro del club Jose Luis Valdes…. En fin sería interminable enumerarles las más de cien personas que llenábamos el salón de actos de nuestro histórico Real Club Taurino. Todos expectantes, todos ilusionados por la reaparición en Pamplona de nuestro Liria.

El primero que le había tocado en suerte al ceheginero fue un toro correoso, exigente, nada fácil para la lidia y con muchas, demasiadas, complicaciones. Fue cuando Liria sacó el oficio que lleva dentro y aunque la faena no caló como debería haberlo hecho en los tendidos acabó sin mayores complicaciones para nuestro paisano. Pero lo peor estaba por llegar. El segundo de su lote fue con el que se rozó la tragedia. Lo había brindado con palabras hermosas y emotivas al hijo de Juan Antonio Ruiz “Espartaco” por cierto es un chaval que no puede negar quien es su padre porque es una “fotocopia” del maestro de Espartinas. Este chico, minutos mas tarde, me pondría un nudo en la garganta al ver como reaccionaba ante la tremenda cogida que sufrió nuestro paisano escondiendo la cara entre sus brazos y cuando la levantó, acodado en el burladero, el primer plano que ofreció la realización fue tremendo. El menor de Espartaco lloraba al ver a Pepín. Creo que esa congoja y esas lágrimas corrieron ayer por los rostros de muchos aficionados que queremos a Liria. Esa carita de este adolescente es el mejor titular que pudo tener el festejo de Pamplona. Pepín sufrió un enganche que pudo ser mortal de necesidad pero es que una vez prendido y a merced del toro, lo lanzó por los aires y lo tiró al albero yendo a caer en una posición imposible pues dio con el cuello y la cabeza en el suelo. Mas tarde, pasado el susto y acabado el festejo, estuvimos hablando varios amigos y a todos se nos vino a la cabeza la voltereta al maestro Julio Robles que lo dejó para siempre en silla de ruedas y parapléjico. Le vimos, a Pepin, un rio de sangre de la taleguilla a la media y zapatilla pensando que llevaba una grave cornada. Así lo decían incluso los comentaristas de televisión. El maestro Emilio Muñoz, voz habitual de los comentarios, dijo textualmente que había sufrido lo indecible con Liria. Que el ya no tenía edad para sufrir tanto y que había pasado el peor rato de su vida que recordaba. Pero creo, y estoy seguro, que esto no fue solo Emilio quien lo sintió así. La reacción de los que estábamos en el Real Club Taurino de Murcia fue similar. Gritos de espanto, gente que se levantaba de las butacas, manos tapando la cara y estupor. Susto y estupor en todos los rostros de los que allí estábamos. Y minutos mas tarde, cuando ya se recuperó, otra vez a merced del complicado “victoriano” al entrar a matar, por derecho, con rabia y con verdad, para volver a salir prendido.

Gracias a Dios, a la Virgen de la Fuensanta y al capotillo presto de San Fermín nuestro querido Pepín pudo salir indemne de la lidia de este cuarto y con una tremenda paliza, que el solo sabe como dolerá, dar una triunfal vuelta al ruedo paseando una oreja concedida a ley y con una petición mayoritaria donde todos los espectadores del coso de la Casa de Misericordia, puestos en pie, la pidieron con toda razón. Impresiona ver a diecinueve mil personas levantadas pidiendo el trofeo para un matador de toros. Mención aparte merece esa segunda que se pidió con mas insistencia todavía pero que el “señor de la chistera” del palco no quiso conceder. Lo de la chistera es literal porque siempre es así, en san Fermín, aunque es un anacronismo como tantas cosas en la fiesta, el Presidente de la plaza todas las tardes acude vestido de etiqueta y luciendo una decimonónica chistera que no se quita nunca durante el festejo. Pues bien, ese caballero cubierto del palco privó a Liria de salir por la puerta grande que era lo que realmente merecía. Pero doctores tiene la iglesia y en los toros, como todo en esta vida, siempre habrá división de opiniones. La mía es muy clara al respecto. Pepin Liria mereció la puerta grande y más cuando diecinueve mil personas lo estaban pidiendo. Una fiesta tan democrática como esta del toro no puede, ni debe, plegarse ante la decisión personal de un solo señor por mucha chistera que lleve sobre la cabeza.

Emocionaba, y lo digo como mi corazón lo siente, escuchar el atronador Pepin, Pepin, Pepin con el que Pamplona puso broche a la faena de Liria mientras este paseaba en olor de multitudes la oreja concedida por la presidencia. Las peñas, los aficionados y el publico en general que llenaba los tendidos premió con su cantico, tantas veces escuchado en tardes de gloria, la faena de un torero cuyo nombre, con mayúsculas, se escribió de nuevo la tarde del jueves 12 de julio con letras de oro en la historia de San Fermín.

Querido Pepin Liria, amigo, admirado maestro y compañero en el Patronato de Laureles de Murcia de la Fundación de la Asociación de la Prensa que me honro en dirigir. No te perdono, por mucho tiempo que vivamos, el mal rato que pasé ayer pues no era solo el diestro que quedó a merced de los pitones de un toro sino la persona con la que comparto tantas cosas y tantos inolvidables momentos de charla, camaradería y trabajo por esta nuestra querida Murcia. Pensar que te tengo a mi lado, en la misma mesa de trabajo, tantas veces y verte ayer como te vi coqueteando de tu a tu con la muerte es algo que no te perdonaré jamás. Me lo hiciste pasar muy mal. Peor. Aunque tampoco te puedo ocultar el orgullo, la satisfacción y el honor que supone para mi ser tu amigo y sobre todo ver que, gracias a Dios, vuelves a Murcia como te fuiste sano y salvo. Y que dejaste en Pamplona sobre el albero de la Casa de Misericordia ese aroma inconfundible de tu hombría de bien que rara vez hoy se encuentra. Toreaste como quería el público pamplonica que pagó su localidad y acudió en masa a verte. Lo hiciste con valentía, gallardía y sin esconderte. No toreabas para ti, aliviándote, toreabas para ellos que sabes de sobra lo que quieren de ti maestro. Entregado como siempre y eso, para mí, que soy tu amigo es una satisfacción que no se paga con nada.

Por Alberto Castillo @castillo_albert