SEVILLA: “Escalofríos”, crónica de la gran tarde con los toros de Victorino del sábado 29 de abril

Cuando a las seis y media de la tarde Doña Anabel Moreno dejó asomar el pañuelo sobre el balconcillo presidencial maestrante, las pieles todavía no eran conscientes de lo que el fenómeno de la emoción es capaz de hacer sobre ellas. Y fue cogiendo cuerpo en forma de pasodoble en el paseíllo, acordándose de un califa cordobés de centenario nacimiento, pilar de la tauromaquia estoica y fuente taurómaca de grandes toreros. “Manolete” desde el cielo devolvió el acuerdo y dio el toque al destino para que lo que pasara en la plaza no fuera una obra más de obligado cumplimiento y si un acontecimiento que hiciera bien al sufrido y poco respetado personal que se sentaba en la piedra mojada de una plaza de toros a la orilla del Guadalquivir.  Y en el primer clarinazo sevillano, afinado como el olor del azahar en primavera, la emoción fue naciendo, y el toro, puso su presencia entre la ovación del personal que lo adora. La cosa se empezó a poner seria, cuando este bonito burel de bravura en el jaco, se arrancó de largo en dos ocasiones, derribando en el primer encuentro la cabalgadura con saña, y dándole la razón con ello a los presentes, de que la fiesta de los toros no debe perder ni un ápice de su esencia. Luego el toro se paró en la muleta de un Antonio Ferrera de lidia de pincel fino, que en el cuarto se convertiría en pintor de cámara de la bravura del animal de lidia.

Bravura también la de los toreros. Y concretamente la de Manuel Escribano. Él sabe que no estuvo a la altura de la tarde y bastante penitencia tendrá en su cabeza por ello. Yo hoy quiero destacar aquí que hace menos de un año estaba en encima del hule de una enfermería de plaza de toros Levantina con la vida en juego y la pierna pendiente de un hilo. Pero sus “machos”, sabiéndose no pleno de facultades, le hicieron irse a la puerta de chiqueros como la primera vez. Y tragó quina ante el parón de un animal de Victorino, que fue definiéndose poco a poco a eso que el maestro Ruiz Miguel bautizó como alimaña, y que más tarde definió como los toros que le guardan los melones a Victorino. Cuando la emoción ya estaba desbordada en la maestranza, el destino quiso recompensarle con un animal de fiel embestida, humillador por ambos pitones y de pegarse la borrachera padre de torear. Le dará muchas vueltas Escribano a la rotunda ovación que se llevó el toro en el arrastre y de por qué no supo encauzar sus claras embestidas para cortarle las orejas. Hubo intención del de Gerena, pero faltó confianza, colocación y entrega. Literalmente “partirse la camisa toreando”, algo que no se vio en ningún momento, por mucho que el paisanaje quiera tapar la evidencia.

El tercero fue un animal que no daba buenos presagios en los primeros tercios por su acusada falta de fuerzas. Lo recibió Ureña con el capote con lances con la pierna adelantada que resultaron de buen nivel. La embestida del toro fue diluyéndose a media que la lidia iba pasando y en los primeros compases de faena, el toro protestaba y se defendía por su evidente falta de poder. Pero la muleta del lorquino fue esa mano que mima y acaricia la espalda en los momentos malos. Esa mano que te hace sentir seda y que no le pone riendas al escalofrío de la pasión. No hubo música, porque el de la banda sabe de toros lo que yo de dar dos notas con el clarinete. Lo que hubo fue claridad. Luz de estar delante de un torero que supo sacar tandas de derechazos ligadas cuando nadie las imaginaba y pegar naturales de frente de soberana virtuosidad. Y sonó la música del toreo de las gargantas de los aficionados que decían olé y decían por bajo eso de ¡que pedazo de torero! Una estocada un punto caída le puso una oreja indiscutible en sus manos.

El sexto fue el toro con menos sal del festejo y Ureña no pudo rematar la tarde en triunfo. No se puede decir que no lo intentara. Se arrimó como un jabato y lo dio todo. Puede ser que el toro acusara más sus defectos por la faena realizada por el lorquino de distancia corta, pero es que en la larga, el animal lo único que podría haber hecho es echárselo a los lomos. En un alarde de valor en las cercanías el toro, lo prendió y pareció haberle metido el pitón, cosa que no ocurrió, a Dios gracias. Con la espada en este no lo vio claro. A este toro Ferrera le hizo un quite alegre de capote sacando al toro del picador que fue una obra arte.

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Pero en el cuarto llegó la conjunción. Todo lo que se tiene que unir para que la fiesta de los toros siga siendo fiesta de los toros. Lidia total, sin tapujos, coronada por la bravura de un toro y cincelada por las manos de un extraordinario torero. “Platino”, que así se llamaba el toro, literalmente se quiso comer al caballo de picar en el primer encontronazo. Levantándolo en peso y empujando con los riñones hasta derribarlo y montarse encima de él. En ese momento, los que amamos al toro Dios de la fiesta por encima de todas las cosas, fuimos como ese estudiante que recibe el aprobado de la asignatura más difícil.

Era tal la emoción vivida, que hay siempre un punto que la desborda. Ferrera abrió las compuertas ofreciéndole a José Manuel Montoliu banderillear con él, en el año que se cumplen 25 años de la muerte de su padre, el gran Manolo Montoliu. El tercio resultó de extraordinaria exaltación, con susto incluido para Montoliu al salir trastabillado del par de banderillas. Al finalizar ambos saludaron al cielo y los pelos de todos los que resucitaron ayer su afición o se hicieron aficionados a los toros con este festejo, subieron hacia el cielo con tremendo escalofrío en su homenaje.

Luego Ferrera encauzó la brava y exigente embestida del toro de Victorino, que arruinó a los vendedores de pipas, y que puso otra vez en Sevilla la verdad de los que es una corrida de toros. Con gran entrega y personalidad, Antonio estuvo a la altura del poder, exigencia y ese punto de “hijo de p” que los toros deben de tener. Bravura a dos bandas. En el toro y en el corazón del torero. Mató de entera algo tendida y Ferrera fue premiado con una oreja de esas que son amuletos de plazas de primera. Al toro le pidieron la vuelta al ruedo que no otorgó la presidenta.

Lo que no pudo dejar de otorgar fue que ayer, el aficionado, con este corridón de toros vivido en Sevilla de la mano de los toros de Victorino y de los toreros que son capaces de anunciarse con ellos y estar a la altura de su bravura, se sienta feliz de ser aficionado a los toros. Ojalá que no sea por un día.

Fran Pérez @frantrapiotoros