MANOLO CASCALES HILLA, ORO, GLORIA Y ESPERANZA

Captura de pantalla (45)Manuel Cascales Hilla, nace un primero de agosto del año 1934, en la villa huertana y tan murciana de Alcantarilla, entre naranjos y limoneros, que seguro impregnaron su eterno aroma, en la concepción de su toreo.

Para empezar su semblanza,  referiré una anécdota vivida por Ganga, y oída de sus propios labios: —“Tarde de toros en Alicante, un crío, Manolo Cascales. En la plaza tres toreros: Parrita, Rovira y Antonio Caro. Con el padre y con Ganga, marchan desde Murcia a Alicante a presenciar la corrida Manolo y dos hermanos. Los tres zagales suman pocos años. El padre les hace la siguiente proposición: que elijan entre ver la corrida o gastar el importe de las medias entradas en helados, dos de los hermanos optan por disfrutar del clásico “chambi”, Manolo decide imperturbable ir a los toros. Después, en el viaje de regreso a Murcia, discutiría con su padre y con Ganga sobre las incidencias de la corrida acabada de presenciar, manteniendo atinados puntos de vista sobre si la faena realizada por Parrita fue mejor que la de Rovira, contradiciendo a los mayores, hasta el punto de tener que decirle ¡Niño, tú a callar!”—–

Transcurre su infancia entre Alcantarilla y la ciudad de Murcia, donde vive con sus abuelos, siendo un niño normal, que tiene los juegos propios de la edad y corretea por huertas, calles y jardines apaciblemente.

Muy pronto aparece en él una afición taurina, la que dados sus pocos años encuentra en el seno de su familia la más rotunda y enérgica oposición. Pero esta fuerte vocación impulsa su joven voluntad a vencer toda clase de resistencia familiar, y el futuro torero, gana su primera y dura batalla ante la familia, empezando a practicar el duro aprendizaje de tan arriesgada profesión. Para ello, su padre le lleva a la ganadería de don Julio Garrido, de Linares, donde por vez primera Manolo se pone frente a un astado, al que torea, apreciándose en el destellos de lo que posteriormente sería un arte genial y una afición desmedida, que hace alimentar a los que se encuentran presentes, que el torero en ciernes prometía algo a sus buenos 14 años. Esta prueba feliz, lleva al ánimo del padre el propósito de construir una placita, la que enclava en la finca de “Villa Felices”, propiedad del mismo, donde Manolo se somete a un duro e intenso entrenamiento taurino con vaquillas que le son adquiridas en distintas ganaderías.

Así las cosas, se llega al día 1 de octubre de 1950. En el que viste por vez primera el traje de luces, toreando en la plaza de Cehegín, donde despacha una novillada de Rodríguez Pacheco, mano a mano, con Fernando Rojo “Nelita”, cortando cuatro orejas con salida en hombros hacia el hotel. En esta corrida actuó de rejoneador Juanito Balaña.

Tras unos años muy brillantes de novillero, con triunfos sonados en Madrid, Murcia, Alicante, etc, llega el año 1954, consiguiendo alcanzar en la región tal cartel de figura cuajada, que ello le conduce inexorablemente a la alternativa en Murcia, el día 5 de septiembre, con todo todo honor, toda competencia y toda responsabilidad, dentro de un ambiente de apasionada expectación, nunca vivida en Murcia, con un cartel de lujo, Antonio Bienvenida de padrino y Julio Aparicio de testigo. El toro de su bautismo como matador de toros, se llamaba “Velero”, negro, número 82, del vizconde de Garcigrande.Captura de pantalla (56)

Había verdadero interés en ver de nuevo actuar en la Condomina a Bienvenida, quien desde el 28 de marzo de 1948, Domingo de Resurrección, cuya tarde alternó con Pepe Luis Vázquez y Manolo Escudero, con toros de Atanasio Fernández, más el duque de Pinohermoso que rejoneó un novillo de don Antonio Urquijo, no había vuelto a torear en Murcia.

Tanta expectación se reflejó en la taquilla, pues desde que se abrió para admitir encargos de localidades, la afluencia de público fue extraordinaria, y cuando se pusieron a la venta las entradas, las colas que se formaron ante la misma eran interminables.Captura de pantalla (50)

Desde que existe la plaza de toros de la Condomina, jamás despertó tanto interés un doctorado de ningún torero. Nuestro paisano Manolo Cascales, el finísimo torero y grandioso artista, puso de acuerdo a todas las peñas taurinas, bares y cafés de la Región.

Cascales se vistió en el Hotel Victoria y la crónica de El Ruedo firmada por José Antonio Ganga alude a –una artística, inteligente y valerosa faena, entre olés, música y ovaciones, destacando de la misma 18 estupendos naturales, en 3 series, engarzados con el de pecho. Coronó la faena con una estocada. Cascales oyó una gran ovación, cortando las dos orejas y el rabo de su enemigo–.Captura de pantalla (49)

Desde el 2 de octubre de 1951 que debutó en la Condomina cortando las orejas a sus dos enemigos, actuó en dicha plaza ocho tardes y en todas ellas cortó orejas.

