Los antitaurinos no quieren que los niños vayan a los toros porque dicen que aprenden cosas malas. Sin embargo, es peor y debiera estar prohibido que un mozalbete con solo quince años se pueda afiliar a un partido político extremista. Eso es lo que hizo el jovenzuelo Ernestín Urtasun y así nos ha salido el ministro tras una más que probable tortuosa adolescencia. Su última ocurrencia ha sido suprimir el Premio Nacional de Tauromaquia, dotado con 30.000 euros, premio instaurado hace diez años bajo el mandato del inolvidable Zapatero, otro destacado prócer de la patria.
Las razones de esta cancelación no parecen ser económicas, pues poco significa ahorrar 30.000 euros comparados, por ejemplo, con los 200.000 euros que cuesta solo el catering del Falcon o con los 8 millones que se va a gastar su departamento este año en fomentar “el ecosistema del videojuego y el podcast y otras experiencias orientadas al metaverso”, y desde luego es una diminuta gota en el inmenso océano del déficit público en España, que ya superaba los 55.000 millones de euros al finalizar 2023, según datos del propio Palacio de la Moncloa y que parece que no va con nosotros.
Alguno pensará que quizás lo haya hecho para darse a conocer, pues pocos sabían de su nombre hasta ahora. Pero el suyo no es el único caso, porque ¿sabría usted decirme, amable lector (o lectora, o “lectore”), el nombre de los ministros actuales? Venga, se lo pondré más fácil: ¿Podría decirme tan solo diez? Fíjese en que con veintiún ministerios, récord histórico, no le estoy pidiendo ni la mitad. Pero si no lo consigue le ofrezco otra opción: nómbreme los ministerios que tenemos actualmente. Además de los clásicos, y aunque también le aceptase alguno que se le quede en la punta de la lengua, dudo que supere usted la docena.
Otros señalan que en vísperas de las elecciones catalanas, y ante las malas previsiones que le dan las encuestas a su partido, intenta rascar votos con la bandera del antitaurinismo. Vaya usted a saber.
Sea cual sea la verdadera razón, me importa un pequeño bledo. La Tauromaquia existe desde mucho antes de que se creara este premio y seguirá existiendo para ver aparecer otros nuevos galardones en el futuro. Y los premiados ya eran grandes antes de recibirlo y no van encogerse ahora porque lo supriman. No creo que Morante, Ponce, Ojeda, Victorino, el Juli o el grandísimo Canito –por citar solo algunos- precisaran este galardón para pasar a las páginas de oro de la Historia de la Tauromaquia.
Y en esas mismas páginas también figuran por diversos y sobrados méritos otros que quizás ya no podrán recibir esa distinción, pero que la afición –la soberanía popular, según la jerga que gustan manejar estos sectarios- hace tiempo que ya se los ha reconocido. Me refiero, por ejemplo, a Manuel Benítez, el Cordobés, a los hermanos Miura, al periodista Manolo Molés, a Pepín Burgos (el mítico y ejemplar líder durante cuarenta años de los enanitos de El Bombero Torero), a los extraordinarios cirujanos taurinos Máximo García Padrós o la familia Val-Carreres… La lista sería interminable, pero afortunadamente para el erario público figuras de esa talla no necesitan ese premio para nada. Así que por mí también el ministro don Ernesto puede envainarse su premio por donde mejor le plazca.
Pero que el señor ministro y sus acólitos piensen que los aficionados vamos a divertirnos a una corrida es tan absurdo como creer que los que acuden a un museo van buscando juerga. Cuando una persona mínimamente sensible se encuentra ante Las Meninas, de Velázquez, ante La noche estrellada sobre el Ródano, de Van Gogh, frente al David de Miguel Ángel, o en su excelsa Capilla Sixtina, probablemente sentirá un estremecimiento mezcla de asombro y admiración, se le erizará el vello, la piel se le pondrá de gallina y dejará de percibir el paso de los minutos, como si tiempo y espacio de repente hubiesen dejado de existir, pero difícilmente estallará en carcajadas aunque experimentase en toda su extensión el síndrome descrito por Stendhal por la contemplación de tanta belleza. Y si lo hiciese, seguramente le expulsarían de inmediato de la sala. Algo parecido sucede muy de tarde en tarde en una plaza de toros cuando las caprichosas musas deciden hacerse presentes.
Mas no perderé mi tiempo en instruir a nuestro destacado empleado ministerial ni pretendo inculcarle sensibilidad para disfrutar de una buena faena. Tiene derecho a que no le gusten los toros, faltaría más. Sin embargo, lo que no puede hacer ningún ministro -y no se lo deberíamos tolerar- es insultar a todo el planeta taurino llamándonos torturadores, sádicos y partidarios de una actividad despreciable. Y eso es lo que él opina de nosotros.
Del mismo modo que nadie debe sorprenderse a estas alturas de que un perro ladre o una ovejita diga “béeee”, tampoco es novedoso que los antitaurinos estén en contra de los toros. Lo verdaderamente llamativo, escandaloso, ha sido designar a uno de ellos como responsable máximo de la Tauromaquia, actividad perfectamente legal en España y declarada Patrimonio Cultural. Porque la obligación del ministro es protegerla y fomentarla, independientemente de que le guste o no, pero el señor Urtasun pretende perseguirla y abolirla, y encima con sus descalificaciones nos falta al respeto a un conjunto importante de ciudadanos que también le pagamos una parte de su sueldo y de su coche oficial. A regañadientes, aunque tampoco nos guste.
Sin embargo, el mayor culpable de este desaguisado es Pedro Sánchez que probablemente, de tan profundamente enamorado que está, aún no ha reparado en tamaño disparate. Pues a tiempo está de rectificar, que más vale tarde que nunca.
Por José Luis Valdés
