PACO UREÑA

marcial opinionAcostumbrados a mis titulares un tanto enigmáticos -como ya me habéis hecho llegar más de un distinguido lector- les sorprenderá éste, tan claro y directo.

            Bien. Es posible. Pero es que, para hablar de este torero, no hace falta más. Entre otras cosas, porque la lista de los calificativos epítetos se nos quedaría pequeña y porque, quiero apartar un tanto la lírica y hablar de la larga y clara épica de este coloso humilde que está dando cuenta de su grandeza con esa lección de honradez y verdad torera, que debería enrojecer de vergüenza, si la tuvieran-esen, a tanta figurita de papel cuché y crónica mercenaria, que se derraman en verborragia al menor asomo de “alcachofa” periodística sobre sus “fazañas” hiperbólicas a la borrega de turno. Dicho en román paladino: dar cuatro mantazos a una sardina escabechada.

            Pero Paco es así, porque su camino ha sido largo, duro y autoexigente, como la singladura de Odiseo Como el iniciático camino de Santiago o el enigmático juego de la oca. Lleno de trampas y puentes que se derrumban a su paso de místico anacoreta de la tauromaquia. Este chico lorquino, nacido en la difícil tierra de frontera, educado en la didáctica de la entrega y el sacrificio, reforzado con el empecinamiento de quien cree en su destino, que tiene muy claro el sentido profético del dedo de Dios en su frente y en su corazón, no tiene trampa ni doblez.

            Su carrera, su camino hacia el éxito, ha sido largo. Muy largo y duro. Lleno de abrojos y privaciones.

            Largas, larguísimas jornadas de curtir el cuerpo y purificar el espíritu en un desierto de abandonos y rechazos, sin tener otra meta que la certeza de su sino. Ha seguido el camino sin pordiosear, solo demandando con nobleza un puesto donde explicar su concepto puro del toreo.

            En este viacrucis particular ha tenido pocos cirineos. Pocos, pero firmes y fieles hasta dejarse la vida y la hacienda. Tampoco le sobraban los seguidores, porque Paco no ha sido del enfervorecido puntual, de capaza y bota, sino de fieles devotos, que hemos creído en su vocación profética, de nuevo bautista: voz que clamaba su verdad y pureza en el desierto de tanta corruptela, clientelismo y papanatas de pago.

            Devotos a los que nunca nos faltó la fe.

            Personalmente, le he entregado mi fidelidad y devoción desde hace mucho tiempo, porque vi que aquello que tan bien explicaba era una catarsis del viejo rito, prostituido por tanto falsario. Cuando le birlaron el zapato dorado, le afeé a uno de los organizadores la injusticia que acababan de cometer. Le dije que se habían rendido a las dádivas del recomendado y habían dejado al héroe desvalido.

-Pero, anota lo que te voy a decir -le profeticé-. Dentro de cinco años nadie se acordará de tu “enchufado” y éste, estará donde por derecho le corresponde: en la cima del toreo de la verdad y la gloria.

            Han pasado bastantes más años de los estimados. Cuando he ido a Las Ventas, he ojeado los mentideros que acostumbra a frecuentar el avergonzado increpado, pero no he podido recordarle mi augurio. Seguramente lo negaría antes que cantara el gallo.

            Con el tiempo, además de seguirlo en muchas plazas, he tenido la suerte de gozar de su amistad. Un privilegio de concederme la distancia corta de su intimidad. Oportunidad de oro para comprobar que, a la alta estima artística, como es de ley, se unía un ser de nobleza excepcional, de pureza casi virginal y de una humildad a medio camino entre el sayo franciscano y la candidez de querubines, serafines, tronos, potestades y dominaciones, que custodian el trono del Altísimo. Descubrir que detrás de su rostro magro de viejo profeta del Antiguo Testamento se esconde la dulzura de un  sanluís, no tiene precio.

            Por eso, ahora, que hace tanto tiempo que tuvo que dejar los ruedos ese rubio paisano suyo que nos robaba los sueños, no puedo por menos que augurarle los dulces réditos de su inquebrantable voluntad de triunfo y de verdad.

            Gracias, torero. Gracias por habernos devuelto la ilusión y marcado tan nítidamente la diferencia entre la pamema y el toreo de verdad. Gracias, querido amigo, por hacerme tan feliz en estos tiempos de cenizas. ¡Por muchos años, maestro!

Por Marcial GarcíaIMG_8636