“Un simple ¡Papá!”

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Tan entero y la vez tan partido por dentro. Como un toro bravo con una estocada en lo alto recetada con suprema gracia por el brazo de la puñetera vida. Pero no querer doblar y salirse a los medios combatiendo. Y encontrar el apoyo en personas que son aire. Oxígeno para cicatrizar heridas, que no curan y se llevan en el alma. Pero que hay que saber vivir con ellas, como un tatuaje invisible en el océano de la piel.

Algunos, como el que les escribe, hemos sufrido ese espadazo, que viene sin avisar, en el momento más inoportuno. Y te destroza. Ser marioneta sin nadie que lleve los hilos pero andar porque no hay más remedio. Lo peor llega después, a la hora de hacer preguntas y que la respuesta sea el recuerdo de una voz entre el silencio. Y que ya nadie sea cómplice de tus alegrías ni apoyo para tus miedos.

Pienso en Eduardo. Si para mí echar de menos las respuestas a mis dudas se convierte en un quinario, no quiero ni imaginarme lo que es esperar preguntas, teniendo las respuestas preparadas. O escuchar un simple ¡Papá!

En Valencia, el corazón de un torero invocó al cielo. Y entre dos aguas partió su arrojo con los Cuadris para que un soñador del toreo estuviera presente. Un sombrero en mano todavía guardando su calor se juntó con la montera que guarda los secretos de su amigo Rafaelillo. Y la sonrisa de un niño aireó las cuencas de los presentes para que la emoción inundara la plaza.

No hubo tiempo para el triunfo, pero si para el saludo. Para partirse las manos con el gesto.

Decía José Bergamín: “El toreo es un doble ejercicio físico metafísico de integración espiritual en el que se valora el significado de lo humano heroicamente o puramente: en cuerpo y alma, aparentemente inmortal“.

Ayer Rafaelillo lo volvió a demostrar. Y a sabiendas, que era imposible llevar a un padre junto a su hijo le hizo sentir más cerca de él. Cosas de Toreros.14744710146668

Fran Pérez @frantrapiotoros

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