Fue el primer torero murciano doctorado en Murcia, pues los cuatro paisanos que antes llegaron a ser matadores de toros la recibieron en las siguientes plazas: Juan Ruiz “Lagartija”, en Valencia el 15 de septiembre de 1878 de manos de “Bocanegra” y toros de Carriquiri. Bartolome Jimenez “Murcia” en Alicante el 12 de agosto de 1900, de manos de Mazzantini, que le cedió el toro “Cornigordo” de Anastasio Martín. Pedro Barrera, también en Valencia, el 25 de julio de 1941, de manos de Pepe Bienvenida que le cedió el toro “Diano”, de la viuda de Galache, con “Manolete” de testigo, y la de José Vera “Niño del Barrio” que se doctoró en Orihuela el 4 de Junio de 1944, de manos de “El Estudiante” y ante la presencia de Pedro Barrera, y el toro de la ceremonia se llamaba “Dudoso” y pertenecía a la vacada del duque de Tovar.Captura de pantalla (53)

Confirmó la alternativa en Madrid el 12 de junio de 1955, apadrinado por Juan Posada, en presencia de Carlos Corpas; lidió reses de Juan Arranz.

Tres días antes, el 9 de junio, había hecho su único paseíllo en La Maestranza, compartiendo cartel con Antonio Bienvenida y el venezolano César Faraco. Sus actuaciones en 1954 ascendieron a seis; a veinte en 1955, otras seis en 1956, siete en 1958 y once en 1959. Captura de pantalla (55)

En Madrid sólo toreó otra corrida acompañado del mexicano Jesús Córdoba y el colombiano Joselito de Colombia. Un toro de Sánchez Cobaleda le infirió en julio de 1955 una grave cornada en la plaza de toros de Valencia, donde gozaba de gran predicamento. El percance influyó decisivamente en su carrera; atrás quedaron las enormes expectativas suscitadas por un torero de gran personalidad que, cinco años más tarde, renunció al doctorado y reapareció como novillero en Cartagena. En 1964 retomó la alternativa en Murcia, plaza en la que alcanzó sus mayores éxitos. 

Junto a felices actuaciones, Cascales cosechó sonados fracasos, aunque estos se debían más a su peculiar carácter que a la falta de condiciones y, sobre todo, personalidad.Captura de pantalla (46)

Manolo Cascales, fue el primer torero mediático, él logró encandilar a la afición. Incluso a los no aficionados. Algo tenía Cascales que conseguía llamar hasta a los que nunca habían pisado una plaza de toros. A veces tenía el vicio de defraudar en el momento menos oportuno hasta llegar a negarse a matar un toro. Pero otra tarde alternaba con las primeras figuras y quedaba mejor que ellas.Captura de pantalla (48)

Todavía parecen volar por el ambiente los triunfos de Cascales, las “cascaladas”, como bautizaron sus seguidores a las buenas faenas de Manolo. El público le seguía a las plazas de Abarán, de Calasparra, de Cieza, de Lorca, o del sitio que fuera. A veces se hacían toda serie de sacrificios y se le seguía a otras provincias.

La primera cornada que le sobrevino en Lorca, toreando con Antonio y Pepe Ordóñez, y en la primavera siguiente, en Valencia, a plaza llena, el toro lo prendió en la cara interna del muslo izquierdo, de pronóstico grave. –Después de una cornada le costaba coger el sitio-dice Andrés Salas. Mentalmente le afectó mucho, la prueba es que dejó de hacer el quite de frente por detrás. Cascales contó a su hijo Manolo que en Barcelona había sonado la banda cuando hizo el quite de frente por detrás. A lo largo de su carrera tuvo como apoderados a Torquito, Ángel Belmar, Camará, que duró una semana, y El Pipo, con quien suscribió contrato en la sala de fiestas Pasapoga.

A Cascales le descomponía ver un gato negro: –Si llegaba al hotel un chepao, un tuerto o alguien con camisa amarilla no lo dejábamos entrar» dice Casimiro Sánchez, que le sirvió la segunda alternativa. –Daba gusto viajar con él. Era muy alegre y nunca tenía prisa; se vestía a última hora.

Pablo Lozano, uno de los profesionales más respetados, dijo que no había visto a nadie torear al natural como a Cascales. –No fue torero de rodillazos ni lances de efecto -recuerda Manolo González-. Con la derecha los templaba más, siempre con la mano muy baja y hacia adentro, y abrochaba las series con la giraldilla, no con el de pecho. Lo impresionante eran los parones. En Lorca surgió la cascalina. Consistía en que remataba el derechazo con un giro de la mano y el toro, humillado, parecía besarle las zapatillas».

También hubo detractores, que le llamaban el torero pijama y transportes Levante, porque apenas salía de la Región. Eran injustos e insensibles. Aún hoy, a través de unas pocas fotografías, el toreo de Cascales tiene la virtud de emocionar

Eran años en los que la afición estaba en pleno apogeo. Se vivía defendiendo la fiesta, y, ante todo, la fiesta brava representaba algo muy importante en la vida de todos. Las buenas tardes en los cosos era algo que para los buenos aficionados era casi insustituible, y muy pocas cosas podían ofrecerle a estos hombres mejor regalo, mejor premio, mejor distinción.

Este era Manolo Cascales Hilla. Uno de los toreros más artistas que ha parido esta bendita Región.

                                                                                                      @julianhibanez